La defensa de occidente frente a la guerra del fanatismo islámico

Vienna (Austria), 04/11/2020.- A man places a flower at the crime scene of multiple shootings in the first district of Vienna, Austria, 04 November 2020. According to recent reports, at least four persons are reported to have died and many are seriously injured in what officials treat as a terror attack which took place in the evening of 02 November. (Atentado, Viena) EFE/EPA/CHRISTIAN BRUNACHRISTIAN BRUNAEFE

Los recientes atentados en Francia y Austria, que han costado la vida al profesor Samuel Paty, a tres ciudadanos en una Iglesia de Niza y a varias personas en Viena, constituyen una execrable manifestación más de la guerra que el fanatismo religioso y el islamismo radical están librando contra occidente. Se trata de un ataque liderado por individuos exponentes de una sociedad cerrada, enemiga de los principios y valores inherentes a toda sociedad abierta y democrática, como la libertad, el pluralismo y la tolerancia. Al igual que en la Edad Media, afrontamos la peste y una guerra generada por aquéllos que interpretan una religión, el islamismo, de forma extrema.

Manuel Valls ha escrito una tribuna en Le Figaró, el 27 de octubre de 2020, donde describe el problema, relata la amenaza que sufre Francia –en realidad, todos los países libres, plurales y tolerantes —y señala una nueva aproximación. Cabe suscribir sus palabras, y dedicar estas líneas a los fundamentos filosóficos y políticos del enfrentamiento del islámico radical con la sociedad abierta occidental.

El islamismo y el cristianismo son doctrinas comprehensivas en el sentido que John Rawls otorga al término: pretenden que vivamos conforme a sus postulados, con total sumisión de los que practican esas religiones. Se fundan sobre la voluntad y la obediencia a Dios. Son intolerantes e invasivas, porque hay que convertir al infiel, explica Giovanni Sartori en su “La corsa verso il nulla”.

Secularmente, al tratarse de religiones fuertes y enfrentadas, se han combatido. Pero hay que advertir que a partir del siglo XVII la dimensión política y pública del cristianismo se disuelve y entra en un proceso de secularización, mientras el islamismo persiste en su dimensión teocrática. Diversas razones explican el proceso secularizador y el establecimiento de modelos políticos soportados en la laicidad de los poderes públicos en los países de tradición cristiana. Las brutales guerras religiosas entre católicos y protestantes bañaron de sangre la Cristiandad, que, exhausta y aterrorizada, huyó de estos conflictos, que nunca se desarrollaron en el mundo islámico con tanta virulencia y extensión.

El cristianismo convivió con la civilización romana y jamás conquistó al sistema jurídico romano, que entroncó de forma autónoma con los fundamentos de la convivencia de la sociedad europea. El Derecho canónico humanizó algunas instituciones civiles, pero acabó refugiado en la Iglesia. En cambio, el conjunto del ordenamiento jurídico islámico acabó bebiendo exclusivamente de las fuentes y normas del Derecho religioso.

No es posible afirmar que el cristianismo haya sido una religión armada ni en los tiempos de las cruzadas, que pretendieron, mediante la lucha de señores y soberanos feudales recuperar la tierra santa de la Cristiandad: Jerusalén. No han existido las “armadas del Papa”, se prestaba, a veces, la espada a la Iglesia, pero ella no tenía su propia espada. Sin embargo, el Islam, formula una religión guerrera y una fe armada que se extendió por toda España y el Norte de África, y, por el Este, penetró en la India, Turquía y los Balcanes, siendo detenido a las puertas de Viena, derrotado y debilitado con su decadencia posterior. Los rescoldos invasivos quedan, el Corán ha seguido anclado en el Viejo Testamento, a diferencia de la evolución cristiana. Y Viena, símbolo de los símbolos, tierra de lucha entre otomanos y cruzados, vuelve a ser icono, ahora azotada por la violencia del terror del extremo islam.

