La crisis institucional en Israel se enquista

El presidente del Parlamento israelí y aliado del primer ministro Netanyahu dimite tras las presión de la Corte Suprema. El país se sume en una crisis política sin precedentes

Protest outside Knesset parliament
Activistas de izquierdas protestan frente al Parlamento israelí, en JerusalénABIR SULTANEFE

Israel vive una crisis institucional sin precedentes. A las medidas adoptadas por el primer ministro en funciones Benjamin Netanyahu la semana pasada, cuando clausuró de facto el Parlamento y el sistema judicial aprovechando la incertidumbre por el coronavirus, se sumó ayer la polémica renuncia –a medias– de Yuli Edelstein, presidente de la Knesset y peso pesado del Likud. Todo ello mientras ayer se registraba la quinta víctima por la pandemia y los contagios ascendían a más de 2.000.

Edelstein fue quien congeló la actividad parlamentaria, justo cuando debía votarse un nuevo presidente de la Cámara y ante la evidencia de que las fuerzas opositoras, bajo liderazgo del Azul y Blanco de Benny Gantz, lograrían la mayoría de 61 votos. Esto supondría tener el control de comisiones capaces de aprobar leyes que impidan que un «premier» imputado por corrupción pueda seguir ejerciendo en el cargo. Supuestamente, en abril Netanyahu debía sentarse en el banquillo de los acusados. Edelstein defendió la paralización parlamentaria como una medida para evitar que «Israel se abocara a la anarquía».

Tras el mazazo recibido por la Corte Suprema, que decretó ilegal la medida y obligó al presidente de la Knesset a convocar de inmediato la votación, Edelstein optó por una incendiaria tercera vía: renunciar al cargo, pero evitando convocar la sesión de votación que debería elegir a su sucesor.

«La decisión de la Corte Suprema constituye una interferencia brutal y arrogante del poder judicial en los asuntos del poder legislativo, y atenta en una forma sin precedentes contra la soberanía del pueblo», declaró en el discurso de ayer en que anunció su dimisión.

Y a pesar de saltarse a la torera el decreto del máximo ente judicial de la nación, prosiguió: «En días en que una epidemia nos acecha desde afuera y la división nos quiebra desde adentro, todos debemos comportarnos como seres humanos. Todos debemos unirnos».

De inmediato, el asesor legal de la Knesset, Eyal Yinon, le recordó que su renuncia no le eximía de su obligación de convocar el pleno el mismo día para nombrar un relevo, y que de no hacerlo se exponía a las consecuencias que dictaminara la Corte Suprema. Partidos opositores y entidades civiles enviaron de inmediato sus airadas protestas ante el tribunal. También el asesor letrado del Gobierno, Avichai Mandelblit, dictaminó que Edelstein debe hacer cumplir la palabra de la justicia. Se sumaron a la reclamación 116 jueces retirados, que decretaron: «No acatar a la Corte Suprema supone una erosión de la democracia».

La renuncia del presidente entrará en vigor pasadas 48 horas del anuncio, y al no existir la figura de un vicepresidente, las sesiones serán presididas provisionalmente por el diputado más veterano. Asumirá el rol el líder laborista Amir Peretz, perteneciente al bloque de centroizquierda, que pretende lograr que Gantz se convierta en el próximo primer ministro del estado judío.

«El Parlamento israelí pertenece a sus ciudadanos, y sus representantes electos acataran las leyes del estado y los mandatos judiciales. Nadie está por encima de la ley», tuiteó Gantz tras el escándalo.

Edelstein argumentó en primera instancia que no era adecuado nombrar un sucesor en plena hecatombe por el coronavirus, y más adelante que «la orden de la corte podría prolongar la parálisis política, cuya resolución se basa en negociaciones para construir un gobierno de unidad entre el Likud y Azul y Blanco». A pesar de los continuos cuchillazos en público, la facción de Netanyahu sigue defendiendo ésta salida. Es el último cartucho en manos del «Rey Bibi», que insiste en formar un ejecutivo unitario con Benny Gantz y rotar en el cargo de primer ministro, con la intención de asumir la primera cadencia de 18 meses.

Un gobierno de Gantz en minoría

La alternativa para resolver el bloqueo, que dura ya desde la disolución del ejecutivo en noviembre de 2018 y ha supuesto la repetición de tres elecciones, es que Gantz gobierne en minoría junto a la coalición progresista Avodá-Gesher-Meretz, con apoyo externo de los antagónicos Israel Beitenu (derecha laicista) y la Lista Árabe Unificada, que con sus históricos 15 diputados se consolidó como la tercera fuerza política de Israel.

Cada vez se oyen más voces en el centroizquierda apelando a la necesidad de contar con los votos árabes y legitimar así la voluntad de la mayoría de votantes de un sector que supone cerca del 20% de la población. Desde la derecha claman para impedir un gobierno con «quienes apoyan al terrorismo», y la incógnita a despejar es si dos diputados del ala derechista de Azul y Blanco aceptarán finalmente –sin desertar– que Gantz asuma el poder con su apoyo.

A pesar de no ganar las elecciones (Likud 36, Azul y Blanco 33), el ex comandante en jefe del Ejército recibió el encargo de intentar formar coalición por parte del presidente Reuven Rivlin, tras comprobar que gozaba, a priori, de más apoyos que Netanyahu.

Desde el digital Ynet, el analista Ron Ben Ishai alertaba que «el riesgo de un estallido violento se incrementa. La anarquía podría irrumpir, con ciudadanos desoyendo directrices gubernamentales y desordenes públicos graves, que podrían derivar en una guerra civil».

Y concluyó: «Ambos campos (ideológicos) se encierran en sus posturas, reforzando el odio mutuo».