España

Perspectiva de familia por JOSÉ LUIS REQUERO

El matrimonio, que ya había perdido la indisolubilidad, acaba de desdibujarse por el «divorcio exprés» y el «matrimonio» homosexual

La Razón
La RazónLa Razón

La semana pasada supimos que desde enero han salido de España más inmigrantes que los que llegan. En concreto y según el Instituto Nacional de Estadística, han llegado 317.491 inmigrantes, pero han salido 356.692, algo inédito en los últimos diez años.También se van de España españoles: en lo que va de año han salido unos 50.000, una cifra que, por ahora, no se considera preocupante. Además se estima que en una década la población española se reducirá en cerca de medio millón de personas debido a la menor afluencia de población inmigrante.

Estos datos agudizan el problema demográfico que padece España; yo hablo de suicidio demográfico, otros hablan de «invierno» demográfico, da igual: la cuestión es que un país que envejece tiene un grave problema, es un país que se suicida, que renuncia a tener futuro. Hoy los mayores de sesenta y cinco años superan en más de un millón a los menores de quince años. En los últimos años la población inmigrante ayudaba a mejorar las cifras; ayudaban a recuperar la tasa de reposición poblacional (que nazcan más de los que fallecen), pero los datos anteriores pintan un panorama muy negro.

En la misma semana que se conocía esa noticia, se presentaba el libro «La familia, desafío para una nueva política», que ha editado el Instituto de Política Familiar y del que son autores Eduardo Hertfelder, Mariano Martínez-Aedo y Lola Velarde. En él se analiza este invierno demográfico como parte de otro no menos inquietante: la situación de la familia en España. Los autores estudian esa situación, chequean las políticas desarrolladas hasta ahora y, de nuevo, el panorama no invita a la tranquilidad. Pero el libro no se queda en el análisis y propone hasta 101 medidas para una política con perspectiva de familia.

Si el futuro de la humanidad pasa por fortalecer la familia como institución natural, como hábitat natural donde cada persona nace, aprende a relacionarse, donde se es querido por lo que es, España tiene muchos deberes por delante: somos un país que envejece y, a la vez, un país en el que el aborto es la principal causa de mortalidad; en el que en veinte años hemos pasado de 220.533 matrimonios a 170.815, donde el número de rupturas matrimoniales crece; en fin España –por dar otro dato– ocupa el último puesto de los veintisiete países de la Unión Europea en medidas de ayuda y protección a la familia, ámbito natural en el que la gente viene al mundo.

En estos años las políticas y las leyes, lejos de fortalecer a la familia, la han debilitado: el matrimonio, que ya había perdido la indisolubilidad como seña de identidad, acaba de desdibujarse gracias al «divorcio exprés» y al «matrimonio» homosexual; cuando vivimos ese invierno demográfico se hace del aborto un derecho o se populariza la píldora del día después; o ya en lo ideológico se elimina toda idea de que hay una familia natural, para contraponer la «tradicional» a los nuevos modelos de familia. La ideología de género pone su granito de arena y la Educación para la Ciudadanía lo difunde.

La población es el mayor activo de un país y se estructura en millones de familias. El suicido demográfico y la crisis de la familia son problemas objetivos, comprobables a golpe de datos, son problemas diagnosticados y sus efectos pronosticados, por eso debería ser prioritario en el discurso político. Es cierto que en España la familia es una institución aun fuerte y arraigada, pero no podemos vivir de las rentas ni de la inercia, sencillamente porque esas políticas o esas leyes antifamilia acabarán con esa herencia.

Tras el 20-N caben dos opciones: acentuar o mantener el deslizamiento por esa pendiente suicida o fortalecer la institución más valorada por los españoles y en la que nos jugamos nuestro futuro. Igual que a partir de la Cumbre de Kyoto se instauraron políticas para reducir las causas del cambio climático; en lo humano y social España debe evitar su particular debacle, su camino hacia un cambio climático en lo poblacional y humano. Si unos instauraron la perspectiva de género para todo, ahora toca –y con urgencia– instaurar una perspectiva de familia.

 

José Luis Requero
Magistrado