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Rabat pierde los nervios

Tiempo de lectura 4 min.

09 de noviembre de 2010. 00:37h

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9/11/2010

Lo que hace tres semanas empezó siendo una simple reivindicación de mejores infraestructuras urbanas y de igualdad de trato laboral ha degenerado en un conflicto sangriento a favor de la independencia del Sáhara. A falta de confirmarse con exactitud el número de víctimas mortales, de los heridos y de los detenidos, todo apunta a que el desmantelamiento policial del campamento de protesta instalado en las cercanías de El Aaiún por varios miles de saharauis ha escapado al control del Gobierno de Rabat para convertirse en un trágico episodio de repercusión internacional. Algo se barruntaba ya días atrás, cuando la Policía marroquí acribilló a balazos a un adolescente en lo que el propio régimen alauita calificó de «trágico accidente», no sin antes tratar de ocultarlo. La tensión que desde entonces se fue acumulando en la acampada saharaui hacía temer un estallido violento. La chispa, sin embargo, no saltó allí, sino en el palacio real y la prendió con muy poca prudencia el propio Mohamed VI el pasado sábado, cuando dirigió a la nación un discurso beligerante con motivo del 35 aniversario de la Marcha Verde. En vez de llamar a la calma y de contribuir a la distensión en una zona donde los saharauis se sienten perseguidos y discriminados, el monarca alauita cometió el error de exacerbar los ánimos. Se diría que preparaba ya una intervención manu militari para cortar de raíz un movimiento de protesta cada vez más nutrido y más internacionalizado. Y se explican así la agresión y veto a varios periodistas españoles y por qué Rabat decretó días atrás un riguroso apagón informativo. Tampoco era ajena a esta operación la reciente visita a Madrid del ministro de Exteriores, Taieb Fassi-Fihri, que se permitió el desahogo de arremeter contra la Prensa española, lo que los retrató a él y al Gobierno al que pertenece. Finalmente, no es casual que la operación represora se haya ejecutado el mismo día en que las delegaciones de Marruecos y el Polisario debían reunirse a instancias de la ONU. Todos los indicios sugieren que Rabat ha optado por la vía del enfrentamiento puro y duro y que no reparará en medios para imponerse por la fuerza en este conflicto. Lo cual nos remite al papel de España y a su incómoda equidistancia entre un país vecino que es amigo y un movimiento independentista que cuenta con el apoyo de un sector relevante de la sociedad española, sobre todo de la izquierda. En este contencioso, como en otros, la política exterior del Gobierno socialista ha sido errática y carente de personalidad, y no parece que la nueva ministra sea capaz de aportar lucidez a la mediocre penumbra de su predecesor. No tuvo buen debut Trinidad Jiménez con su homólogo marroquí, pues permaneció con su habitual sonrisa congelada ante el ataque desmesurado a la Prensa, como si censurar la libertad de expresión fuera una mera cuestión administrativa. Hay que reconocer, sin embargo, que la posición de España no es sencilla ni fácil, pues debe armonizar intereses y principios contradictorios, a veces irreconciliables. Cabe esperar del Gobierno, en todo caso, que no renuncie a un papel activo de moderador y que defienda sin equívocos los derechos humanos.
 

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