El cristianismo tuvo que convivir con una realidad greco-romana nunca extinta que en el Renacimiento despertó con la afirmación de la tolerancia, que rechazaba los dogmas, las verdades únicas, y el pluralismo, como exclusión del poder único y uniformador, afirmando la discordia como elemento de la futura concordia. La defensa de la laicidad en la sociedad occidental no fue fácil, experimentó fuertes resistencias y retrocesos. Hoy, la tolerancia y el pluralismo ideológico y religioso son los fundamentos del posterior gobierno por discusión occidental de raíces liberales, de la autonomía y libertad individuales, de la separación de la política y de la religión, y de la legitimación democrática del poder.

En contraste con la influencia greco-romana en las sociedades con tradición cristiana, el islam nace prácticamente de la nada, en el desierto. Creció sobre las cenizas de la extinta civilización mesopotámica, que no dejó poso ni doctrinas, y hundió sus raíces en la concepción de una sociedad teocrática regida por la voluntad y la obediencia a Dios. Una sociedad cerrada y endogámica que es justo lo contrario de la afirmación de las sociedades abiertas y libres occidentales. Aunque el Corán admite diversas interpretaciones y permita ser indulgente, clemente y misericordioso con el diverso, hay que reconocer que se ha consolidado su interpretación más extrema y que no ha avanzado para disipar las tinieblas de la ignorancia del hombre mediante las luces del conocimiento y la razón.

Y puede afirmarse que, hoy día, la posición dominante en el islam es extremista y fundamentalista. Y que la reacción del islam frente a la influencia exterior siempre ha sido agresiva, carente de flexibilidad, adaptabilidad e imaginación, a diferencia de la respuesta China, India o japonesa a los desafíos de la cultura occidental. Hay odio y rechazo a la influencia occidental. Y el denominado islam moderado carece de relieve o se resuelve, muchas veces, en sistemas dictatoriales de contención de las corrientes de fondo islámicas. Los intelectuales musulmanes occidentalizados solo convencen a los convencidos, pero no influyen en sus países de origen, donde no pueden estar, vaya por delante. Y los llamados Estados Árabes moderados arrojan un sinfín de dudas. Arabia Saudí es en una monarquía absoluta con un soberano-jefe religioso, y practica un islamismo cerrado, con sospechas de financiación de las actividades terroristas. Otros países son dictaduras civiles o militares, alguna despiadada y sanguinaria, como Siria. Muchos otros han contenido el desarrollo del fundamentalismo, que, a su vez, es la razón de sus debilidades. La propia Turquía enseña las graves dificultades para la democratización del islam, e incluso, en ocasiones, para convivir con el extremismo religioso dentro de sus propias fronteras, tal y como se aprecia en las numerosas veces que ha sido condenado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Curiosamente han sido los militares los que por más de ochenta años salvaron la democracia en Ankara, pero occidente ha contribuido a neutralizarlos con el resultado del advenimiento de Erdogan, un nuevo Califa que aborrece la laicidad, que preside el tránsito de una Turquía, con ciertos grados de diversidad, a una Turquía confesional, convertida en el nuevo territorio del Daesh, y alejada de los valores de la tolerancia y el pluralismo, una Turquía bajo la mirada y control de los Hermanos Musulmanes, asentados también en Catar, que también cuenta con graves acusaciones de financiación del terrorismo, Kuwait y el Norte de África. Pakistán y Egipto, considerados Estados moderados viven en un equilibrio bastante precario con el fundamentalismo islámico. Marruecos, expuesto durante años a la influencia francesa, quizás sea el Estado más moderno en ese contexto. Un soberano que reina y gobierna, con amplios poderes, y que es el jefe supremo religioso del país, mantiene ciertas connotaciones de pluralidad y resulta, de momento, inmune al asalto del fundamentalismo. En resolución, los Estados islámicos moderados están en precario y no servirán de muro de contención frente a la tiranía y el crimen.

De añadidura, las Primaveras Árabes han resultado en una esperanza fallida, y la radical Irán, tras los errores occidentales, vuelve a soñar con un imperio que domine el islam, creando protectorados, y acumula el peligroso armamento nuclear.

