Los otros viudos de la Duquesa

  • La hermandad de los Gitanos, la gran beneficiada de la generosidad de la Duquesa
    La hermandad de los Gitanos, la gran beneficiada de la generosidad de la Duquesa

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14 de noviembre de 2015. 03:19h

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14/11/2015

A Cayetana, como la llamaban los vecinos de su barrio, se la recuerda como «un milagro». Así de cierto. Cerca del primer aniversario de su muerte, la Duquesa de Alba conserva el aura entre el logos y el mythos que tuvo que aprender a conllevar. La palabra era compromiso, la estupefacción la asistía su presencia, una que «llenaba» los espíritus, relatan quienes la conocieron. Serán los mismos que el 20 de noviembre, al año de su muerte, lleven ramos de flores desde la calle Santa Ángela de la Cruz o desde Espíritu Santo a la puerta del Palacio de Dueñas, donde ahora desembocarán a un acceso palaciego completamente remozado, límpido, blanco y como demócrata. Para muchos sevillanos, que en breve podrán visitar el interior de Dueñas, la muerte de la duquesa ha dejado un «vacío insustituible». Un año después, para las instituciones y asociaciones con las que contribuyó, la pérdida de Cayetana supone la orfandad.

Numerosas son las personas, las familias y las entidades que sienten eterna gratitud por ella, en quien recayó el decimoctavo ducado de Alba. Una de ellas es Águeda Alonso, presidenta de la Asociación Sevillana de Esclerosis Múltiple. «Para mí ha sido un gran honor y una gran suerte no sólo haber contado con su contribución, sino haberla conocido», dice Alonso antes de referirse a su carisma: «Fue única. Era su figura, su imagen pública... Todos la querían. Era muy cercana y arrastraba a los medios de comunicación con ella».

Fines sociales

La implicación de Cayetana con los enfermos de esclerosis múltiple fue similar a la que dedicó a diferentes iniciativas sociales. Ayudaba económicamente, pero, sobre todo, daba visibilidad. «Fue siempre muy generosa con todas las causas. Durante muchos años fue su preocupación constante», afirma Alonso, que da detalles de las ayudas que sirvió la duquesa en la construcción del primer centro de la asociación en Sevilla. Fue hace cerca de veinte años. Escenificaba la colocación de la primera piedra, una loza de terrazo, y terminó bromeando con los fotógrafos, que querían que posara repetidamente. «A ver si voy a hacer el edificio yo sola», recuerda Alonso.

Para ella, la muerte de Cayetana supone una pérdida irreparable: «Es uno de estos dolores que no se pasan. El vacío que ha dejado es tremendo. Ella fue un milagro». También para Regla Piña, de la asociación Nuevo Futuro, que no tiene más que palabras de realce para su memoria. «Ha dejado un vacío insustituible. No encontraremos a nadie como Cayetana», señala al tiempo que explica que su puesto en la entidad, como presidenta de honor, «no será ocupado por nadie». «Su ayuda no sólo fue económica, sino que era toda ella, su presencia. Tal era su carisma que nos ayudaba en nuestra labor, lo hacía estimulante. Una estaba llena con su presencia», indica Piña, cuya asociación se hace cargo de hogares para niños con problemas familiares. La personalidad de Cayetana de Alba, fruto también de sus vivencias, hacía andar al mito. En sus recuerdos no debieron dejar de trotar los bombardeos del Londres asediado por la Luftwaffe alemana, donde ejercía de embajador de España su padre. La imagen de la desesperación de los hijos de la guerra, la del horror, nunca debió abandonarla. «Estuvo siempre volcada con los cuatro hogares. Cada año se organizaba de alguna forma para poder venir al rastrillo», rememora con la misma gratitud que profesa Julio Cuesta, presidente de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), en Sevilla: «Y, si no podía estar en la ciudad, enviaba una carta pidiendo disculpas y dejaba un cheque. Fue muy generosa, siempre estuvo donde se la necesitó». Además de actividades culturales, la duquesa contribuyó al mantenimiento de varios colegios y conventos.

«Tuvo una adhesión permanente a la causa, por pura humanidad. Era consciente de todo, de su liderazgo, de que era seguida. Fue ejemplar», refiere Cuesta, para quien la Duquesa, su labor desprendida, la existencia de modelos sociales, al cabo, debería ser motivo de mayor ponderación en la sociedad. «En la cuestación de este año la hemos echado de menos. Nunca dejó de venir ni de contribuir», indica Costa.

Cinco veces duquesa, dieciocho marquesa, veinte condesa, condesa-duquesa y condestablesa, ade-más de catorce veces Grande de España, hay expertos en heráldica que defienden que Cayetana poseía más títulos que ningún otro noble en el mundo. Todas esas grandezas andan repartidas entre sus seis hijos, de quienes estas asociaciones esperan algo de atención. De modo discreto, hay miembros de la familia que continúan la labor de mecenazgo social. Otras esperan a que pase el duelo.

Eterna gratitud

Con todo, la gran beneficiada por la acción filantrópica de la Duquesa fue la hermandad de los Gitanos, en cuyo templo se ve un recordatorio de que fue edificado gracias a su generosidad. Ninguna fuente oficial de la cofradía admite lo que algún hermano anónimo, que el coste de la obra se alzó hasta «los novecientos millones de pesetas, más de cinco millones de euros».

La actual junta de gobierno expresa, con cierto hiriente laconismo, su «eterna gratitud» hacia Cayetana, pero desde las entrañas de su cuerpo de nazarenos surge un inventario extenso, fruto de su desprendimiento: «En los años cuarenta, los Gitanos salía en procesión con flores prestadas y hoy, gracias a la Casa de Alba, es de las hermandades más ricas. Ella pagó el manto nuevo de la Virgen de las Angustias y la renovación del palio, que ahora es entero de plata. El altar de San Román se trajo de Dueñas y está por verse si sus herederos se hacen cargo de la construcción de la nueva casa-hermandad».

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