Internacional

La colonia LeBarón: en la tierra hostil del narco

LA RAZÓN se adentra en la comunidad mormona de México. Los narcotraficantes descargaron más de 200 balas contra las mujeres y niños de este clan familiar. La sangre tiñó de rojo los caminos hacia las tierras de estos agricultores estadounidenses que pueblan la zona de la sierra mexicana desde hace más de un siglo

La cuadrilla se afana en pelar la nuez. La lluvia tardía de noviembre dificulta la tarea de los jornaleros mexicanos que limpian el fruto de cáscara y hojas y lo empaquetan en sacos amarillos listo para la venta. Hoy los patrones no trabajan, han dejado las labores en manos de los empleados porque el pueblo está de luto. En unas horas enterrarán a Rhonita LeBarón y sus cuatro hijos pequeños, asesinados de forma despiadada por un grupo criminal que les emboscó en un camino de tierra en la sierra de Sonora.

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Aquí se dirigían cuando los asesinaron junto a otros miembros de su familia y aquí fueron enterrados el viernes, en la colonia LeBarón, en Galeana, Chihuahua, la comunidad más importante y más antigua de agricultores estadounidenses de mayoría mormona que pueblan desde hace más de un siglo esta zona de la sierra, a cuatro horas de Ciudad Juárez.

En el pueblo todo lleva el nombre de LeBarón. El cartel que da la bienvenida, las tiendas y los comercios, pero no es el único apellido. También están los Ray, Stuff, Jones… y otras familias que forman una comunidad pintoresca que podría pasar por un enclave del medio oeste de Estados Unidos. LeBarón es básicamente una comunidad de agricultores prósperos. Parte de las calles son de tierra y se embarran con la lluvia, pero las casas de una planta parecen recién construidas, el seto del jardín está podado con esmero y la camioneta aparcada en la puerta no supera el año de antigüedad.

La vivienda de Jared Jones, es una de las más grandes. De la pared del pasillo cuelgan decenas de fotos de su extensa familia. Como estos días no están, la ha convertido en una especie de centro de reuniones ante la cantidad de gente que vendrá para el entierro de Rhonita y los niños. Varios hombres del pueblo se juntan a tomar café en la cocina. En la terraza de la parte trasera, con vistas al gran jardín y a las fincas de nogales, Jared Jones reconoce que está preocupado con la imagen que se está transmitiendo de su comunidad, cuyos pioneros llegaron a finales del siglo XIX invitados por el presidente Porfirio Díaz. Luego vino la Revolución y los expulsó, hasta que en los años cuarenta se instalaron definitivamente. Hoy son más de 5.000 solo en LeBarón más otros cientos en comunidades hermanas como La Mora.

Los primeros en llegar se establecieron aquí tras la prohibición de la poligamia por la iglesia mormona en Estados Unidos, pero quieren huir de esa etiqueta. Hoy en día queda «un bajo porcentaje» de polígamos, según Jones, que recalca que no son una comunidad basada en la religión. «Aquí hay cristianos, ateos, católicos somos una comunidad abierta y equilibrada. No tenemos un líder que ordene lo que aquí ocurre».

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En LeBarón se habla inglés y español, la mayoría cuenta con doble nacionalidad y muchos han ido a estudiar a buenas universidades en Estados Unidos. Hay también quien ha llegado alto en la política. El que más, Alex LeBarón, diputado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la pasada legislatura. «No estamos separados ni segregados, aquí están muy integradas las dos culturas de manera natural. No hay una división. Vivimos juntos y trabajamos juntos», dice el joven ex congresista de más de dos metros y ojos azules.

Alejandra Moreno es una abogada de Chihuahua que lleva los asuntos legales del cuñado de Rhonita, Douglas Johnson, y está en la comunidad para darles el pésame. Cuenta que los Johnson - Lebarón producen nueces en la zona, pero su fuente principal de ingresos está en Estados Unidos. Son trabajadores de la construcción allí e inversionistas en México, donde los precios son más bajos.

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Aunque no es una Lebarón, se siente muy acogida desde que trabaja para ellos y hace pocos días estuvo en la casa de los fallecidos. «Son una familia normal, de bien. A las niñas desde pequeñas se les enseña el cuidado de sus hermanos y a los grandes se les inculca la protección de los menores, como ocurrió con el hermano que camufló a los demás» tras sobrevivir al ataque, que djó en total seis muertos, tres mujeres y seis menores.

Otros ocho niños sobrevivieron huyendo por la sierra tras el tiroteo. El mayor de todos, Devin, de 13 años camufló a sus hermanos pequeños con unos arbustos en la sierra y caminó más de 20 km hasta el rancho familiar para dar la voz de alarma. Como tardaba mucho en llegar, la que le seguía en edad, Mackenzie, también salió a buscar ayuda. Cuando horas después la localizaron, perdida a más de 10 kilómetros «fue muy valiente y nos insistió en que teníamos que ir a por el resto de sus hermanos», dijeron familiares.

«Somos gente a la que nos encanta el trabajo, nos encanta producir y la prosperidad apenas empieza a mejorar nuestra economía, hace 20 o 30 años éramos mucho más pobres», recuerda Jones, que luce el bronceado de quien pasa muchas horas en el campo y explica su éxito en que han encontrado productos agrícolas atractivos.

«La gente los quiere porque dan trabajo y pagan bien; mejor que un ejidatario de aquí», dice José Alvarado que regenta el restaurante del único hotel, propiedad de la familia Ray. «Son más comprensivos y en época de fiestas dan mejores aguinaldos», aunque reconoce que se mezclan poco y que si bien hay algunos casos de parejas de mexicanos y mormones «no es lo habitual»

Este hombre lleva diez años en esta localidad cercana a la línea con Sonora, desde que salió de Ciudad Juárez por la ola de violencia extrema en la ciudad fronteriza y aquí piensa quedarse. «La gente sabe que se trabaja y se gana bien, por eso hay tantos obreros de Veracruz y de Guerrero», estados pobres del sur de México, que se emplean en las nogaleras, los campos de trigo, alfalfa y algodón.

En el restaurante de José paran sobre todo «americanos». Vienen diariamente a comer y cenar, a tomar café y a cerrar negocios. Los mexicanos también vienen, pero menos. Tal vez una vez por semana a cenar una hamburguesa. Para Jared Jones es importante hacer comunidad de un modo distinto a la religión y la nacionalidad. Construir un gimnasio, construir piscinas, establecer unas brigadas de limpieza pagadas por los vecinos. Han invertido 1,7 millones de dólares en un polideportivo al estilo de un instituto estadounidense. Con parqué reluciente y marcador electrónico, donde van a jugar los jóvenes cuando cae la noche. «Si lo hubiese construido el Gobierno hubiese gastado cinco millones», dice orgulloso.

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La comunidad también se une cuando hay peligro. La última vez que se sintieron amenazados fue hace una década, cuando el narco secuestró y asesinó a Benjamín LeBarón, pero últimamente se sentían relativamente seguros. Salían por la noche sin miedo y dejaban abiertas las puertas de las casas. Ahora que les vuelve a señalar la tragedia, no piden protección extra sino que el Gobierno encuentre y castigue a los culpables. «La manera de darnos seguridad, es darnos justicia».