La interpretación dominante del Islam ha declarado la guerra a Europa y estamos en peligro mortal. Llamemos a las cosas por su nombre, sí, estamos en guerra. Se trata de una guerra sin precedentes donde se mata con el uso del terror indiscriminadamente a escala global (incluidos en los propios países islámicos), desde los mortales atentados promovidos por Bin Laden. Nadie está a salvo. No es una guerra convencional, no existe el armamento convencional, hay hombres bomba, armas bacteriológicas, fanáticos que degüellan. Se aprovechan las facilidades de la sociedad tecnológica, las redes sociales, las interconexiones de grupos de fanáticos que no actúan guiados por órdenes específicas, alimentados de una ferocidad inimaginable y de fanatismo y fe religiosas. Es una guerra sin límites, sin reglas, deshumanizada, donde se aplica toda la crueldad de la que han hecho gala el Isis y al-Quaeda.

Esta guerra solo se puede ganar desde la afirmación y la defensa absoluta de los valores éticos y ciudadanos sobre los que se soporta occidente. Como afirma el canciller austríaco Kurz, son ataques de odio. Odio a los valores fundamentales, odio hacia nuestro modelo de vida, odio a la democracia, a la tolerancia, al pluralismo.

La lucha es entre los ciudadanos que creen en la paz, y los que apoyan la guerra. Tan nocivo serán los discursos también de odio de los populistas europeos que señalen arbitrariamente a los inmigrantes, como los que sostienen al fundamentalismo islámico invasivo.

La Unión Europea debe trabajar conjuntamente frente al desafío y defender la civilización europea con valores “republicanos”. Francia actúa con inteligencia, y promueve una Ley a favor del separatismo entre Estado y religión, es decir, contra el integrismo islámico, una Ley que protege la preeminencia del Estado y los valores de la República. España debe recorrer ese camino, y adoptar reformas que refuercen la laicidad, que consagren los principios y valores constitucionales, que aborde la necesidad de querer vivir juntos, de no separarse de nuestros valores y principios en nombre de cualquier religión, y particularmente del islam. Un proyecto reformista y de convivencia dialogado con todos los sectores de la sociedad, con todas las confesiones religiosas. En España cualquier persona puede vivir la vida que desea, conforme a sus creencias religiosas, con respeto a las demás doctrinas comprehensivas. Este es el consenso básico ralwsiano que recoge la Constitución española. Pero la sociedad abierta tiene el derecho y el deber de proteger la tolerancia y el pluralismo, bases, precisamente del consenso que permite la vida de todos en libertad.

Hay otro camino ahora abierto: la reforma educativa proyectada por el gobierno de España. La Educación y la cultura son el motor de cambio social, que permite integrar los principios democráticos en la vida de los ciudadanos para que los comprendan, los asuman y los defiendan. Los colegios en una democracia deben explicar al alumnado el sistema democrático bajo el que conviven, las reglas y los principios. Esto es clave para que el ciudadano defienda críticamente a la sociedad abierta y democrática, al tiempo que puede comprender mejor a las personas con un enfoque de vida diverso. Al comprender que nadie es dueño de la verdad absoluta, contribuimos a la mejora del trato social a los demás. Esta es la razón de ser de la ética pública democrática. Por eso, más que nunca resulta imprescindible el pacto de Estado en materia educativa y cultural. No sólo debe diseñarse un sistema con contenidos educativos estables para una generación de jóvenes, sino que hay que avanzar en un programa de enseñanza de los valores que sustentan una convivencia libre, plural y tolerante en el marco de nuestras reglas constitucionales.

No cabe olvidar la dimensión geoestratégica del problema. En este orden de ideas, España tiene que impulsar el diálogo y la Alianza con Israel, que, sin dudas es el país que mejor se aproxima a los valores democráticos de tolerancia y pluralismo en Oriente Medio.

Francia marca un camino que debemos seguir, Manuel Valls ha realizado aportaciones interesantes en Le Figaró. Y al Presidente Emmanuel Macron sólo cabe decirle: nosotros también continuaremos, Presidente.

* César Giner Parreño es profesor titular de la Universidad Carlos III de Madrid y ex diputado PSOE-M