“El arraigo del trumpismo destapa una América empobrecida y conservadora que quiere ser escuchada”

Los europeos deben perseverar por su autonomía estrategia si no quieren depender cada cuatro años de un puñado de votos en el cinturón industrial

De los tres escenarios postelectorales previstos en Estados Unidos, la noche del 3 de noviembre desembocó en el de pesadilla. Un recuento ajustadísimo entre el presidente Donald Trump y el candidato demócrata Joe Biden que dejó la Presidencia de la primera potencia en el aire. Las primeras horas de la noche electoral se inclinaron a favor del ex magnate neoyorquino con importantes victorias en Florida y Texas, donde el sorpasso de los demócratas a los republicanos quedó en un espejismo. Pero a medida que avanzó el escrutinio, el camino hacia la Casa Blanca se despejó para el ex vicepresidente de Obama, con una remontada en Wisconsin y Michigan, mientras las posibilidades de Trump para hacerse con la reelección se estrechaban. A la espera de que el nuevo mapa político estadounidense se defina totalmente, el 3-N deja un boceto de lecciones que deben ser tomadas en cuenta por la nueva Administración y por el resto del mundo.

La primera es que Trump no puede ser considerado como un paréntesis en la historia sino como el síntoma de un movimiento profundo cuyas consecuencias se extenderán en el tiempo. La segunda es que la alta participación no es sinónimo de vuelco electoral. Tal y como se había previsto por el aumento del voto anticipado y por correo –más de 100 millones de electores habían depositado su papeleta antes del 3-N–, se registró un voto masivo en la jornada electoral. A diferencia de lo que habían intuido las encuestas, esa movilización fue bidireccional y se produjo tanto en el bando demócrata como en el republicano. Biden se puede proclamar como el presidente más votado de la historia de Estados Unidos, pero Trump también ha logrado hasta seis millones de papeletas más –todavía se están contando votos por lo que la cifra puede aumentar– que en 2016. Claramente los sondeos volvieron a despreciar la fortaleza y el arraigo de Trump en el territorio. En estas páginas ya habíamos advertido de que el extraño matrimonio entre un multimillonario neoyorquino y la clase empobrecida y conservadora norteamericana seguía viento en popa. El periodista Daniel Allott ha recorrido el Medio Oeste durante los últimos tres años para tratar de entender el trumpismo. Allott aseguró recientemente que «la conexión del presidente con su base se ha fortalecido por las arremetidas que ha sufrido por parte de las élites mediáticas, culturales de Hollywood y deportivas». ¿Por qué? Muy sencillo. El periodista sostiene que «sus seguidores se sienten igualmente despreciados por sus élites». Lo que el intelectual californiano Joel Kotkin bautizó como el «nuevo clero» representado por los «oligarcas tecnológicos» y el «establishment político» que, alerta, amenazan a la clase media.

Los buenos resultados de Trump encumbran al magnate como un ídolo de una América deprimida que exige a gritos ser escuchada. La tercera lección, por tanto, va dirigida a la clase política que necesita dar una respuesta a ese malestar de una parte de la sociedad estadounidense que ha abrazado el populismo. Este fenómeno no desaparecerá por arte de magia. Hay que rebuscar en las causas económicas y sociales que lo han producido. Si no se hace, se corre el riesgo de que llegue algo peor. Bernie Sanders y su populismo de izquierdas está al acecho. La nueva Administración debe reparar las grietas abiertas para frenar las tentaciones antiglobalizadoras y proteccionistas que dan soluciones simplistas a problemas complejos. La cuarta y frustrante lección es relativa al escaso impacto de la pandemia del coronavirus entre los votantes republicanos. Estados con una fuerte incidencia de la covid-19 como Texas o Florida no cambiaron su voto y se mantuvieron fieles al presidente norteamericano a pesar de la polémica gestión de la crisis sanitaria.

La excepción la encontramos en Wisconsin y Michígan donde los contagios están disparados. En 2016 votaron por Trump, pero en esta ocasión le han abandonado y han vuelto a teñirse de azul. Es muy posible que la pandemia haya jugado un papel importante en este trasvase de votos de la clase obrera blanca. Puede que en los Estados bisagra o indecisos la emergencia sanitaria sí haya tenido efecto negativo para el republicano. Con todas las salvedades, pero si extrapolamos esta conclusión al panorama nacional podríamos aventurar que da igual la gestión que hagan nuestras autoridades de la pandemia que no perderán el voto de los convencidos, de su parroquia, sí arriesgan el del electorado menos ideologizado.

Sin gendarme en el mundo

Volvemos a Estados Unidos. Para concluir, me interesa la reflexión de Benjamin Haddad autor de «Paraíso perdido. La Administración Trump y el fin de las ilusiones europeas» en una tribuna en «Le Figaro». El también director del think thank «Europe de l’Atlantic Council» insiste en que los cuatro años del neoyorquino dejan un legado que no puede resultar indiferente a los europeos. «Trump ha cambiado el mundo y la relación de Estados Unidos con él». Para Haddad el mandato del republicano ha servido de «acelerador y revelador de tendencias profundas» como «la rivalidad estratégica con China, el fin del universalismo americano o los límites de la relación transatlántica». Con Biden desaparecerá la animadversión de la Administración norteamericana a la Unión Europea pero no esperemos que recupere su papel de gendarme del mundo. Haremos bien los europeos en tomar nota de lo ocurrido y perseverar en el desarrollo de una autonomía estratégica. En especial, como dice Haddad, si no queremos que nuestra seguridad recaiga cada cuatro años en las decenas de miles de votos de una clase trabajadora en el cinturón del óxido en Estados Unidos.