Antonio López vuelve al Thyssen como figurita de su belén

Al visitante le retan al divertimento de saber dónde está

Detalle de la figura del pintor Antonio López en el tradicional belén del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, este miércoles en Madrid
Detalle de la figura del pintor Antonio López en el tradicional belén del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, este miércoles en MadridClaudia Estrella GonzálezEFE

El Museo Thyssen se une a las fiestas de Navidad con su belén napolitano, que pertenece a la colección de Isidro Brunete, con todas sus figuras pertinentes, salvo una. Toca dar pistas: es un pintor hiperrealista, que se ha empecinado en cuadros con detalles apenas perceptibles que el ojo no ve o no repara por pereza. No entiende ni de prisas, aunque sean encargos. Quizá, que no le conozco, es una de las personas con más paciencia que se conoce para atrapar la perfección, que es muy caprichosa, pero él espera a que se manifieste y reflejarla en sus cuadros. Quien quiera algo de él se le recomienda ni mirar al reloj o al calendario porque nunca va a renunciar a sus principios: ser minucioso y lento –palabras y atributos que hoy son sinónimos de ser vago– en estos tiempos de la vida pasa por «clic», abundan los vaqueros de gatillo fácil aunque no sepan ni a quién disparar ni por qué y los titulares explosivos ganan la partida.

Más pistas: pintó «La Gran Vía» como una fotografía por su precisión o «Vistas sobre Vallecas». Por decir dos de una obra inmensa por calidad y cantidad y quien más y quien menos tiene una reproducción de «Lavabo y espejo» en su cuarto de baño para darse de bruces con la realidad entre la sencillez y la ostentación.

El artífice de todo esto tiene en el belén del Thyssen, su estampa. Y puede que no sea tan difícil como adivinar «¿Dónde está Wally?» o sí, porque Antonio López, manchego de nacimiento se apropia de lo que escribió Antonio Machado: «Su torpe aliño indumentario». En ocasiones oficiales, se pone una corbata que parece que le está cortando el pescuezo, pero para andar con sus asuntos no se le busque más que con una chaqueta y un jersey, que suele ser rojo.

Si por acaso, no adivinan quién es en este belén, una recomendación: vean «El sol del membrillo» (1992), de Víctor Erice. En ella comprobarán que la vida hay que llevarla con calma y un poquito de reflexión para no derrapar ni obsequiarse con respuestas rápidas. Consejo, que no me lo ha dado, de Antonio López, de profesión observador.