Conversación de monólogos

El asunto es que cuando se monologa tanto se pierde tolerancia y un poco la capacidad de escuchar al otro

El español habla, pero no dialoga. Se desconoce qué privilegiado o inteligencia despierta alumbró la técnica del soliloquio, pero de lo que nadie duda a estas alturas es que debía ser un antepasado patrio. El monólogo es tanto de esta tierra como los membrillos de La Alpujarra. Este es un país en el que somos mucho de escucharnos a nosotros mismos. Lo que nos gusta es cantar la alineación de la selección nacional y no que otro bandurria, que por supuesto, vaya por delante, no tiene ni repajolera idea de lo que sostiene, venga a sermonearnos con ella. España es una nación donde argumentamos nuestras razones, pero que también nos las bastamos solos para rebatirnos sin necesidad de ningún interlocutor.

Esto se debe a otra extraordinaria predisposición que descansa en el alma hispana: la notable capacidad que tenemos de ir siempre a la contra. Una tendencia natural, como lo de acodarse en las barras o el hábito que antes tenían los abuelos de echarse un palillo a los labios, y para la que se desconoce el remedio o la cura. No importa que a un fulano le gusten las aceitunas. Desde el momento en que descubra que a su vecino también le chiflan las olivas, su aperitivo predilecto pasará a ser los pepinillos. Y no hay vuelta de hoja. Será así de manera rotunda y casi inflexible.

–Pero, hombre, José Luis, no fastidies, si anteayer te gustaban...

–Esas te las metes por donde te quepan. Yo he sido toda la vida de berenjenas en escabeche.

Siempre me ha extrañado que en España, donde los niños aprenden a jugar al ajedrez disputando partidas con ellos mismos (es el epítome de cualquier egocentrismo y el colmo de cualquier pedagogía), el videoblog nunca haya triunfado. Es el único fracaso constatado de las tecnologías en un lugar donde la gente ya no se mira al espejo: se saca un «selfie», lo cuelga en Instagram y después lo mira para ver cómo va de ojeras. Las redes maridan con nuestra idiosincrasia tan bien como el bacalao con el tomate. No debe extrañar ni resultar sorprendente. En un lugar como éste, Twitter, Facebook y demás Silicon Valley son la cumbre absoluta. Son algo así como una obra teatral donde uno representa todos los papeles. Cada uno es el rey en su propia cuenta y, lo mejor, es que nadie viene a llevarte la contraria. Y si lo hacen, los bloqueas, qué carajo.

El asunto es que cuando se monologa tanto se pierde tolerancia y un poco la capacidad de escuchar al otro. Vamos que ya solo se reconoce una única realidad, que es la de uno mismo. Al resto, oírles, se les oye, pero poco más. En este mundo tan declarativo y enunciativo, el Congreso es igual que el microteatro: allí va cada uno, suelta su rollo y se larga a sestear al butacón. Es una política sin conservación. Una democracia de monólogos.