La remontada de Biden

La tardía y contestada victoria de Wisconsin da aire a los demócratas tras un agónico inicio del escrutinio con las derrotas de Florida, Ohio y el feudo conservador de Texas

El candidato demócrata a la presidencia, Joe Biden, desde Wilmington, DelawarePaul SancyaAP

Poco a poco, la imagen de un Donald Trump triunfal quedaba empañada por la remontada de un Joe Biden revivido. Tres votos electorales en Maine o una superioridad mil veces prevista pero nunca demostrada en Arizona, todo contaba a la hora de decidir una de las elecciones más disputadas que nadie recuerda. Para Biden, la balada triste de la noche se había transformado en un amanecer mucho más esperanzado.

Especialmente después de que medios como la CNN proyectasen el triunfo del demócrata en Wisconsin. Un Estado donde es posible pedir que los votos sean contados de nuevo si la distancia entre los dos candidatos es igual o menor del 1% de los votos. Claro que nunca un candidato ha logrado dar la vuelta a un resultado cuando la distancia se aproximaba a las 20.000 papeletas que parecían separar a Biden de Trump.

Mapa EE UU elecciones 2020T. Nieto

La gran paradoja es que los partidarios de Donald Trump animaban a contar hasta el último voto en el Suroeste al tiempo que ponían en tela de juicio los resultados en el cinturón del óxido. Para los demócratas, la clave pasaba por conservar Michigan, donde mantenían una ventaja mínima pero consistente, dar la campanada en Arizona, que podría pintarse de azul por vez primera desde el triunfo de Bill Clinton,y consolidar su magra ventaja en Nevada, donde superaban al presidente Trump por 8.000 personas.

Para los republicanos, si no lograban recuperar Arizona y Nevada, el camino comenzaba a estrecharse hasta el punto de que Pensilvania marcaría sentencia. Suponiendo, claro está, que Trump confirmase sus triunfos en Carolina del Norte y Georgia, donde marchaba por delante. Y en Michigan los republicanos anunciaron que habían presentado una demanda para detener el recuento hasta que la corte les garantizase un acceso total a la apertura de las urnas restantes.De mantenerse en pie la amenaza añadiría incertidumbre a unos resultados que, en el caso por ejemplo de Nevada, no estaba previsto que fueran a moverse hasta la mañana del 5 de noviembre. En cuanto a Pensilvania, donde en el momento de escribir estás líneas Trump ganaba a Biden por 459.000 votos, todavía faltaba por revisar el 20% de las papeletas.

Respecto a la hipótesis de que los resultados fueran discutidos y hubiera que afrontar un segundo recuento, las autoridades estatales recordaron que la diferencia entre los dos contendientes no puede ir más allá del 0,5%. Como ejemplo, KathyBoockvar, secretaria de Estado de Pensilvania, explicó a la CNN que en 2016 «la distancia final fue del 0,7%, y por lo tanto no hubo un recuento automático. Hoy está por ver».

Imagen institucional

Todo esto llegaba mientras la campaña de Joe Biden recaudaba todo el dinero necesario para afrontar los posibles litigios. Y mientras los cercanos al ex vicepresidente Joe Biden insistían en que cualquier comparecencia suya sería absolutamente respetuosa con el proceso electoral y los chequeos y controles del Estado de Derecho. El mensaje es que si bien creían mantener su ventaja estaba completamente a favor de contar los votos todas las veces que fuera menester.

La idea esencial para Biden era, más que nunca, mantenerse lejos de la retórica que durante la madrugada del lunes al martes usó el todavía presidente de los Estados Unidos. Cuando sin más prueba que su instinto y/o sus proyecciones de consumo interno, Donald Trump aseguró que había ganado las elecciones presidenciales estadounidenses al tiempo que denunció «un importante fraude» y prometió recurrir los resultados ante el Tribunal Supremo. Pero no no hay noticia del supuesto amaño.

Tampoco hay denuncias de fraude. Y para presentarse ante el Supremo necesita algo más que discutir las normas electorales de aquellos estados que permiten seguir contando más allá de las 12 de la noche del martes. Fue gracias a ese conteo ulterior que los republicanos ganaron un estado crucial, Ohio, y es gracias a que los voluntarios siguen contando votos que la campaña de Trump todavía mantiene sus posibilidades en Arizona en Nevada.

Para Biden, en cualquier caso, la carrera ha sido una montaña rusa auténticamente brutal. Llegó a las elecciones como el favorito indiscutido y lejos de obtener una victoria arrolladora, muchos le dieron por muerto a medida que llegaban los primeros resultados. La decepción en Florida y el amargo sabor de otra derrota en Texas sumaban a unas primeras cifras demoledoras en el Pensilvania, Virginia, Michigan y Wisconsin.

Capítulo aparte merecen las empresas de sondeos. Igual que en 2016 han sido incapaces de predecir la marea roja y la incertidumbre de unas elecciones muy lejos de tener un ganador claro. Minusvaloraron a Trump y tiene mucho sentido que éste se sienta, a pesar de ser el presidente, otra vez el tapado que llegó de entre las sombras para matar todas las previsiones. Con todos los sondeos en contra, con las casas de apuestas gritando el nombre de su rival y la mayor parte de los medios nacionales y sobre todo las televisiones, con la excepción de Fox News, volcados en su favor, Trump llegaba al día siguiente con sus opciones tocadas pero no hundidas.

Es mucho más de lo que nadie le había concedido, por más que muchos analistas ya hubieran avisado de un empate virtual en casi todos los estados claves. Lo que nadie podrá quitar a Donald Trump ni a Joe Biden, gane quien gane, es el orgullo de haber protagonizado unas elecciones con una participación histórica, en las que más de 35,7 millones de personas habían votado ya en persona, en los lugares que permiten votar por adelantado, y otros 63,9 millones lo habían hecho por correo.