Polonia abre otra “guerra” con Rusia por su alianza con el nazismo en la Segunda Guerra Mundial

Líderes las grandes potencias se reúnen este lunes en Auschwitz en un acto al que Vladimir Putin no ha sido invitado. Cracovia, blindada por las celebraciones, recuerda a las víctimas del gueto

La historia vuelve a convertirse un arma para despertar el fervor nacionalista en la esquina este de Europa. Cuando se cumplen hoy los 75 años de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz, rebrotan desde Varsovia las reivindicaciones políticas cuestionando el rol de la extinta Unión Soviética en la «liberación» de Polonia. Antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, el 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) firmaron un pacto de no agresión, el Pacto Ribbentrop-Molotov. La eventual coexistencia pacífica entre la potencia fascista y la comunista estaba cimentada en una condición secreta: la repartición de Polonia entre ambos Estados. Adolf Hitler comenzó la invasión de Polonia en septiembre de ese mismo año y Josef Stalin hizo lo propio desde el este dos semanas más tarde.

En respuesta a la ofensiva nacionalista polaca, y en busca de un discurso que permita mantener el consenso oficial dentro del país, el Kremlin responde que durante la liberación de Polonia su ejército perdió a cerca de 600.000 hombres y acusa al Gobierno de Varsovia de «querer reescribir la historia». El comentario llega como reacción a un comunicado oficial del Gobierno polaco, encabezado por el primer ministro, Mateusz Morawiecki, del partido Ley y Justicia (PiS), que afirma que las fuerzas soviéticas fueron «perpetradoras de crímenes antes y después de la liberación de Auschwitz». «Dado que la Unión Europea nació de las cenizas de esta guerra, es importante defendernos de las narraciones falsas como las que se venden hoy en día», señala el texto.

Políticamente, las instituciones de la Unión Europea respaldan a Varsovia. La Eurocámara aprobó una resolución donde declara que el Pacto de No Agresión allanó el camino hacia la guerra. La Comisión, por su parte, ha condenado cualquier reclamación que intente distorsionar la historia de la Segunda Guerra Mundial.

Los principales líderes internacionales se reunieron la pasada semana en Jerusalén, cita a la que no acudió el presidente polaco, Andrzej Duda –miembro del PiS y defensor por tanto del discurso del Ejecutivo–. Hoy habrá otra importante cita a la que Vladimir Putin no ha sido invitado. El resto de mandatarios intentan hacer menos obvias las diferencias y han optado acudir a ambas conmemoraciones con un mantra común: no olvidar el pasado. Hoy, los museos y las numerosas excursiones que se organizan y salen desde Cracovia al antiguo campo de exterminio no están disponibles para ningún turista. La zona se ha blindado para la visita de jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo.

Recuerdo a las víctimas del gueto de Cracovia

Sin embargo, la prohibición no impide estos días a los habitantes de la antigua capital polaca rememorar la tragedia que supuso el azote nazi. Hoy, el sol ha hecho que muchos olviden el frío de la noche de ayer. Es plena hora punta y muchos salen de su lugar de trabajo, algunos aguardan en la parada de Korona y otros dejan pasar su tranvía y esperan el siguiente para tomar el sol unos minutos más. Korona está a tan sólo unos metros de donde en 1941 los nazis levantaron las puertas principales del gueto de Cracovia. Hoy, es casi imposible distinguir esa frontera que hace 79 años dividió la ciudad.

Cuando Cracovia fue capturada por tropas alemanas, en septiembre de 1939, se convirtió en el centro de mando del general nazi Hans Frank. Vio la colina más alta en el centro de la población y se instaló en el castillo de Wawel. Un lugar aparentemente privilegiado con vistas a toda la ciudad, pero con una muralla tan alta que cuesta ver más allá de los jardines. A partir de ese año, los judíos fueron obligados a portar en el brazo derecho una banda con la estrella de David. En breve, el gueto se convertiría en una realidad.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, más de 68.000 judíos vivían en Cracovia. La mayoría de ellos fueron obligados a dejar la ciudad tras la ocupación nazi. Fue una de las comunidades judías más grandes de Europa y la mayoría residía en el histórico barrio de Kazimierz. Pero desde las familias judías más adineradas a las que vivían en las afueras , todas ellas, fueron obligadas a dejar sus hogares y mudarse a la zona del gueto, en el barrio de Podgórze.

Una maleta por persona era lo máximo que pudieron llevarse. El puente que unía la nueva zona de exclusión con la ciudad se abarrotó los días previos al 21 de marzo de 1941, fecha límite para entrar en el gueto. Al principio estaba cercado con alambre de púas, después empezó la construcción de un muro con acabados circulares en la parte superior, imitando lápidas judías. En octubre, el muro estaba terminado, dejando dentro de sí una zona restringida que amenazaba a los que la cruzaban sin un permiso especial con la pena de muerte.

La única opción de abandonar el gueto de forma rutinaria estaba reservada a aquellos que trabajaban al otro lado del muro. Algunos lo hacían en fábricas de cables, otros en la de cemento de Bonarka o en la de esmaltados de Oskar Schindler. Desde la creación del gueto judío de Cracovia, cerca de 20.000 personas fueron hacinadas en 15 calles donde había construidas 320 casas y un total de 3.167 habitaciónes. Los espacios personales de las familias se reducían a esquinas de dormitorios y las cocinas y baños eran compartidos por 30 personas. Sus calles, a pesar del frío, siempre estaban concurridas, llenas de muebles y personas intentando conseguir comida y papeles falsos en el mercado negro. Hubo quien se conformó con poder salir del gueto, trabajar y ser útil a los nazis con el objetivo de sobrevivir la mayor cantidad de tiempo posible. Otros buscaban documentos falsificados para hacerse pasar por polacos.

En 1942, el gueto pasó a dividirse en dos partes: la «A», para las personas capaces de trabajar y la «B», para ancianos, enfermos o desempleados. En ambos lados los asesinatos a manos de los nazis eran recurrentes. El ruido de las calles era ensordecedor. Entre el 13 y 14 de marzo de 1943 se llevó a cabo la liquidación del recinto. Unos 8.000 judíos fueron seleccionados para trabajar en el campo de de Plaszow, muy cerca de la ciudad. Otros 2.000 fueron asesinados en el acto. El resto fue llevado a campos de exterminio como el de Auschwitz, donde murieron entre cuatro y seis millones de personas. Del muro que confinó a miles de judíos solo queda un trozo de pared, meramente simbólico; pero este barrio, y este país, se ha reconstruido bajo símbolos. Todo significa algo y la pregunta que se hace un hombre mientras limpia el escaparate de una tienda frente a lo que queda de muro trasciende los límites de Cracovia e inunda el imaginario colectivo polaco: «¿Qué seríamos sin símbolos?».