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La ONU reparte ya alimentos a los desplazados venezolanos

El Programa Mundial de Alimentos se pone en marcha en la ciudad fronteriza de Cúcuta, en Colombia, donde 35.000 inmigrantes de Venezuela cruzan a diario en busca de oportunidades

  • Un grupo de venezolanos espera para ingresar a un avión en el aeropuerto de Boa Vista (Brasil) / Efe
    Un grupo de venezolanos espera para ingresar a un avión en el aeropuerto de Boa Vista (Brasil) / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

05 de mayo de 2018. 04:45h

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Ángel Sastre 5/5/2018

Bajo el sol intenso de la ciudad colombiana de Cúcuta, Josef de 30 años, hace fila para reclamar los bonos alimentarios que entrega el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU en las zonas de frontera. Mira al otro lado, su país, Venezuela a tan solo metros. De la mano sus dos hijas. Nunca pensó que llegaría ser un refugiado, como los que veía en la tele, en las guerras. Un éxodo masivo que no para de crecer, refugiados que según su nivel adquisitivo llegan a uno u otros país. Algunos quedan varados en la frontera. Historias de venezolanos que huyen de una dictadura, de la pobreza.

Uno de los países más afectados es Colombia, donde dentro de unas semanas se celebran elecciones. Este país tiene una larga lista de desafíos pero uno de los debates que está marcando la agenda es la crisis de refugiados, una crisis sin precedentes. Los venezolanos están llegando a Colombia para huir del desastre humanitario que hay en su país natal. En Cúcuta este proyecto de la ONU surge como la primera gran respuesta de la comunidad internacional al delicado estado alimentario del 90% de los cerca de 35.000 venezolanos que cruzan a diario las fronteras con Colombia en busca de oportunidades.

Muchos de ellos llegan a Colombia con el fin de asentarse de forma definitiva, otros para seguir el camino y dirigirse a otros países de la región. Un número significativo acude desesperado en busca de alimentos y medicinas para después regresar a su país. De ahí que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU busque llevar apoyo a 350.000 venezolanos de los cerca de 660.000 que, según las estadísticas oficiales, se encuentran actualmente en territorio colombiano.

Los repartos se hacen en un centro religioso del barrio Aeropuerto, en donde hacen fila decenas de personas con sombrillas o cualquier objeto que los proteja del sol mientras esperan con gran ilusión recibir cualquier tipo de ayuda. Entre los beneficiarios del programa está Cindia Cortez, una joven de 20 años que con ocho meses de embarazo y bañada en sudor espera ingresar para poder registrarse y optar a estos bonos para poder alimentar al bebé que espera y a su otro hijo de siete años.

Como muchos de sus compatriotas, Cortez, que vive junto a su padre, su esposo, su hijo y su bebé en gestación, atraviesa el drama económico que se apoderó de la ciudad debido a la escasez de empleo que ha aumentado a raíz de la llegada masiva de venezolanos. «Vivimos en un cuartico sin piso. En una camita de niño dormimos mi esposo, mi hijo y yo; y mi papá duerme en una hamaca», afirma.

Debido a la precaria situación económica, la joven madre que dejó su hogar en un municipio en el estado venezolano de Zulia hace siete meses, no oculta su preocupación por no poder brindar una buena alimentación al bebé que está en camino. «Es preocupante porque el día que hay buen trabajo comemos las tres veces, pero cuando le va mal a mi marido no nos alcanza para todas las comidas», afirma.

En el interior del lugar están los puestos de registro donde se otorgan bonos alimentarios por un valor de aproximadamente 38 dólares para un mes, por cada integrante del núcleo familiar. Los bonos podrán ser canjeados en supermercados por diferentes productos de una canasta predefinida y se entregarán durante tres meses mientras se ejecuta una campaña de información nutricional.

La ONU pidió a la comunidad internacional 46 millones de dólares para brindar esta asistencia alimentaria de emergencia a los migrantes venezolanos como Cindia, y dar apoyo a las comunidades que los han acogido. «Allá en Venezuela, a mis hijos, si les daba desayuno no les daba almuerzo, y si les daba almuerzo no les daba cena», cuenta. Como madre preocupada por sus hijos, Wendy deja caer algunas lágrimas mientras afirma que «lo peor de todo esto es que tus hijos te pidan comida y tú no tener nada que darles». Le consume la nostalgia al recordar su país y a muchos de sus seres queridos, a quienes no dio aviso al momento de abandonar Venezuela y por quienes reza para que puedan recibir algún tipo de ayuda pronto: «Uno estando aquí piensa en los familiares que dejó allá y es difícil porque uno sabe que están pasando hambre y no los podemos ayudar, allá no va nadie a ayudar», concluye.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, recientemente aumentó los controles a los refugiados y ordenó que más de 3.000 agentes de la fuerza pública resguardaran la frontera. En Brasil y Perú, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) está abriendo nuevas oficinas y abasteciendo los improvisados campos de refugiados que la gente arma como puede. Los dos gobiernos han mandado ayuda pero también, militares, para mantener el orden y ayudar con la distribución de víveres.

Entre 2015 y 2017 el número de inmigrantes venezolanos en Latinoamérica pasó de 89.000 a 900.000 personas, lo que representa un incremento de más del 900%, según informa la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). En todo el mundo la inmigración venezolana creció en ese mismo periodo casi un 110 %, al pasar de 700.000 personas a 1,5 millones. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, respondió así ante el éxodo de compatriotas: «La gente que se marcha que no regrese, nos sobran, son cobardes».

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