Trump amenaza con desplegar el Ejército si persisten las protestas

Los efectivos de seguridad han lanzado gases lacrimógenos contra los manifestantes congregados en las inmediaciones de la mansión presidencial

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado con desplegar el ejército y hacer uso de una oscura ley principios del siglo XIX para sofocar las protestas. Sus palabras, pronunciadas desde el los jardines de la Casa blanca, coincidían las imágenes de los manifestantes, congregados pacíficamente frente la residencia presidencial en Washington D.C. «No podemos permitir que los gritos pidiendo justicia de los manifestantes pacíficos sean ahogados por una multitud enojada», dijo Donald Trump.

«Las mayores víctimas de los disturbios son los ciudadanos amantes de la paz en nuestras comunidades más pobres. Y como su presidente, lucharé para mantenerlos a salvo. Lucharé para protegerlos», afirmó el mandatario.

Sus palabras coincidieron con la primera carga contra los asistentes a la convocatoria frente a la Casa Blanca. La multitud gimió, giró sobre sus pasos y encajó los golpes. Las cámaras captaron el pandemonium.


Por
séptima noche consecutiva América anochecía entre gritos, zarandeos, amenazas y coches patrulla. La oratoria presidencial sonaba desafiante y terrible. Parecía dirigirse a un enemigo del calibre del yihadismo. Poco antes, parapetado tras varias líneas de agentes antidisturbios, las cámaras habían captado la imagen del Fiscal General, William Barr. Observaba los acontecimientos al tiempo que Trump afirmaba que es el «presidente de la ley y el orden y aliado de todos los manifestantes pacíficos». Lamentablemente «la acción de anarquistas profesionales, multitudes violentas, incendiarios, saqueadores, criminales, alborotadores, antifas y otros» lo obligan a intervenir.

Horas antes el presidente había acusado por teleconferencia a los gobernadores de ser débiles. Amagó con tomar la cuestión en sus manos. Volaban los botes de humo y las pelotas de goma mientras en el atardecer el lunes un Trump exultante, que había pasado buena parte del fin de semana refugiado en un búnker, reafirmó su amor por el drama. Quizá no fuera la clase de discurso que serena los ánimos, calma los nervios de un país y ofrece una mano tendida a los indignados. Pero era electrizante. Alto voltaje. El contraste entre sus palabras y lo que sucedía a unos metros resultaba tan violentamente cinematográfico que parecía guionizado.

De hecho, Don Lemon, presentador de la CNN, lo acusó de haber provocado los incidentes. Trump propició las cargas para garantizarse un momento de gran espectacularidad. De hecho los agentes habían intervenido que Trump cruzara la calle y caminara hasta la iglesia episcopal de St. John, donde levantó una biblia frente a las cámaras y posó para los flashes. Entonces reafirmó su convencimiento de que América será más fuerte que nunca. «Somos el mejor país del mundo», dijo. Hablaba sobre el sonido de los helicópteros, los disparos, los cánticos, los gritos y las sirenas de policía.

Entre tanto, en Nueva York, los teléfonos vibran para anunciar el toque de queda, declarado por el gobernador, Andrew Cuomo, a partir de las once de la noche. En la orilla del East River los manifestantes habían cortado la autopista Roosevelt.

Varias decenas de Estados y ciudades han prohibido que sus ciudadanos salgan a la calle durante la noche. Para encontrar un clima de desesperación y violencia semejante hay que remontarse a 2015, a los disturbios tras la muerte del joven Michael Brown a manos de la policía de Ferguson (Misuri). Pero entonces, en la Casa Blanca, no había un inquilino dispuesto a deleitarse con sus propios exabruptos al tiempo que fomenta el caos.