Patógenos y cambio climático

El coronavirus no es una enfermedad relacionada con el cambio climático, pero sí con la globalización.

Tracking methane sources and movement around the globe, NASA program
Los extremos climáticos, la calidad del aire o el aumento del nivel del mar convierten el cambio climático en una de las mayores amenazas para la salud humanaNASA/SCIENTIFIC VISUALIZATION STEFE

El coronavirus es una enfermedad, esperamos, temporal, pero el cambio climático ha estado aquí por años y se mantendrá por décadas. La ONU lo recordaba hace unos días en uno de sus comunicados. Con él reacciona no solo a la crisis de salud, sino también al informe sobre el Estado del Clima Mundial presentado este pasado mes de marzo por la Organización Meteorológica Mundial y que no deja lugar a dudas: «En 2019, la intensa ola de calor que vivió Japón provocó más de 100 víctimas mortales y 18.000 ingresos hospitalarios. En Francia, se registraron más de 20.000 visitas a urgencias para tratar dolencias relacionadas con el calor entre junio y mediados de septiembre...»

Los extremos climáticos, la calidad del aire, el aumento del nivel del mar o las influencias en los sistemas de producción de alimentos… convierten el cambio climático en una de las mayores amenazas para la salud humana en el siglo XXI. «El clima también afecta a las enfermedades infecciosas. Está habiendo cambios en la distribución de vectores y patógenos y es probable que se produzcan más en el futuro si no logramos adaptarnos. Muchos factores, como la movilidad de personas y animales aumentan la propagación y la gravedad de las enfermedades humanas, tanto de las ya existentes como de aquellas emergentes, particularmente las que son transmitidas por vectores», se lee en un estudio publicado por la Academia de Ciencias de Nueva York de 2018.

Hay que recordar que el coronavirus no está relacionado con el cambio climático, pero sí con la globalización, y representa una oportunidad para tomar nota para futuras epidemias. «Los problemas más importantes para la salud pública, aparte de sorpresas como esta pandemia, están relacionados con el cambio climático y la globalización. Ambas en sinergia provocan que ciertos vectores, como los mosquitos, se asienten en determinadas áreas geográficas. Pero, primero, tienen que ser transportados. Dichos vectores pertenecen a las llamadas especies invasoras. Cada vez más los ecosistemas de aquí se asemejan a los de sus lugares de origen y por eso van ganando terreno. Basta medio grado de aumento de temperatura para que estos transmisores puedan asentarse», explica Milagros Fernández Lezeta, directora general de la Asociación Nacional de Empresas de Sanidad Ambiental.

Si hay un protagonista en las transmisiones de enfermedades relacionado con el cambio climático y la globalización ese es sin duda el mosquito, especialmente aquellos de la familia Aedes. El Aeades albopictus, más conocido como mosquito tigre, contagia enfermedades como el dengue, el zika o la chikunguña. Además, está catalogado como una de las cien especies exóticas invasoras más dañinas del mundo, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Entró en la Península en el año 2004 por Cataluña, a través de un cargamento de neumáticos y ya se ha extendido a más de 120 municipios. A diferencia de lo que ocurre con los coronavirus, los mosquitos son los vectores inevitables para que se de contagio entre personas. Es decir, que «se necesita que alguien se contagie fuera del país y la importe. Para transmitir, el mosquito tiene que tomar sangre de un infectado y que éste tenga una gran concentración vírica. Luego tiene que picar a otra persona y transmitirle también una gran carga vírica. Las enfermedades no están asentadas en España, pero sí el vector», continúa Lezeta.

