Gatas

Ana María Pérez del Campo: «La democracia en España se tambalea y las que lo vamos a pagar somos las mujeres»

Con 86 años, la histórica activista madrileña que hizo posible el divorcio en el país sigue luchando por la igualdad de género

Ana María Pérez del Campo es la presidenta de la Federeación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas.
Ana María Pérez del Campo es la presidenta de la Federeación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas.Gonzalo Pérez MataLa Razón

Con su historia, aquello de que lo personal es político cobra más sentido: «Cuando quise salir del pozo en el que estábamos metidas las mujeres, comprendí que no era justo si no peleaba por que saliéramos de él todas juntas», arranca Ana María Pérez del Campo, que hizo así de su propia experiencia una razón de lucha colectiva, tal y como venían coreando en las calles sus contemporáneas al otro lado del océano. Casi sin hacer pausas en su discurso, la madrileña señala una fotografía en blanco y negro en la que una versión de sí misma mucho más joven la observa con una sonrisa y le recuerda la razón de seguir sentada en su despacho a los 86 años: «No hago esto por dinero, lo hago por mi sólida ideología y, por eso, no tengo pensado parar, porque de aquello en lo que crees firmemente no te vas nunca», dice contundente sin dejar de mirar a los ojos a esa muchacha que un día se atrevió a saltarse todos los protocolos.

«Cuando yo decidí dejar a mi marido, la posibilidad de romper una relación no entraba en la mentalidad de casi nadie, tampoco entre mi familia, que me insistía en que me limitara a hacer lo que quisiera, por libre, como si las leyes de aquel entonces no me lo impidieran, como si no necesitara un permiso marital para trabajar y hasta para abrirme una cuenta bancaria», recuerda hoy sobre su osadía de hace más de seis décadas, a lo que añade: «Encima estaba embarazada, por tercera vez, pero es que si no hubiera tomado la determinación en ese momento, al año siguiente volvería a estarlo, y al otro, y al otro…porque para eso servíamos las mujeres en los 60, para ser madres y seguir a un hombre allí donde él quisiera». Desde su actual puesto como presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas de España, Ana María cierra el relato de su vivencia lanzando al aire una pregunta: «¿Qué diferencia hay entre eso y una esclava?».

Seguramente, la respuesta a este interrogante fue lo que la empujó necesariamente al activismo, como no podía ser de otra manera, de la mano de una compañera: «Conocí a la historiadora Mabel Pérez Serrano y con ella cree la primera asociación de mujeres separadas del país, pero, antes, tuvimos que ir en busca de ellas, y las encontramos en los cursillos de cristiandad», cuenta acerca de los primeros pasos de esa organización que echó a andar en 1973 tras mucho papeleo entre el que se colaron horas de interrogatorios de la Dirección General de Seguridad.

Inicialmente, la asociación nació de su unión con el grupo de mujeres católicas, pero, pronto, sus acciones coordinadas con mujeres del movimiento clandestino llevarían a Ana María y Mabel por un camino distinto, tal y como explica la histórica feminista: «Nosotras no podíamos decir abiertamente que nuestra intención era hacer la revolución, así que optamos por pequeños gestos a los que cualquier ama de casa podía unirse, como el boicot a la cesta de la compra, para el que solo había que dejar de comprar durante tres días en protesta por el alto coste de la vida, claro que tuvimos tanto éxito y la repercusión fue tanta, que la Policía intervino, y eso puso fin a nuestro relación con la otra facción». Durante esta época, a Ana María Pérez del Campo su convicción le costó varios registros domiciliarios y hasta alguna visita a los calabozos.

La persecución al feminismo no cesó de la noche a la mañana, pero, con los últimos coletazos de la dictadura y los primeros atisbos de democracia, el escenario para la lucha de las mujeres mejoró notablemente y Ana María y las suyas pudieron por fin apuntar alto: «Consideramos que nuestro primer objetivo sería conseguir aprobar una ley de divorcio y garantizar con ella una pensión para las mujeres separadas sin trabajo, que eran la gran mayoría», destaca quien se ocupó de recorrer el país hablando en ayuntamientos y universidades y de reunirse semanalmente con el ministro Francisco Fernández Ordóñez hasta lograr la ansiada aprobación en 1981. A los dos les llovieron las críticas y ella incluso llegó a recibir amenazas de bomba por teléfono, pero le dio igual, y continuó adelante segura de que «el divorcio no destruye la familia, el divorcio certifica que la familia está destruida».

El siguiente peldaño fue el de fundar en 1991 el primer centro integral de atención a las víctimas de violencia de género de España en Madrid, donde, «a diferencia de las casas de acogida, se ayuda a las mujeres a recuperar la identidad y la autoridad arrebatadas». Y ahora, lejos de rendirse y con la alegría pendiente de ver a una mujer presidiendo el Gobierno, Ana María Pérez del Campo dice que no parará mientras tenga fuerzas, «que la democracia se está tambaleando y, cuando eso ocurre, las que pagan somos siempre las mujeres».

Un «pisito» en Ríos Rosas
Nacida en el seno de una familia conservadora en el barrio de Salamanca, hoy Ana María Pérez del Campo se siente como en casa en la sede de la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas que dirige: «En los 70, pedí una subvención para comprar este modesto pisito en Ríos Rosas y eso me motivó a estudiar Derecho Matrimonial, para poder atender a las personas que acudían aquí en busca de información».