1561: la «mudanza de Corte» (y II)

En diez años se multiplicó la población. Esta es la esencia de Madrid: ciudad de acogida de inmigrantes de todas partes

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Imagen del documento inédito FOTO: La Razón La Razón

La cédula real por la que Felipe II avisaba a Madrid de que se dirigía a la Villa con su Corte se había firmado en Toledo en 8 de mayo de 1561. Aún se conservan esa cédula y otras ocho más que la acompañaban. En ese grupo de cédulas se contienen las instrucciones del traslado a los aposentadores reales y al ayuntamiento de Madrid. El 15 de mayo salió desde Toledo otro paquete de órdenes reales.

En cualquier caso, ni en aquel mayo de 1561, ni más adelante, Felipe II designó a Madrid como capital de España, porque ese concepto no existía. Por las mismas, el rey podía moverse, con o sin sus cortesanos, con o sin sus consejeros, secretarios y demás, pero si se trasladaba con su aparato administrativo y, sobre todo, con el sello real, ya no era una «jornada», un viaje o desplazamiento normal, sino algo más serio. Y esto es lo que pasó en la primavera de 1561. El establecimiento en Madrid acaso se hizo temporalmente. Desde luego se quería abandonar Toledo, ciudad antipática contra los cortesanos. Pero eso no quiere decir que se quisiera establecer con la Corte definitivamente en Madrid. Sin embargo, la gobernación del Imperio español obligó a cambios administrativos. Entre otros, que el rey reinara desde su despacho; que se archivaran en un sitio los documentos (Archivo de Simancas) y así muchas novedades más. En 1561 se acabó la historia de las Cortes itinerantes y empezó la historia de la Corte estable.

Ellos los percibieron así; ellos percibieron la novedad: aquella «mudanza de Corte» arrastró inmediatamente a un gran número de individuos del sector secundario, y no solo a los cortesanos. Y Madrid empezó a crecer. Y, al mismo tiempo, en una apasionante concatenación de hechos, se eligió dónde levantar ese glorioso monasterio para el rey: en El Escorial (1563).

De no haber habido tanta presión demográfica, acaso la Corte hubiera seguido siendo itinerante, o habría habido dos sedes: una de gestión y otra de representación (Madrid y El Escorial, por ejemplo). Pero la inmigración a Madrid hizo que la idea de tener en una ciudad a la Administración y cerca al rey en un complejo palacial nuevo, se desvaneció. En Madrid se quedaron la Administración y el rey, que iba y venía por el paraíso de biodiversidad y cinegético que era y sigue siendo, Madrid.

En efecto, «sobre», o «contra aquel» Madrid se operó un monstruoso cambio que se originó por vez primera en las estructuras demográficas de una ciudad que albergaba a la Corte. Nunca antes se había pasado de unos 300 bautismos en 1561 (es decir, 7.500 habitantes) a unos 1.000 en 1563 (es decir, unos 25.000 habitantes); a unos 1.315 en 1571 (casi 33.000 habitantes): es decir, que en diez años se multiplicó la población de Madrid por 4,5 veces, con un ritmo de entrada y establecimiento en Madrid de unas 2.550 personas al año. Esta es, desde 1561, la esencia de Madrid, madre: ciudad de acogida de inmigrantes de todas partes.

Nadie tuvo seguridad en 1561, ni aún 20 o 30 años más tarde que la se mantendría para siempre en Madrid. Tan es así, que cuando la corrupción, el gran «pelotazo» de Lerma de 1601 se puso en marcha, se consideró una medida disparatada. Pero el rey podía irse con la Corte y el sello real, a donde le fuera en gana.

Por lo demás, desde ese día de mayo hasta finales de junio de 1561 se emitieron cerca de treinta cédulas relativas al traslado de la Corte.

