La discusión imperialista inglesa

M. Hérnandez Sánchez-Barba

En 1776, Adam Smith, que tanta influencia ejerció sobre el pensamiento británico, mantuvo que las colonias cuestan más de lo que valen. Hacía una observación que difundió luz sobre lo que pretendía ilustrar: nunca una nación se ha desprendido voluntariamente de un «dominio», pero hacía hincapié en una opinión que hizo pensar mucho en las cancillerías: si los ingleses fuesen «sensatos» para otorgar libertad a sus colonias americanas, «no se verían libres de los gastos anuales para mantener la libertad en ellas, sino que podrían firmar actos de comercio recíproco y dar pie a un comercio libre más ventajoso para la nación y no tanto para los comerciantes, que el monopolio comercial que usa la época». La independencia de las colonias norteamericanas en 1783 pareció confirmar el pensamiento de Adam Smith y produjo en Inglaterra una fuerte reacción anti-colonialista.

Sin embargo, en 1784, William Pitt, en referencia a la India, declaraba que su conquista «repugnaba a los deseos, al honor y a la política de esta nación», pero manifestó un sentimiento muy compartido, que inmediatamente tuvo oportunidad de quedar impreso en la estructura del gobierno. Porque hasta 1768 –obsérvese la cercanía cronológica de los cambios– las colonias se habían enajenado por el Departamento de Comercio y Plantaciones. Pero en el año de referencia, se constituyó una Secretaria Colonial. En 1782 se suprimió tal Secretaria y se repuso el Departamento y en 1794 fue creado en el Gabinete el cargo de Secretario de Estado de Guerra y Colonias. En realidad, Gran Bretaña renunció, al final de las guerras napoleónicas, a la posesión del mayor número de las colonias conquistadas a los holandeses y a los franceses, quedándose solamente con la Colonia del Cabo, Ceilán, Malta, las islas Mauricio y tres o cuatro islas más. En realidad, valores estratégicos más económicos. La conveniencia de contar con colonias, no tanto por el rendimiento financiero sino por el estratégico; contar con colonias que al mismo tiempo fuesen posibilidad de refugio, aguada y alimentos para las navegaciones estratégicas.

La realidad es que, en Gran Bretaña, había surgido el espíritu de Imperio y la Nación rebosaba de energía: la revolución industrial galvanizaba la economía al propiciarle nuevos y vivos ideales, y la población aumentaba con rapidez; la economía no podía absorber ese incremento de población, que tenía ahora que plantearse la posibilidad de emigrar: la conveniencia de contar con colonias se convirtió, de nuevo, en tema de debate permanente y de inquietud política. En la primera mitad del siglo XIX hubo, al menos, tres escuelas de ideas respecto a este tema: los partidarios de J. Bentham y sucesores, que puede considerarse el sector radical por su portavoz político, Richard Cobden, que negaba radicalmente el valor de las colonias, incluso el más moderado Joseph Hume. Un segundo grupo, calificado como imperialistas radicales, cuyos jefes fueron Edward Gibbon Wakefield y Lord Durham, contando pronto con el firme apoyo de John Stuart Mill y un estímulo de Lord John Russell, opinaban que era preferible colonizar territorios poco poblados; sus teorías fueron aplicadas en Nueva Zelanda y Canadá. El tercer grupo radicó en la influencia de misioneros con William Wilberforce como guía. En Nueva Zelanda mantuvieron que el hombre blanco podía perjudicar a los maoríes y combatieron enérgicamente los planes de colonización; en cambio, en África del Sur, donde el poderío británico tuvo una importante expansión, alcanzó gran importancia.

A mediados del siglo XIX Gran Bretaña tenía colonias; el trato que debía aplicarles debería estar regulado por dos principios: los pueblos civilizados deberían gobernarse a sí mismos lo más pronto posible, lo antes posible; los pueblos atrasados deberían ser protegidos y, en consecuencia, no se les debería conceder la autonomía.

En las primeras fases de la revolución industrial la realidad es que Gran Bretaña se adelantó considerablemente al resto del mundo, pero pronto las condiciones de posibilidades europeas pasaron a otros Estados. Toda esta discusión precedió a la iluminación política que aplicaron los principios de la revolución industrial plena. Se apoyó en una fecunda discusión de ideas y en grandes políticos como Disraeli y Gladstone en el siglo XIX.