Opinión

La huella de Lisístrata

Martín Prieto

No hieras a una mujer ni con el pétalo de una rosa». Proverbio persa. Las precuelas de este hervor femenino no son las coplas de ciego de las exacciones sexuales en el espectáculo, aunque Hollywood sea un gran altavoz, ni las sexistas ucranianas de Femen, ni el abominable asesinato de 146 trabajadoras en un obraje textil neoyorquino en 1908, ni las inolvidables sufragistas del siglo XIX, ni Lisístrata, ni el ventajismo de los homínidos macho en las cavernas que seguro se dio. En lo que no se equivocaron Marx y Engels es en la redonda definición de la mujer como proletariado del hombre. El origen es contemporáneo y obliga a estudiar a la profesora de Filosofía en Berkeley Judith Butler quien expandió la ideología de género y sostuvo que el sexo tiene poco que ver con la naturaleza. El feminismo se autodestruye y recrea como el trotskismo y algunas intelectuales feministas imaginaron que estancada la lucha de clases por el fracaso comunista había que levantar la lucha de sexos que compromete la biología convencional. Aunque la naturaleza es rácana con el fenómeno, algunas especies se reproducen a sí mismas por partenogénesis haploide dividiendo un óvulo que haría de espermatozoide lo que haría prescindible la cooperación masculina. Esto es el sueño de una noche de tormenta que debería haber narrado Orwell. Aristófanes, ya en el 411 aC, representó Lisístrata adelantando problemas de hoy. La heroína convoca desde la Acrópolis la primera huelga sexual que se conozca para acabar con las fútiles y sangrantes guerras entre atenienses y espartanos. Pero lo hizo convenciendo a los varones de lo infantiloide y contando con los más lúcidos. Aristófanes nos muestra que, pese a las injurias recibidas por la femineidad, la alianza entre hombres y mujeres es provechosa para ambos géneros. El cerebro unisex no existe como demostró empíricamente la neurocientífica Louan Brizendine cuyos estudios son imprescindibles aún para el profano. Los cerebros de mujeres y hombres pueden llegar a las mismas cotas, pero por trayectos neuronales distintos. La desigualdad en derechos y deberes es monstruosa, pero, obviamente, no somos iguales y en el contraste salen perdiendo los más machos. Las vindicaciones feministas serán satisfechas en alianza con los hombres. O seguirán corriendo los siglos.