El entusiasmo en Maslow

Luis Alejandre

Bien imagina el lector que escribo esta tribuna en un ambiente de enorme preocupación. Intento comprender, ahondar en raíces y errores del pasado, cuando atisbo un presente y futuro inciertos. ¿Qué nos pasa?.

Constato desbordados entusiasmos deportivos que van desde las victorias en la Liga, la Copa del Rey o la Euroliga, más los ascensos a Primera (Rayo y Huesca) e incluso los ascensos a Segunda como es el caso del Mallorca. Y analizo conductas que llevan a que un ciudadano se deje 2.000 euros en un viaje a Kiev o que espere de pie sin pestañear la llegada en autobús descubierto, de unos temporales y bien remunerados dioses que dejarán de serlo si las cosas no van bien; las mismas voces entusiastas que no dudarán en gritarles: «¡Vete ya!».

Me quedo con el comedido entusiasmo de las gentes de Logroño y su entorno que dieron una lección de ciudadanía con motivo del desfile del Día de las Fuerzas Armadas. ¡Enhorabuena! Valoraban esfuerzos, sacrificios, actitudes y aptitudes. Valoraban que unos Ejércitos se mantuviesen neutrales políticamente –al contrario que otros órganos del Estado que jamás debimos permitir se dividiesen en bandos–, sin pensar que en próximos pasteleos políticos pueden perder inversiones en infraestructuras o en sanidad, desviadas a sus hábiles vecinos del PNV. Lo que no podrán perder es nuestro enorme respeto, su entusiasmo y –puestos los pies en el suelo– su extraordinario vino de Rioja.

Busco respuestas en el enfoque que Maslow dio a su conocida teoría que desarrolla en forma piramidal y en la que sostiene que la vida inspira entusiasmo. No considera a las personas como juguetes del destino, víctimas de trampas psicológicas que pueden arrastrarlas a la desesperación, sino que por su inteligencia y voluntad pueden salir de estas trampas y descubrir que la vida merece ser vivida. Churchill lo diría a su manera: «El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo». En su teoría de la motivación Maslow trata de explicar lo que impulsa las conductas humanas, que jerarquiza en cinco estratos.

En su base incluye las «necesidades fisiológicas» tales como la alimentación o el descanso. Por encima de estas señala las «necesidades de seguridad y protección» que incluyen la propia seguridad física, más la salud, el empleo, las retribuciones, la familia o la propiedad privada. En el siguiente nivel describe las necesidades de afiliación y afecto relacionadas con el desarrollo afectivo del individuo, que engloba los conceptos de amistad, compañerismo afecto o amor.

Cerrando la primera parte de su pirámide trata del reconocimiento, la estima, que entrañan confianza, competencia, maestría, logros, independencia, libertades. La falta de ellas se traduce en necesidades de atención, aprecios, reconocimientos, reputación, estatus, dignidad, fama o gloria. Agrupa estos cuatro niveles –lógicamente resumidos– en lo que denomina «déficit needs» que distingue del quinto y último nivel al que llama de «autorrealización, motivación de crecimiento o necesidad de ser», considerando que las necesidades de déficit pueden ser satisfechas al contrario de estas últimas sometidas a «una fuerza impelente continua».

En base al estudio de la conducta de personajes históricos –Abraham Lincoln, Thomas Jefferson, Mahatma Gandhi, Albert Einstein, Eleanor Roosevelt, William James– deduce Maslow una serie de cualidades comunes: son personas centradas en la realidad capaces de diferenciar lo falso de lo real; que asumen los problemas; celosas de su intimidad que no mezclan con sus actividades políticas; resistentes a las prisas y a las noticias falsas, con sentido del humor, frescos en las apreciaciones, creativos, con tendencia a vivir con intensidad sus experiencias . Resume comparando que solo las necesidades no satisfechas influyen en el comportamiento de las personas; la necesidad satisfecha no genera comportamiento alguno.

Desfilan ante mí personajes que marcan hoy nuestra vida política, que a fin de cuentas es nuestra vida económica y social, la que puede llegar a influir en nuestra propia seguridad y en nuestras libertades.

Hemos hablado de propiedad privada, latente estos días por el indiscutible derecho de unos políticos a acceder a ella, solo rehenes de propias manifestaciones anteriores; hemos hablado de necesidades no satisfechas; de motivaciones; de las necesidades de seguridad y protección; de afiliaciones y protección con «los nuestros», que es diferente a considerar a «los otros» como enemigos; de una fuerza impelente continua que nos conduce a una constante revisión de nuestro ser como sociedad, de nuestra Historia como lección, de nuestra unidad como pueblo.

Parece que estamos condenados al «sálvese quien pueda» en que todos debemos desconfiar de todos; en la que todo vale con tal de conseguir el poder. Y a este objetivo se canalizan todas las energías, apartando problemas acuciantes. ¡No se lo que pensaría hoy Maslow de nuestros entusiasmos!