Diario de una nevada

Si te dicen, un 13 de enero normal, que tu vecino informático guarda en la cocina una pala para excavar, en vez de aplaudirle, te asustas y cierras la puerta con llave

©Gonzalo Pérez MataLa Razón

Niños. Cuando el padre le dijo a su hijo que no iba a haber colegio ya hasta la semana que viene, el niño, por primera vez en todas las Navidades (lo que puede considerarse como un milagro típico de estos días) le escuchó a la primera. Después, entusiasmado, y de repente gritó. «¡Viva España!» Como es habitual, los adultos estamos equivocados: no era el adoctrinamiento en las aulas lo que creaba futuros patriotas; es no ir a clase lo que hace que los niños amen su país. Yo soy Vox y lo meto en el programa: menos Trump, hombre, y más días con nieve.

Madres. Tampoco me extraña la felicidad de los niños: toda la vida soñando que una enfermedad o una nevada te impida ir al cole y a esta generación les pasa una cosa tras otra. Van a crecer con la convicción de que los sueños se hacen realidad. Ojalá, entonces, se pongan a soñar con la paz mundial o el fin del hambre. Aunque temo que si les dan a elegir, soñarían con ser Ibai Llanos.

Muchos niños viven este estado excepcional como si fuesen vacaciones. Por supuesto, no leen los mensajes de whatsapp que sus madres mandan a sus amigas: «Me está poniendo la cabeza como un tambor», escribía una. «Hoy he tenido que compaginar vida familiar y profesional y tengo un día regulero», decía otra al borde de las lágrimas. «No se compagina, se sobrevive», terminaba la tercera. Ha habido que ponerse otra vez con el classroom y las reuniones a dos bandas. Si la pregunta es: ¿los jefes no tienen niños? La respuesta tendría que ser: la mayoría son hombres.

Las palas. En todas las comunidades de vecinos ha aparecido el que ha sacado la pala y se ha puesto a quitar nieve, ante la admiración y los aplausos del resto. Cuando le vi, iba yo con la pala de la playa, que tenía en el trastero, por si servía para algo (por lo menos para no tocar la nieve con la mano). Evidentemente se rompió y este verano me tengo que comprar otra. Son tiempos extraños: un 13 de enero normal, de los de toda la vida, si te dicen que tu vecino informático guarda en la cocina una pala para excavar, en vez de aplaudirle, te asustas y cierras la puerta con llave.

Tuberías congeladas. Cuando se levantaron y pusieron la calefacción, no tiraba. Aunque la noche esperaba amenazante, bromearon acerca de que quemarían primero. Los libros, que arden (también los de Salter, con quién va a comentarlos ya); después muebles heredados y las cosas antiguas. Sólo quedaba que salvar: las fotos de nuestra boda dijo él. Pero oyeron al vecino llegar y abrieron: iba con el gorro, la bufanda, la mascarilla, las gafas empañadas y una pala. A pesar del susto le preguntaron si sabía arreglarlo: «Enciende y apaga», dijo el informático.

Funcionó. Al acostarse sin frío, él dijo: «No me has dicho que salvarías». «El satisfayer, claro», le contestó ella, demasiado rápido como para no herir su orgullo.