Opinión

Hispanoamericanismo

Entre 1825 y 1898 tres generaciones españolas vivieron bajo la conciencia mitificada del fracaso americano en la obra impar, que bajo el nombre de «colonización», llevó a cabo España en el continente americano.

1825 marca el fenómeno histórico de la independencia, que la política exterior hispánica tardaría muchos años en reconocer, permitiendo con ello un profundo abismo de incomunicación con las jóvenes repúblicas escindidas de la unidad de la Corona española. La fecha tiene otro significado, en la medida que conecta con la segunda fecha
–1898–, pues en 1823 el presidente de Estados Unidos James Monroe proclamó la doctrina que lleva su nombre, la cual fue el nervio fundamental de la política exterior de Estados Unidos de América del Norte en la definición de su país ante Europa.

En 1815, cuando se produjo la derrota militar de Napoleón Bonaparte, Estados Unidos era la única nación definitivamente constituida en el continente americano. El Congreso de Estados Unidos había votado en 1818 una ley de neutralidad norteamericana a la guerra que los criollos hispanoamericanos mantenían para concluir con el dominio político español. Por eso, en 1823, aunque la independencia se consideraba una defensa ante el colonialismo europeo, sólo existió atención a los intereses propiamente nacionales de los Estados Unidos, pues en la doctrina de 1823 pueden distinguirse dos vertientes: Declaración por la que, en adelante, el continente americano queda al margen de nuevas colonizaciones, denunciando cualquier tentativa en tal sentido peligrosa para la seguridad de los Estados Unidos; aislacionismo de los Estados Unidos respecto a los asuntos europeos, en cuanto se establece la reciprocidad de no intervención en las guerras y problemas de Europa.

Por otra parte, la imaginación de la política española –según ha demostrado el diplomático español Félix Fernández-Shaw (1963)– no estuvo a la altura de la voluntad de Simón Bolívar de reunir el Congreso de Panamá, apuntando al futuro, mientras el mundo histórico todavía desdotado de iniciativa política, se encontraba anclado en el presente y prácticamente sin establecer los principios intelectuales de un sistema propio y peculiar, además de distintas proyecciones peculiares. Durante los primeros cincuenta años del siglo XIX la emigración transoceánica fue muy lenta: las minorías continuaban ejerciendo y utilizando sus influencias para llevar una política de inmigración, que hasta 1853 no comienza, y se intensifica hacia finales del siglo XIX y con posterioridad.

¿Cuáles fueron los impulsos promotores de la doctrina hispanoamericanista española que normalizaron los motores por ambos lados de los impulsos de la relación? La celebración de Congresos y Conmemoraciones históricas, por ejemplo en los últimos veinte años del siglo XIX se celebraron el IV Congreso Internacional de Americanistas, la conmemoración del I Centenario de Andrés Bello, el IV Centenario del Descubrimiento de América (1892) y el gran Congreso Social y Económico Hispano-Americano (1900).

Estos congresos y reuniones científicas fueron una apertura importante, pero con un nivel reducido, aunque, sin duda, proporcionó un sólido camino de unidad y relaciones. En parte, indudablemente, los acontecimientos de 1898 promovieron la aceleración de las corrientes de aproximación de los españoles en el continente de habla española. Don Miguel de Unamuno fue de los primeros en levantar la voz para defender el regionalismo como expresión literaria de los hispanoamericanos y esta línea alcanzó su máximo en el Congreso Social y Económico Hispanoamericano. Nuevas corrientes culturales: regeneracionismo o nacionalismo literario. La tendencia hacia la «regeneración», unida a la necesaria modernización, se centra en el pensamiento de Unamuno: «España está por descubrir y sólo la descubrirán españoles europeizados», promovido por una afán de reforma de la enseñanza que consideraba toda «regeneración» como base esencial de la modernización. Fue este un tema peculiar e insistente de Joaquín Costa y los novelistas como Pío Baroja en el tema de la regeneración, o la espontaneidad juvenil del novelista valenciano Vicente Blasco Ibáñez.