De los nacionalismos al velado anticonstitucionalismo de Vox

Plantear el Estado de las autonomías como problema contribuye a la tarea desmoralizadora de los independentistas

Catalonian Government HANDOUTEFE

En calidad de presidente en funciones de la Generalitat, se dirigió Aragonés a la presidenta de la Comisión Europea para reclamar un referéndum en Cataluña en el Senado. Grosero abuso de confianza y grueso error de cálculo. Ursula von der Leyen asistía para hablar de los fondos europeos, no a un debate sobre política española. El independentismo no está en condiciones de comprender lo alejado que está del sentido de la integración que representa Von der Leyen.

En «La rebelión de las masas», Ortega y Gasset se pregunta quién manda en el mundo. Lamenta que Europa esté perdiendo esa atribución. Si el poder está unido al liderazgo, Ortega percibió hace casi un siglo que Europa ya no manda. El liderazgo se discute entre Estados Unidos y China, mientras la extensa Rusia mantiene una formidable reserva. Ortega propuso la integración para tener voz en el ajuste global que preveía. Si la Unión no da ese paso, las naciones europeas quedarán como epígonos en el concierto globalizado. Anticipó Ortega que el mayor obstáculo serían los «nacionalismos».

Desde que en Polonia y Hungría los sentimientos populares doblegaron al comunismo es explicable que se produzca allí un anhelo de renovación patriótica como reacción a ese pasado opresor que trató impunemente de desvirtuar arraigos, conciencias y tradiciones. En España, la coalición gobernante promueve un análogo cambio de mentalidad que trastoque la realidad histórica para que los vencidos en la Guerra Civil pasen a encarnar la legitimidad moral de una república fallida a la que ahora se trata de enaltecer subvirtiendo la Constitución del 78. Hay una diferencia fundamental. En la Europa soviética, el rechazo popular emergió espontáneamente, mientras que, en la Monarquía parlamentaria popularmente refrendada, la política oficial crea artificiosamente motivos de enfrentamiento para alimentar un cambio que desemboque en una alteración constitucional a manos del nacionalismo.

El nacionalismo independentista no lo cura un españolismo nacionalista, sino un europeísmo constitucional. La labor erosiva del Gobierno y de sus socios nacionalistas es tan patente que se puede coincidir en la pars destruens que representa Vox sin que implique consentir en su pars construens. Una cosa es disentir de lo que vemos y otra diseñar un programa de convivencia para el futuro inspirado en los asimétricos motivos que se viven en Polonia y Hungría.

La actitud de Vox hacia la Constitución del 78 rezuma desconfianza hacia los procesos constitucionales. Dando por supuesto que la realidad de una institución nunca está a la altura de su deber ser, siempre habrá motivos para la crítica. Por eso la libertad de expresión se concreta en examinar la gestión para mejorar la praxis. Pero el programa de Vox exhibe un profundo disentimiento del proceso de integración política europea cuyas reglas de juego propone corregir apelando al patriotismo sentimental de las naciones integradas. Deteriora los motivos refrendados por la Unión y tiende a debilitarla desde dentro sin fortalecerla ante el exterior. No menor es la desconfianza hacia el Estado de las autonomías. La Constitución de 1978 fijó aquí costuras tiernas. El Estado de las autonomías es intrínseco a la Constitución y plantearlo tan problemáticamente como hace Vox contribuye a la tarea desmoralizadora que gestionan independentistas y neocomunistas.

La Constitución del 78 nació del espíritu de reconciliación tras una guerra fratricida. Subvirtiendo el ánimo de los vencidos, los actuales regidores buscan suplantar la Constitución sustituyendo la concordia por la revancha. Para impedir esa revancha, Vox se ofrece como legatario vencedor para revestir la concordia con el manto de una victoria histórica y constitucionalmente amortizada.