«Grease» y la cancelación de nuestra memoria

Es triste observar cómo ahora algunos emplean la libertad para censurar en vez de para ensanchar las orillas de la tolerancia

Todavía conservo ese recuerdo de la infancia. Mis tres primas adolescentes bailando y cantando esas canciones en el salón. El disco giraba en el plato y el volumen estaba suficientemente alto para molestar a los vecinos. Entonces era la única forma que se entendía de escuchar música de manera adecuada. El límite estaba en las horas que durase la aguja. Supongo que entonces todas ellas soñaban que sus vidas se convirtieran en un musical de Hollywood. Quizá porque todos hemos deseado en algún momento de nuestras existencias que las películas se volvieran realidad y, como en aquel filme de Woody Allen, los personajes saltaran de la gran pantalla al patio de butacas. Cuando era chico conocí a hombres que todavía soñaban con encontrar a Gilda en algún momento de su malogrado curso vital y a mujeres que aspiraban a encontrarse alguna vez con alguien parecido a Marlon Brando que las rescatara de la soledad que representaba su matrimonio. Sin duda, las aspiraciones están hechas de ideales, pero también de celuloide.

Ellas, mis primas, querían una aventura cómica y rítmica a la altura de la que hacía palpitar a Sandy y Danny Zuko en «Grease». Ninguna podría imaginar entonces que coreaban las letras de un filme sexista, racista y homófobo. Probablemente nadie en aquel momento. Y mucho menos en un producto con el marchamo típico de los grandes estudios: lograr un taquillazo con el alcance que supone la calificación universal de ese rótulo que reza: «para todos los públicos».

Nadie conserva el recuerdo de que en los cines donde se proyectaba aquel exitazo se formaran otras colas que no fueran las del público que acudía a la proyección. Ningún colectivo se dio por aludido el año del estreno ni se sabe de ninguna persona que se declarara ofendida ni queda tampoco memoria de que alguien tratara de clausurar las salas o prenderlas fuego, como sucedió en Francia con «La última tentación de Cristo», de Scorsese. Pero supongo que ahora mis primas, estén donde estén, el paso de los días deja la impresión de que la existencia es una gran diáspora, se sentirán decepcionadas, como si sus ilusiones juveniles hubieran sido un enorme fraude.

Es triste observar cómo ahora algunos emplean la libertad para censurar en vez de para ensanchar las orillas de la tolerancia. Pero aún es más desolador contemplar a esa legión de hijos y de nietos, con sus razones cargadas de rabia y de furia, cancelar de un plumazo la memoria con la que crecieron sus padres y sus abuelos, dejando en ellos el regusto amargo de haber vivido en una estafa multitudinaria. Sobre todo con algo como «Grease», un filme que cantaba la rebelión juvenil y animaba a hacer pellas.