El cuaderno de Chapu Apaolaza: En contra del mar

Agentes de la Guardia Civil a su llegada en las lanchas con las que trabajan en el dispositivo que busca al padre de las niñas, Tomás Gimeno y a la menor de las hermanas, Anna
Agentes de la Guardia Civil a su llegada en las lanchas con las que trabajan en el dispositivo que busca al padre de las niñas, Tomás Gimeno y a la menor de las hermanas, AnnaEuropa Press Europa Press

Traigo esta primavera asesina, estas ganas de vivir por eliminación y este mar de lágrimas. Hoy te cuento la historia de las hijas devoradas por un dios cruel, la leyenda de Jonás dentro de la ballena y una bolsa de deporte vacía a mil metros de profundidad frente a las costas de Tenerife.

El mar nos agarra con sus manos de espuma, nos arrastra, nos sacude, nos roba el aire y después nos escupe a la orilla desfallecidos, o acaso nos guarda en su oscuridad infinita, callada y negra como el corazón de un demonio. El océano nos dio la vida y por eso nos la quita cuando él quiere, pues se cobra el precio de lo que le pertenece, de lo que nos prestó, que es todo. Todo salió del mar, todo estuvo sumergido. La más alta de las montañas fue una vez fondo marino y por eso vamos a morir en él los ríos y nosotros.

Hace unos años hubo un naufragio frente a Barbate y desde aquel día, uno de los muertos se le aparece a mi amigo Agustín, que conduce una grúa. Cada noche, el muerto le cuenta dónde está y le pide ayuda para que vaya a buscarle, pero Agustín nunca entiende lo que dice, o se despierta y se olvida del sitio, y se queda pensando en el ahogado y en su casa de algas.

Con estos ojos que han de comerse los cangrejos moros he visto en Barbate a las mujeres de los pescadores muertos arrancarse el pelo a mechones, llenarse la cara de ceniza y maldecir a la Virgen del Carmen. Conozco sus historias, me hablaron de sus casas vacías en las noches de temporal de Poniente y de la soledad del marinero. Sé que es cierta la leyenda del fuego de San Telmo que prende en el palo mayor, la fantasma que pasea de noche sobre la cubierta de los barcos y el canto de sirena.

Fui un niño del muelle de Donosti y allí el mar me está esperando. Cuando me vaya de este mundo, tengo dicho que cojan mis cenizas y las de mi padre y nos echen por la borda en el sitio de la ciaboga de las regatas de la Concha, a una milla exacta de mi niñez de velero, harpón, escota y papelillo de gusanos para pescar. Pero todavía no. Hoy dadme desierto, que no quiero ver el mar..

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