Objetivo depilación

Marina Castaño

En este último Cuartel Emocional hasta después de vacaciones nos ocuparemos de algo que le preocupa a Irene Montero y otras de su pelaje, nunca mejor dicho, que no es más cosa ni tampoco menos cosa, que lucir pelambre allá donde la haya, es decir axilas, ingles, piernas y tantos y tantos lugares recónditos de la anatomía femenina, donde lo estético se mezcla con lo higiénico. No hay duda que estas «personajas» lucen sucias por ideología tanto de género como de partido para diferenciarse de las normales, de las de ducha diaria y depilación cuando hiciera falta, más aún con estas calores veraniegas en que la sudoración aumenta y lo ligero de la vestimenta deja entrever zonas húmedas y peludas que huelen a distancia según los alimentos que se hayan ingerido, a saber: ajo, cebolla, sardinas u otros productos de penosa asimilación cuyo hedor brota por todos y cada uno de los poros del cuerpo humano. Las progres, las ultras de la izquierda que hoy padecemos, hacen gala de ello y patentan el feminismo como invención propia, véase si no a Carmen Calvo, esa eminencia del socialismo actual, que abandera la propiedad intelectual y hasta industrial de la defensa de la mujer, del empoderamiento femenino del que tanto hoy se habla, y a muchas nos da una risa que nos caemos al suelo. No nos defienda tanto, doña Carmen, déjelo, tómese un relajante muscular y depílese allá donde le hiciera falta. Alguna de estas que se rebelan e insisten en lucir sobaco peludo, como cantantes, locutoras, y por ahí han dado en soltar una frase muy profunda: «Las princesas también tienen pelos». Cierto, y los ricos también lloran, no por ello vamos a tener que llorar los pobres, ni las plebeyas lucir pelambre si preferimos una piel diferente a la masculina. ¡Ahí debe estar el quid de la cuestión! ¡Es para parecerse más a los hombres! ¡A estas mujeres les frustra no ser hombres! ¡Panda de acomplejadas!

El nuevo primer ministro, Boris Johnson necesita también un arreglo de pelos, de los pelos de la cabeza porque va siempre despeinado, incluso cuando va a presentar sus respetos a la Reina Isabel II, a quien hace una reverencia a golpe de riñón, porque ignora que es simplemente una leve inclinación de cabeza lo que toca. Esto lo borda Ussía, y lo complementa con taconazo. Ella lo recibe con gesto circunspecto y con su inseparable bolsito, y liquida el trámite con brevedad porque, salta a la vista, el tipo no le agrada. El señor Johnson ha entrado en el Parlamento británico como elefante en cacharrería, tal y como imaginábamos, y se ha cargado el gabinete de la May sin ningún tipo de consideración, además de asegurar que saldrá de Europa con acuerdo o sin acuerdo aunque pretende «establecer una nueva relación tan cálida, estrecha y afectuosa como sea posible». O sea que Europa se queda sin este miembro sin posibilidad de nuevo referéndum. ¡Allá ellos!

Boris es un tipo rico pero roña. Por lo visto, cada inquilino de Downing Street tiene que llevar sus propios muebles, no como en Moncloa que se lo encuentran todo puesto. Pero el británico ha dicho que no tiene nada, que se lo ha quedado todo su ex mujer –está separado recientemente–, y que hay que establecer que los enseres vayan a cargo del presupuesto público. Un tipo con cara, que se levanta al año cerca del millón de euros entre sus derechos de autor, sus colaboraciones periodísticas, su sueldo de funcionario y sus conferencias.

Vamos a mudarnos ya mismo al Cuartel de Verano, alejándonos de estas miserias políticas, que para eso ya está el invierno.