Nieve negra: a la espera de una revolución blanca

El Ártico se calienta tres veces más rápido en parte por el carbón negro, una pátina de hollín que recubre la nieve y dificulta que absorba la radiación solar

Para investigar el calentamiento global el doctor Yoshinori Iizuka se calza todos los días sus tres capas de camisetas térmicas, botas profesionales de montaña, una parka bien forrada, guantes térmicos y todo lo que se dispensa en las tiendas de ropas de invierno. Pasa frío para conocer mejor el calentamiento de la Tierra. Puede parecer paradójico que Iizuka haya encontrado el corazón del aumento de las temperaturas en su laboratorio del Instituto de Bajas Temperaturas de Sapporo, donde se reproducen ambientes de hasta 20 grados bajo cero y aunque en la calle brille la primavera. Este centro contiene 10.000 fragmentos de hielo (testigos) extraídos de los polos para trazar la historia del clima en la Tierra. Algunos de ellos se conservan en cámaras aún más frías, de hasta 50 grados bajo cero, a las que no se puede acceder con normalidad.

En la semana del clima, al hilo de la cumbre donde se debaten los efectos perniciosos del calor futuro, el frío se ha puesto de moda. Mientras el doctor Iizuka se vuelve a calzar los guantes, en el stand de la Criosfera, dentro de las instalaciones de la COP25 en Madrid, se entregan algunas de las informaciones más novedosas de esta Cumbre del Clima: los últimos datos sobre el efecto de la pérdida del permafrost sobre el clima global.

La clave de nuestro futuro

Hielo, nieve, permafrost, glaciares, polos… La capa blanca que recubre aún el planeta va a ser una de las grandes protagonistas de la Cumbre de Madrid. O debería de serlo. Es la criosfera, el término que registra a las regiones del globo cubiertas por nieve o hielo, a las tierras heladas debajo de la superficie, al agua helada de las montañas y los glaciares. Tienen, dicen, una de las claves del futuro de nuestro planeta.

La investigación científica sobre el Ártico y la Antártida no ha recibido tanta atención en la historia como ahora. Parte de la culpa la tiene el Informe Especial del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) dedicado al océano y a la criosfera. En él se advertía por primera vez que el deshielo estival de Groenlandia y la Antártida se está acelerando y los glaciares a mayor altitud están en riesgo de perder más del 80 por 100 de su masa helada en las próximas décadas.

La preocupación por las regiones frías no es nueva. A comienzos de este siglo un buen número de investigadores comenzaron a prestar atención al efecto del llamado carbono negro y del ozono troposférico en el Ártico y el Himalaya. El carbono negro es el resultado de la combustión completa del diésel, la biomasa y los biocombustibles. Se trata de una pátina de hollín que recorre el planeta a través de autopistas de viento y se deposita en los lugares más remotos, incluso en las blancas extensiones de hielo no pisadas por el ser humano. Su principal efecto es que oscurece la nieve y reduce el albedo terrestre. Una de las funciones que indirectamente cumplen nuestros casquetes polares y grandes extensiones nevadas es que repelen la radiación solar, como una casa que pintamos de blanco para que el interior esté más fresco. Cuanto menos blanca es la nieve, más radiación absorbe y, por lo tanto, más calentamiento en la superficie.

Además de oscurecer la nieve y el hielo, y contribuir al calentamiento y al deshielo, el hollín también interactúa con las nubes, influyendo en su formación y reflectividad y por tanto en los regímenes de precipitaciones. Una reciente investigación, publicada en la revista «Science Advance», revela que la quema de combustibles fósiles es responsable de gran parte de los depósitos de hollín en invierno. En verano, la mayoría del hollín procede de la quema, natural o provocada, de biomasa natural y quemas agrícolas.

Velocidad de deshielo

La región del Ártico se está calentando entre dos y tres veces más rápido que el resto del planeta y quizá en parte se deba al carbono negro. Los cambios que ocurran allí, desde la pérdida de hielo marino al deshielo de la capa de hielo de Groenlandia y glaciares montañosos, pueden afectar a todo el planeta.

En el laboratorio de Sapporo se estudian restos de hielo extraídos de todo el globo para compararlos con hielos históricos. Se pretende contribuir a dar respuesta a una de las preguntas que más inquietan en los pasillos de la COP25: ¿A qué velocidad estamos perdiendo hielo de la criosfera?

Una de las grandes preocupaciones es el permafrost, la capa de suelo que está congelado, aunque no tenga hielo o nieve encima, en las regiones más nórdicas del planeta, en zonas preglaciares. Extraer muestras de esas zonas no es fácil porque suelen estar muy sucias, explotadas o removidas. Mientras un cilindro de hielo del Ártico es casi un libro de historia (en sus sucesivas capas se recogen restos que permiten estudiar el clima en diferentes periodos geológicos), con el permafrost las cosas son más complicadas. Pero su estudio es clave porque su deterioro puede arrojar grandes cantidades de metano y Co2 a la atmósfera, carbono acumulado durante milenios que podría complicar aún más las cosas si se libera a la atmósfera.

Si el gris y negro de las nubes de humo tras la quema de combustibles fue la imagen icónica, aunque no siempre científicamente correcta, de los primeros pasos de la lucha contra el cambio climático, la imagen que puede salir de esta COP25 podría ser blanca y azul. El estudio de la relación entre el hielo y los océanos debe recibir el mayor de sus impulsos si queremos comprender definitivamente cómo funciona esta endiabladamente compleja maquinaria que llamamos clima.