CIS: caro y sospechoso

El CIS era hace unos años esa referencia de macro sondeo que venía a poner en negro sobre blanco el verdadero pulso electoral en nuestro país

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Se preguntaba ayer la ex alcaldesa de Madrid Manuela Carmena entrevistada por Alsina en Onda Cero, a propósito de la verdadera razón de ser de un organismo como el Centro de Investigaciones Sociológicas –ya saben, el «CIS» de Tezanos– en un momento en el que los dineros públicos no sobran y existiendo alternativas demoscópicas probablemente mucho más fructíferas como es la del seguimiento de la valoración ciudadana sobre el trabajo de nuestros parlamentarios a la hora de hacer valer las leyes. No se trata tanto de una ocurrencia de Carmena como de una realidad en otras democracias que da prioridad a la temperatura social frente al comportamiento político, en detrimento de aspectos tal vez menos urgentes y más susceptibles de manipulación como es la intención de voto ante unas eventuales elecciones.

El CIS era hace unos años esa referencia de macro sondeo que venía a poner en negro sobre blanco el verdadero pulso electoral en nuestro país, una encuesta de amplio espectro que asépticamente vislumbraba eso que los entendidos califican, bien de cambio de ciclo o bien de ratificación de una era con recorrido bajo un determinado signo político. Hoy sin embargo –y en ello coinciden no solo partidos de la oposición sino analistas y profesionales de la demoscopia– el centro se ha convertido en instrumento de influencia –sobre todo mediática– a la hora de orientar puntualmente un estado de opinión, bien elegido y perfectamente situado en el horizonte electoral de turno. Es aquí donde se hace inevitable de nuevo el interrogante sobre la razón de ser y el dinero que nos cuesta el CIS, lanzado al aire por actores ya fuera de la trifulca política como la citada ex alcaldesa, en otro tiempo auténtica alma de alguna corriente de la izquierda que en casos como el madrileño tienen un nada despreciable recorrido. Una reflexión a la que se añade la inevitable pregunta sobre la utilidad real de decirles a los electores jornadas antes de su cita con las urnas si realmente está todo por decidir, sobre todo porque, si positivo puede resultar para la movilización de un electorado haciéndole ver que «hay partido», igualmente puede beneficiar a la parroquia contraria mostrándole un panorama en el que nada está ganado. Ergo, demoscopia sí, pero a ser posible esa en la que periódico, radio o televisión se gastan sus privados dineros jugándose el prestigio ante espectadores, oyentes y lectores. Lo otro merece una, ya urgente reflexión.