El tigre transmite, entre otras, dengue. Esta enfermedad es de las que se está propagando más rápidamente, hay 30 veces más ahora que hace 50 años. «Hay alrededor de 390 millones de infecciones al año, y en 2019 se produjo un gran aumento de casos de dengue, sobre todo en América con más de 2.800.000 casos y unas 1.250 muertes», dice la ONU. La enfermedad es, en gran parte de los casos, asintomática y cuando se manifiesta lo hace cursando dolor en las articulaciones o fiebre. Sin embargo, «puede ser letal para el 20% de las personas. Se estima que el 40% del mundo está en riesgo de contraerlo». El tigre no es el único vector capaz de transmitir la enfermedad; el mosquito de la fiebre amarilla, Aedes aegypti, también puede hacerlo, aunque de momento su presencia en España se ha limitado a un foco en Fuerteventura que se erradicó. Ambos pueden trasmitir, además, chikunguya y zika, enfermedades que tampoco son alarmantes en principio; los síntomas son como las de una gripe quizá un poco más fuerte...

Según la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), el 28% de las enfermedades se propagan a través de vectores, sobre todo por mosquitos y garrapatas. Estas están detrás de la transmisión de la leishmania o de la enfermedad de Lyme, también conocida como del cazador. El número de casos de dicha enfermedad en Europa ha aumentado de aproximadamente 3.000 a principios de la década de 1990 a 35.000 en 2010. «Tenemos que estar preparados para que, cuando entre un patógeno, no se extienda. Para eso se controlan los vectores desde hace años con sistemas de alerta temprana por si aparece algún paciente con estas enfermedades no endémicas en Europa», afirma Óscar Soriano, investigador del CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Sin embargo, «hay algunos estudios que indican que ciertos mosquitos se están volviendo resistentes a las bajas temperaturas. En algunos, los huevos y en otros, incluso los mosquitos adultos. Esto supondría que con un sólo caso importado habría un gran riesgo de epidemia incluso durante el invierno», dice por su parte Leopoldo López, investigador del Instituto de Salud Global (ISGlobal, centro impulsado por la Fundación La Caixa).

El estudio neoyorquino ya mencionado recuerda que ciertas enfermedades se están haciendo cada vez más habituales. «El ébola entre 2014 y 2016 fue el brote más grande hasta ahora observado. A esto le siguió la epidemia del Zika en América Latina, el Caribe, partes del sudeste asiático, y África en 2015-2016. Durante el verano de 2017, la transmisión también tuvo lugar en los Estados Unidos. El clima tiene un impacto directo en la dinámica de un subconjunto de enfermedades infecciosas, incluidas las enfermedades transmitidas por vectores, pero también algunas enfermedades transmitidas por el agua como el cólera y otros patógenos transmitidos por el suelo y los alimentos...».

Por ejemplo, el cólera y las diarreas, cuyos principales reservorios son bacterias del agua, «están avanzando en países emergentes, donde se juntan factores como temperaturas altas durante más tiempo, más tierra para agricultura y un mayor riesgo de inundación. Y falta de sistemas sanitarios buenos, porque, si son fuertes, no debería suponer un problema. Tampoco si se mantienen las aguas limpias: otra cosa es en caso de inundaciones», dice López. De hecho, estos días la Universidad de Drexel en Filladelfia afirmaba que: «El último aumento de la tasa de enfermedades gastrointestinales comenzó una semana después de un evento de fuertes lluvias que persistió durante 28 días. El número de casos diarios fue más del doble del promedio en ausencia de precipitación».

Otra enfermedad a la que no hay que perder de vista es la malaria porque, aunque es una enfermedad muy ligada a la pobreza, durante 2009-2010 hubo un brote en Grecia, en asociación con grandes recortes en el gasto público debido a la crisis económica, la migración humana y la ola de calor que golpeó el sureste de Europa.

En general, las condiciones climáticas futuras estudiadas son cada vez más adecuadas para su transmisión, sobre todo en África. Aquí, también, el factor de riesgo más preocupante es que los mosquitos y los parásitos están desarrollando resistencia. En 2016 hubo 216 millones de casos de malaria en todo el mundo, un aumento de cinco millones en comparación con 2015.