Putin crea un imperio «virtual»

El presidente ruso trata de restaurar la «grandeza» librando guerras en Ucrania y en Oriente Medio pero olvidándose del ciudadano de a pie

Hace 20 años, el presidente Boris Yeltsin renunciaba al cargo, anunciando que su primer ministro, Vladimir Putin, se convertiría en el presidente en funciones del país. Ese mismo día, el 31 de diciembre de 1999, Putin había publicado el famoso artículo en el que criticaba el modelo económico ruso que -según él- había dejado al país en una posición «trivial» en la escena internacional. De hecho, en ese mismo artículo ya se apreciaban cuáles serían las líneas en las que se movería la agenda económica de su mandato.

Dos décadas después, los objetivos que el presidente ruso se había marcado siguen siendo una ensoñación. Al igual que otras aspiraciones que se incluyeron en el plan «Estrategia 2020» del 2008 y en varios decretos presidenciales de 2012. El año 2000 se puso la meta de superar a Portugal en términos de PIB per cápita y calidad de vida. Pero a día de hoy estas cifras siguen lejanas. El vecino de España disfruta de un PIB per cápita de 23.200€, frente a los 11.300€ de Rusia; el salario medio mensual es de 1.900€ en Portugal, frente a los 510€ en Rusia; la esperanza de vida es de 81.9 años, mientras que la de un ruso se mantiene en los 72.4 años. Asimismo el gasto médico es de 1.185€ al año por cada portugués, mientras que por cada ruso se destinan 290€ al año. El presidente prometió que Rusia se convertiría en la quinta economía del mundo, y lo cumplió en 1999, 2008, 2012 y 2016. Ahora el país ocupa el sexto lugar si calculamos el PIB teniendo en cuenta la inflación, pero se aleja hasta el puesto número once si se mide en términos absolutos.

En lo que Putin ha triunfado ha sido en la restauración de la posición de Rusia como país productor de petróleo y gas –logró recuperar en 2006 la producción de la época soviética mientras otros países como Azerbaiyán o Kazajstán han multiplicado por tres su producción respecto a los niveles del año 1989–. También destaca la optimización del sector industrial. Cerca de 40.000 empresas han desaparecido en estas décadas. Estas dos fuentes de desarrollo han permitido que los líderes rusos reorientasen los flujos de caja hacia los bolsillos de los ciudadanos: el salario medio aumentó diez veces entre 2000 y 2012, el PIB subió en un 89 % y la productividad laboral en torno al 40 %. Cabe mencionar también que 100 multimillonarios rusos poseen una fortuna combinada de 420.000 millones de dólares (374 millones de euros). Y la fuga capital del país supera los 800.000 millones de dólares (713.000 millones de euros) desde el 2000. Putin ha liderado un espectacular aumento del bienestar de forma casi accidental.

Pero el problema principal es lo que el presidente no ha podido conseguir. En primer lugar, un desarrollo económico efectivo. Rusia ha perdido todo un puñado de industrias competitivas. Invirtió más de 1.500 millones de dólares en el desarrollo de su avión de pasajeros de rango medio. Pero el año pasado solo se envió uno de estos aviones a la compañía aérea, y el último operador extranjero, «Interjet» de México, devolvió toda su flota «SukhoiSuperjet» al productor ruso debido a la baja calidad. Hoy en Rusia se construyen seis veces menos autopistas que en 1999 (antes de que Putin fuera elegido presidente). Para hacerse con las centrales eléctricas de la Crimea ocupada, los rusos engañaron a Siemens diciendo que instalarían los productos de la compañía en Krasnodarsky Kray, por lo que la adjudicación a Simferopol causó un gran revuelo. Cuando trataban de desarrollar las infraestructuras para la extracción de gas en alta mar en el Campo de Shtokman, no pudieron perforar a 400 metros de profundidad y tuvieron que abandonar el proyecto. La «superpotencia energética» no tiene buques capaces de colocar tuberías submarinas, por lo que su ambicioso proyecto del gasoducto NordStream2 se detuvo después de que la compañía suiza AllSeas se retirase tras las sanciones de EE UU.

Rusia es débil incluso en el terreno militar. Solo en el mes de diciembre perdió su único y anticuado transportista aéreo a causa de un devastador incendio durante un proyecto de modernización, y su caza de quinta generación (en realidad 4+), construido después de un gran esfuerzo nacional de seis años, también tuvo que abandonarse por un fallo en el sistema de dirección de vuelo. Rusia es un gran poder en declive, y nada puede revertir esta tendencia.

Además, la única respuesta que ha dado Putin a todo esto ha sido su creciente imperialismo, más imaginario que real. Trata de restaurar la «grandeza» de Rusia, no a través del bienestar de las personas, sino librando guerras con sus vecinos, como Georgia o Ucrania; «fortalecer sus posiciones» en Medio Oriente y África, e intentar desestabilizar las democracias de todo el mundo. El presidente ruso glorifica el pasado de Rusia, erige monumentos a los dictadores más sangrientos del pasado, desde Iván el Terrible hasta Josef Stalin, y dice que el evento principal de 2020 será la celebración del 75º aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi en 1945. La falta de logros reales se ha visto compensada por una campaña propagandística al más puro estilo de Joseph Goebbels, así como por la creciente presión que está ejerciendo sobre los opositores políticos y los activistas. Los organismos internacionales en defensa de los derechos humanos sostienen que en estos momentos Rusia tiene alrededor de 300 presos políticos. Las autoridades intentan cortar Internet y sustituir todo el software producido en Occidente por uno producido localmente.

Los ingresos rusos están en declive desde hace seis años y las sanciones occidentales tampoco permiten el crecimiento de la economía rusa. Además, los burócratas están saqueando la riqueza del país. Pese a este contexto, Putin podría permanecer en el poder durante –al menos– otros diez años gracias a que la oposición rusa permanece dividida y a que la mayoría de la gente cree que las condiciones económicas del país «no son tan malas».

El Kremlin todavía depende de enormes reservas financieras por un valor aproximado de 134.000 millones de dólares (119.000 millones de euros), dos millones de efectivos policiales leales al presidente, y un gran negocio dependiente de las instituciones estatales. Éste es el solemne exoesqueleto de Rusia, dentro del cual un enano ambicioso dirige a un país que alguna vez fue poderoso. El mundo occidental debería encontrar la forma de coexistir con la Rusia de Putin sin tratar de defenderla o apaciguarla, sino -simplemente- sobrevivirla.