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Misericordia

La Razón
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Mi madre me lo enseñó desde niño. «Cuando una persona que tiene justificada su amargura te hiere, hay que ser doblemente misericordioso en el perdón». Y en esas estoy. Lo escribí el domingo 14 de diciembre aquí, en LA RAZÓN. Me refería al todopoderoso Vasile, el creador de basuras en Telecinco. «Su poder es omnímodo, y de ahí mi ofrecimiento como su próxima víctima». Vasile no entra al trapo, porque como todos los cobardes y manipuladores usa de sus asalariados para arremeter. Es la norma. Él paga, manda y los demás obedecen.

La persona que eligió para rebozarme de basura y mentira fue María Antonia Iglesias en un programa que nunca he visto. Pero me llamaron amigos que asistieron al espectáculo. No debo desobedecer a mi madre, que se fue de este mundo once años atrás. Si es cierto lo que me han contado, esta chica no dio una con su necio garrote, prodigiosamente dibujado por Antonio Mingote. Pero no importa. Tiene mi perdón asegurado. «Cuando una persona que tiene justificada su amargura»… Perdonada, María Antonia. Te perdonaría, incluso, si supiera que tus insultos y falsedades hubieran nacido de tu animadversión. Me consta que has obedecido consignas, y tampoco lo repruebo, porque me consta lo mucho que te ha costado alcanzar un buen nivel de remuneraciones en esto del periodismo estercolado.

Y entiendo tu obediencia, faltaría más. La izquierda estalinista es ejemplar en el cumplimiento de las consignas y las órdenes, incluso de la ultraderecha italiana, y tú no podías ser la excepción.
«Cuando una persona que tiene justificada su amargura»… Eso, María Antonia, la comprensión y la misericordia. Ello no significa que te vaya a convidar a comer. Pero sí que te sientas despojada del peso de tu mala conciencia. No una, sino mil veces pasaría y pasaré por alto tus mentiras y perversidades, y tan sólo hoy, para que lo sepas, te lo explico y revelo. A mi edad, que es menor que la tuya, no es conveniente disgustarse por opiniones obedientes de otros. Y además, que la justificación de tu amargura no admite dudas ni discusiones. Este es un Valle de Lágrimas, María Antonia, y a ti te ha tocado bailar con la más fea. Me dicen que eres de misa diaria. En tal caso, entenderás mejor mi postura y mi encuentro con el perdón. Sólo deseo que seas feliz, si ello es posible. Intuyo que has padecido constantes e injustas humillaciones durante toda tu vida aplicadas a una circunstancia de la que no eres culpable. Pero no te creas que eres la única persona descontenta con su apariencia. Yo también lo soy. Lo soy y lo estoy.

Pero no te insultaría si alguien me lo ordenara. Se agrietaría mi buena educación, y los valores y principios que se me han quedado de las enseñanzas que recibí en mi infancia. Entre ellas, aborrecer de las dictaduras, aborrecimiento que no comparto contigo, y mucho que lo siento. Llamarme «falangista» es algo que sólo puede interpretarse con sentido del humor, y por las razones que sean, ese sentido me sobra.

Considérate perdonada, María Antonia. El pan es el pan, y el lujo es el lujo, aunque este último no sea muy de izquierdas, lo cual lamento. Eres la dueña de tu conciencia y la administradora del rencor que justifica tu carácter y tu manera de ser. De parecerme a ti, yo también padecería la amargura, y seríamos amigos. Pero no es así, y me limito a perdonarte, de todo corazón, porque tu desazón y tu enfado con la vida está justificado.
Y que sigas ganando dinero haciendo estas cosas. Al menos, eso compensará tu estupor diario ante el espejo.