Los toledanos verían impresionados cómo se iban de la ciudad imperial el rey, la reina, el príncipe don Carlos, la infanta doña Juana, hermana del rey, el infante don Juan de Austria, el príncipe de Parma, su sobrino; el Nuncio y los embajadores de Francia, Portugal, Inglaterra, Venecia, Génova, Florencia, Mantua, Ferrara, Urbino, Luca, Saboya; los Consejos de Estado, Real, Indias, Inquisición, Aragón, Italia, Ordenes; los contadores, secretarios, oficiales, alcaldes de casa y corte, guardias reales, las Cortes que estaban celebrándose en Toledo, los capítulos de las Ordenes Militares, etc.

Y durante semanas, por la Cuesta de Alvega (hoy «de La Vega») entraban en Madrid chirriones, carros, literas, caballos, mulas y damas y caballeros y pajes y artesanos y comerciantes y matarifes.

La Casa Real, al estilo borgoñón, tenía en 1545 ciento cuarenta cargos pendientes de la real persona, esto es, unos mil doscientos individuos. Además, todos los oficios, no ya de la Casa Real, sino de la administración, hacía que un traslado implicara el movimiento de varios miles de personas. Además, circunstancialmente, estaban reunidos en Toledo por aquellos días los prelados de las iglesias, tratando cosas del Concilio, a los cuales se les mandó a Alcalá, así como a los capítulos de Santiago, Calatrava y Alcántara, amén de otros comisionados reales en cuestiones específicas.

Por eso no es de extrañar la emisión de otra cédula de 15 de mayo de 1561 por la que se ordenaba que por los pueblos de Toledo a Madrid, se diera aposento y carros a los cortesanos que lo solicitaran.

En fin, el 11 de junio de 1561 se cambió al Corregidor. Don Jorge de Beteta fue substituido por don Francisco de Argote. Si el uno se había tragado los preparativos de la mudanza, el otro vendría con instrucciones de cómo encarrilar la vida de la Villa.

La primera vez que en las Actas Municipales se usó el término de «Villa y Corte de Su Majestad» fue en el primer ayuntamiento de ese Argote, cuando mandó comprar más harina «para la provisión y abastecimiento de esta Villa y Corte de Su Majestad» (13-VI-1561).

Felipe II siguió firmando cédulas de aposento a particulares, pero ya a partir del 23 de junio de 1561, desde Madrid.

A Madrid se le acabó la tranquilidad. Madrid se fue haciendo como generosa ciudad de aluvión, a la que acudían las gentes de todas partes para ganarse el sustento. Madrid no era una loba romana dando teta a quienes se le arrimaran. Madrid dejó de ser, desde entonces, una ciudad más al uso de las de Castilla para convertirse en la sede de la Corte del rey católico, del rey más poderoso del planeta.

Todo empezó con una mudanza de Corte, porque en Toledo no podían convivir las tres ciudades: la toledana laica, la episcopal y la cortesana. Corría una copla por la ciudad imperial, “Estamos tan hartos ya/ de lidiar con esta Corte/, que no sabemos cuando se irá/, sin que la vida se acorte…”

Por esos motivos, y así, fue como la Corte salió de Toledo y se instaló en Madrid. La presión demográfica hizo que se esfumara cualquier sueño renacentista de construir una ciudad ideal, o una red palatina ideal, con ciudad administrativa, cazaderos reales, gran palacio (San Lorenzo) e incluso Universidad (Alcalá).

El rey se fue de Toledo porque allí el ambiente era hostil a los cortesanos y porque había que fijar una Corte estable desde la que administrar el Imperio.

Un documento inédito

► «En este ayuntamiento [12 de mayo de 1561, domingo] se presentó una cédula de Su Majestad de aposento en esta villa, la cual fue obedecida con el acatamiento debido, y cuanto al cumplimiento de ella dijeron que están prestos de la cumplir, el tenor de la cual es este que se sigue:
El rey [y dejaron el copiarla para luego…, hasta hoy]:
Es la primera vez que se publica este documento en prensa periódica. Ayuntamiento de Madrid