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Merkel arranca su último mandato desde una posición de debilidad

La canciller viajará mañana a París para poner en marcha cuanto antes las reformas de la UE.

  • Angela Merkel recibe flores del líder de los demócratas cristianos Volker Kauder
    Angela Merkel recibe flores del líder de los demócratas cristianos Volker Kauder / Ap
Berlín.

Tiempo de lectura 4 min.

15 de marzo de 2018. 02:52h

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Rubén G. del Barrio.  Berlín. 14/3/2018

Y ayer por fin, 171 días después de las elecciones federales, Angela Merkel fue investida canciller de Alemania. La investidura, que contó con toda la pompa que marca el protocolo, no ocultó sin embargo el engorroso hecho de que con su juramento la canciller ponía fin al periodo más largo de interinidad política que ha conocido el país. «La Gran Coalición nació por necesidad, no por voluntad» rubricaba el periódico «Tageszeitung» poco después de que recogiera su acta de canciller, por cuarta vez consecutiva, y cual aforismo de lo inestable que será la reeditada alianza entre conservadores y socialdemócratas. Y, como prueba, que 35 diputados de esa Gran Coalición votaran en contra de su candidatura; lo cual, para muchos, es un síntoma de la falta de euforia con la que parte la nueva legislatura.

No obstante, «Merkel consiguió asegurar su lugar en la historia» alemana, escribía por su parte el periódico «Handelsblatt» que, sin tan siquiera haber dejado correr a este cuarto mandato, ya encaramaba a la líder cristianodemócrata al mismo nivel que Konrad Adenauer, canciller durante 14 años, o al lado de su mentor, Helmut Kohl, que alcanzó la cifra de los 16.

Tras casi medio año de bloqueo político y tras complejas rondas negociadoras, ayer no hubo lugar para festejos ni para excesivas muestras de efusividad. Todo lo contrario. Merkel volvió a hacer uso de su increíble capacidad de pragmatismo y, lejos de quedarse en las críticas de sus adversarios o incluso en las voces de aquellos analistas que dan por hecho que la legislatura no llegará a su fin, se puso manos a la obra anunciando, como marca la tradición, que mañana viajará a París para reunirse con el presidente francés, Emmanuel Macron. «Tenemos mucho trabajo por delante», aseguró el lunes. La canciller, conocedora del retraso que acumula la Administración tras meses con un gobierno en funciones, espantó las críticas tratando de devolver al país a la primera línea del frente político. También Francia, que espera el impulso de Berlín para relanzar el proyecto europeo, aguardaba desde hace tiempo este momento.

Habrá muchas trabas. Algunas incluso desde la propia bancada del Bundestag. Adormilados durante las semanas de negociaciones, los populistas de Alternativa para Alemania (AfD) despertaron ayer para dejar claro a la canciller que su presencia en el Bundestag, como primera fuerza de la oposición, no será en balde. Y como adelanto, el frío saludo entre Merkel y la líder de AfD, Alice Weidel, o que incluso un diputado del partido populista infringiera la normativa del Parlamento al subir a las redes sociales una foto de su voto en contra de la investidura de Merkel.

No, la cuarta legislatura de la canciller no será fácil. No obstante, y como hizo en las tres ocasiones previas, optó por concluir en su juramento la fórmula «con la ayuda de Dios». Tras la ceremonia de nombramiento, la canciller juró su cargo antes de que lo hicieran sus quince ministros: seis de su Unión Cristianodemócrata (CDU), tres de su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) y seis del Partido Socialdemócrata (SPD), que encabezarán entre otros Exteriores y Finanzas. Al frente de este último departamento y de la vicecancillería estará Olaf Scholz, el nuevo hombre fuerte del Gobierno y del SPD.

En el único discurso oficial de la jornada, el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, advirtió al nuevo Gobierno de la «creciente polarización» en Europa, el discurso del odio, el auge del «aislacionismo y el nacionalismo», los regímenes autoritarios y el uso de la «política comercial» con fines espurios.

El camino hacia el cuarto mandato de Merkel ha sido largo, después de que la CDU ganara claramente las elecciones de septiembre, con un 33% de los votos, pero con casi dos millones y medio menos. El SPD, con el que gobernó en su primera legislatura y en la tercera, cayó con el 20,5% de las papeletas a su mínimo histórico y AfD irrumpió en el Parlamento como tercera fuerza, con un 12,6%. La fragmentación política complicó el objetivo de Merkel de formar un Gobierno estable y, tras cinco semanas de negociaciones infructuosas con liberales y verdes, se vio obligada a volver a mirar a los socialdemócratas, que finalmente se abrieron al diálogo, aunque entre fuertes tensiones internas.

El proceso acabó con la carrera del que fue cabeza de lista y líder del SPD, Martin Schulz, pero la canciller superó todas las etapas y el pasado lunes firmó formalmente el acuerdo de Gran Coalición, avalado en una consulta interna por el casi medio millón de militantes socialdemócratas. Su título resume los objetivos que se han marcado conservadores y socialdemócratas para los próximos cuatro años: «Un nuevo impulso para Europa. Una nueva dinámica para Alemania. Una nueva cohesión para nuestro país». Schäuble, quien en tiempos Helmut Kohl llegó a sonar como futuro canciller, sostuvo ayer en el hemiciclo el acta del juramento de Merkel, a quien deseó «fuerza y éxito» para afrontar los grandes retos de la legislatura.

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