He estado haciendo cuentas de cuántos allegados tengo por aquello de las Navidades y le voy a dar un alegrón a la autoridad sanitaria: me sale uno nada más. Descarten que servidora sea ejemplo de nada, porque ejemplar no ha sido casi nada en mi vida, pero no queda otra en estos tiempos raros. Por allegado, según la RAE, se designa a un pariente o familiar, aunque seguramente cada uno de nosotros tenga a gente mucho más cercana, más querida o que le hace más falta que aquellas personas de la misma sangre.
Yo llevo seis meses sin ver a mi señora madre, intentando que el bicho no viaje y tengamos un disgusto, y nueve meses sin darnos un abrazo o un beso, sentadas en casa (cuando nos hemos podido ver) a dos metros. Se vienen las Navidades y es comprensible que la gente esté haciendo cuentas de quiénes van a ser esos diez que se puedan reunir, que puedan pasar esas fechas bajo un mismo techo; es normal que se quiera mantener la tradición de Nochebuena y Nochevieja, pero, oigan, con la que está cayendo, ¿de verdad es un drama no poder cenar los veintiséis comensales de todos los años? ¿De verdad les cuesta un disgusto repartirse los días, los momentos, hacerlo con un poquito de cabeza para que esto no acabe con todos a mediados enero sin poder salir de casa? ¿De verdad lo asumen como un drama o verdaderamente pueden pasar sin sentarse con alguno de sus cuñados? En Estados Unidos, el Día de Acción de Gracias ha terminado en un desastre. Las cifras han subido considerablemente y los expertos han vuelto a recordar que los máximos cupos de contagio se producen ahora en los encuentros familiares, así que, ¿tanto trabajito cuesta pillar el mensaje? Se trata, creo y en esta ocasión, de priorizar al que haya estado más solo, de hacer burbuja a su alrededor y de citarse con los de siempre cuando haga menos frío ahí fuera. Es por sus allegados. Y por los de los demás.