Los 45 días en que el régimen chino ocultó al mundo el coronavirus

El 17 de noviembre de 2019 un hombre de 55 años de la provincia de Hubei fue la primera persona documentada con covid. Pekín reaccionó tarde, pero hoy presume de haber superado la crisis

Visitors are seen at a newly opened exhibition on Wuhan's fight against the coronavirus disease (COVID-19) outbreak, at an exhibition centre in Wuhan, Hubei province, China October 15, 2020. China Daily via REUTERS ATTENTION EDITORS - THIS IMAGE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. CHINA OUT.CHINA DAILYREUTERS

Mientras medio mundo se afana por mantener a raya una pandemia que en algunos lugares ya va por la cuarta ola, en el país donde se originó la covid-19 sus ciudadanos se pasean y gastan en los centros comerciales con casi completa normalidad. La vida en China hoy es algo inimaginable en otros puntos del globo y las elucubraciones sobre cómo han podido llegar hasta aquí, infinitas. La versión oficial: medidas drásticas y masivas para que ningún patógeno se les escape a las autoridades sanitarias.

Para tratar de arrojar luz sobre cómo se originó todo, se podría retroceder un año en el tiempo. Según una investigación del periódico «South China Morning Post» basada en datos gubernamentales, el 17 de noviembre de 2019 un hombre de 55 años de la provincia de Hubei fue la primera persona en contraer covid-19. Aunque a día de hoy no se ha podido detectar quién fue el paciente cero, desde aquel día los casos fueron incrementándose a diario.

Por entonces, la transmisión no encontraba obstáculos. Ni mamparas, ni mascarillas, ni gel desinfectante que acabara con el patógeno. Tampoco se sabía que era un nuevo tipo de coronavirus, por lo que es más que probable que se aceleraran los contagios a causa de la cantidad de casos no detectados e indocumentados.

Fue el 27 de diciembre cuando la doctora Zhang Jixian, del Hospital Provincial de Hubei, informó -de manera oficiosa- de tres casos de una neumonía de causa desconocida. Ella no fue la única. El 30 de diciembre, el doctor Li Wenliang alertó a sus colegas en un grupo de Wechat de la aparición de un nuevo coronavirus en la ciudad y les aconsejó que usaran ropa protectora para evitar infecciones.

Su atrevimiento -aún en privado- no gustó a las autoridades, que obligaron al oftalmólogo a firmar una carta admitiendo que había difundido rumores falsos que “perturbaron gravemente el orden social”. Los mismos que, paradójicamente, al día siguiente Pekín reconoció. De poco le sirvió eso a Li, quien falleció más adelante tras haberse infectado a través de un paciente, una muerte que generó una gran indignación en un país poco acostumbrado a las críticas de sus ciudadanos.

Un día después del mensaje de Li, China decidió reportar a la Organización Mundial de la Salud (OMS) los primeros casos de neumonía detectados en Wuhan. Las autoridades comunistas sospechaban que el mercado de pescado y marisco de Huanan podía ser la fuente inicial de contagio y decidieron cerrarlo. Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo. Oficiales vestidos con trajes de protección desinfectaban los puestos clausurados mientras se especulaba con qué animal podía ser la fuente originaria del virus, algo que hoy todavía no se ha podido descubrir.

Con este panorama y el Año Nuevo Chino asomando en el calendario -con sus millones de desplazamientos previstos-, el 7 de enero China reconoció que se trataba de un nuevo tipo de coronavirus, y cinco días más tarde entregaba al mundo la secuencia genética del patógeno. Pero la contención había fallado y el 20 de enero se confirmaron los primeros casos fuera de China. Primero, Tailandia y Japón. Después, Estados Unidos.

Los expertos afirman que las dos semanas posteriores al cierre del mercado, en las que todavía no había restricciones a la movilidad, desataron los contagios dentro y fuera del país. Las medidas más drásticas llegaron cuando ya se rozaban los 27.000 infectados y 80 muertos. Pekín puso en cuarentena a más de 40 millones de personas en la provincia de Hubei y alrededores, sorprendiendo a una crítica comunidad internacional que, por el contrario, no le veía las orejas al lobo.

La fábrica del mundo paró y la mayor exportadora de mascarillas vio cómo sus nacionales instalados en el extranjero las compraban y enviaban de vuelta al país. Se confinó a millones de personas en sus casas. Los aeropuertos y las estaciones de tren y autobuses quedaron desiertos. A base de cuarentenas estrictas, cierre de fronteras y una gran capacidad para hacer pruebas, China logró cercar al patógeno.

Las organizaciones de Derechos Humanos criticaron unas medidas que a la postre aplicaron democracias de Occidente. Eso ayudó a Pekín a legitimar su actuación ante sus ciudadanos y a día de hoy, el gigante asiático no duda en ponerlas en marcha ante la mínima sospecha de un nuevo brote, tal y como sucedió en el mayor mercado de abastos de Pekín o en otras ciudades de la frontera con Rusia. Además, presume de que su economía ha repuntado y sigue creciendo en contraste con las de otros países que se mantienen en recesión.

Muchos apuntan a que la situación hubiera sido diferente si la OMS hubiera declarado la pandemia antes del 11 de marzo, pero la realidad es que el patógeno ya se ha cobrado más de 1.300.000 vidas y ha contagiado a más de 55 millones de personas. Por eso, ahora los esfuerzos se centran en sacar la vacuna. En cabeza va EEUU, uno de los países más golpeados junto a India, Brasil, Francia, Rusia y España, aunque China aseguró esta misma semana que un millón de sus nacionales ya habrían probado la inyección de Sinopharm.