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«Regresan las certezas y quienes auguraban grandes cambios empiezan a matizar»
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Suponiendo que Elon Musk se equivoque y no seamos los protagonistas de una simulación al estilo Matrix, estamos volviendo a la vida. Basta asomarse a la ventana o pasear por la calle para reconocer al junio de siempre: identificamos la hora punta, los atascos, las colas, los «este producto está agotado» o esos frustrantes «ya no nos quedan mesas». Como si fuera un septiembre extraño, a destiempo, en el que, en lugar de ir hacia el otoño, vamos hacia el solsticio de verano después de cruzar el invierno más largo que, en realidad, ha durado dos inviernos y demasiadas incertidumbres. Regresan las certezas y quienes auguraban grandes cambios que harían irreconocible nuestra sociedad empiezan a matizar: somos los mismos pero atravesados por una pandemia. Ya éramos adictos a la tecnología, ya habíamos enfilado la revolución hacia un mundo más verde (con cuántos obstáculos), ya nos sentíamos conectados (o desconectados) pese a la distancia, ya sabíamos que la salvación vendría de la mano de la ciencia. ¿Habremos aprendido algo? Los ciclos, es su destino, siempre se repiten. Ahora llega el del estío y los tribunales alivian las restricciones para fomentar el ocio y el reencuentro, se atisban avalanchas de peticiones de pasaportes covid y los viajes se reinventan, otra vez, como territorio imaginable. La vida se relaja. Y retoma su guion conocido: jóvenes que se enfrentan a la selectividad, debates identitarios sin fin, tensiones políticas y diplomáticas, polémicas en torno a la selección y hasta la inescrutable factura de la luz. ¿Habremos aprendido algo? Mientras esperamos las alocadas fiestas a lo gran Gatsby que nos pronostican y las explosiones vitales y consumistas, de momento, se impone lo cotidiano, se redescubre lo sencillo y se vislumbra que el retrato del mundo poscovid (algo más extraño y profiláctico, eso sí) no está muy lejos de la extensión natural del anterior. Que no hemos cambiado mucho y que queremos recuperarnos: habrá que esforzarse para aprender (bien) las lecciones pandémicas y no dejar que las ilusiones de junio y su verano incipiente nos hagan cuestionarnos, como en la distopía de las hermanas Wachowski, si todo lo que hemos vivido ha sido real.