¿Destruir? No, es alisar la memoria

Imagen de archivo de la entrega simulada de armas que llevó a cabo ETA ante los denominados «mediadores internacionales» en febrero de 2014
Imagen de archivo de la entrega simulada de armas que llevó a cabo ETA ante los denominados «mediadores internacionales» en febrero de 2014

Una apisonadora destruye el antiguo y roñoso armamento de ETA. Propaganda. «Una apisonadora va alisando la memoria hasta dejarla tan fina como irreconocible», debería ser el titular alternativo.

En Euskadi fueron los terroristas los que habiendo creado el problema ofrecieron la solución mágica y altruista (win to win): dejar de matar. Ahora, el Gobierno colabora en su relato: mirad como destruimos sus armas. Se acabó la guerra. ETA nos hizo el gran favor y los partidos constitucionalistas mantuvieron, algunos aún mantienen, que verdaderamente, se les derrotó a unos (los terroristas) y apaciguó a los otros (su brazo político). La prueba: participan en la política ¿no era lo que queríamos?

Pero dejaron la violencia, entre otras razones, porque la sociedad ya se parecía bastante a lo que ellos aspiraban. Gracias a su «lucha» la construcción de un país más nacionalista fue posible neutralizando a la parte no nacionalista, que hoy coexiste traumatizada, endeble, temerosa, contemplativa. Porque al matar y extorsionar, alteraron, además, el censo electoral a su favor expulsando mediante amenaza de muerte a miles de familias y, lo más importante, consiguieron anular la resistencia incluso de Gobiernos españoles inconstantes o blandos o, peor aún, comprensivos y negociadores.

Desaparecida la violencia, todo es posible, se dice. ETA ha terminado, ya no tiene ni armas, no hablemos más de ello. ¿Y los 300 casos sin resolver? Pero se adivina que la violencia sirve, primera lección aprendida por los ultranacionalistas catalanes. La segunda, si esa violencia es ejercida ante una policía autónoma politizada dirigida por un gobierno nacionalista, no tendrá apenas coste para quienes la practican. Y en todo caso, las cárceles están cerca de casa y se sale rápido de ellas si se negocia con el Gobierno adecuado.

También han tomado nota de que un pasado violento, incluso tanto como el vasco, tampoco pasa factura a corto plazo. La imagen beatífica de Otegi hablando de democracia, paz, solidaridad, el tono apostólico para declarar que «ya no está en la fase mental de alegrase de la muerte de nadie» se ve con la simpatía de un anuncio de Johnson & Johnson. Hay quien dice, «contentos, que ya no matan». Yo digo, más contentos ellos de que no les recordemos todo lo que han matado.

La pregunta ¿qué es ahora el constitucionalismo? ¿aquello por lo que algunos tanto luchamos en el País Vasco en los peores años del terrorismo? No se me ocurre otra cosa que pensar que sigue siendo lo mismo, la defensa de nuestro sistema democrático, precisamente la pared maestra que pretenden demoler todos los nacionalistas, sean de la tierra que sean. Pero pasemos la página del periódico con las fotos del fuego y observemos la sociedad que convive con ese estado de cosas. Tanto la catalana como la vasca esconden un amplio sector de constitucionalistas sin partido, esperando algún tibio reflejo en la política que les represente en la superficie política.

Tanto la catalana como la vasca son sociedades gobernadas por nacionalistas prácticamente sin interrupción desde el comienzo de la democracia. Sea lo grave que sea lo que ocurra en sus comunidades (terrorismo salvaje, crisis sanitaria o declive económico) nada les impide que sus presupuestos se dediquen preferentemente a construir la nación de sus sueños sin apenas oposición, puesto que parece haberse asumido que contrariarles trae consecuencias imprevisibes.

Habrá que empezar por reconocer que el nacionalismo se sitúa en el epicentro de los principales problemas de nuestro país. Su apaciguamiento no ha sido buena estrategia visto lo visto. Ni Otegi, ni Junqueras y sus colegas de cárcel, muestran el más mínimo gesto de querer convivir con todos los demás sino todo lo contrario, aspiran a lo mismo por lo que llegaron a matar: a silenciarnos. Unos y otros, lo volverán a hacer, no hay competencia o dinero suficiente que les satisfaga, no es necesario que sean mayoría mínima o absoluta, tensarán la cuerda todo lo que puedan mientras se les deje. Mientras, para que olvidemos el miedo a las armas, el Gobierno saca la apisonadora a pasear.

Mantener en pie el gran muro que es nuestra Constitución democrática es pues, la única opción. La gran masa de descontentos silenciosos, de insignificantes miembros de segunda en estas sociedades embadurnadas de nacionalismo egoísta, ansía una señal luminosa para sacar pecho y decir con el mismo tono de voz que aquellos, que no está de acuerdo.

De lo que sirvieron las políticas de apaciguamiento con Hitler en los años 30 hay millones de espeluznantes pruebas. El deseo de no provocar una nueva guerra condujo a la peor de las matanzas del siglo. Vulgar e inofensivo se decía entonces de Hitler. Junqueras nos parece tontorrón y Otegi un descerebrado. Ojo.

Es lamentable comprobar que eso de que hay que conocer la historia para que no se repita es un tópico de lo más absurdo que, además, se desmonta por sí solo precisamente mediante el verdadero conocimiento de la historia.

La destrucción «simbólica» de ese armamento obsoleto de la banda terrorista es un intento más de apaciguar las almas de los que pensamos que lo único que hay que apisonar es la ideología que empujó a que se usaran esas armas.

Parece que nos dejan exclusivamente el papel de testigos, mientras se dedican a confeccionar políticas, mesas negociadoras, enfocadas a resolver el gran problema a gusto de los que lo que crearon.

Pásennos la apisonadora de nuevo, por favor.