¿Derechos humanos?

Se ha llegado a considerar que esos derechos no son exportables. Han dejado de ser humanos –propiamente dichos– y que sólo se aplican en determinadas condiciones políticas: las nuestras

STEPHANIE LECOCQEFE

La salida de las tropas norteamericanas de Afganistán culmina el largo proceso de descomposición del precario régimen afgano, descomposición iniciada con el acuerdo de Trump con los talibán, en febrero de 2020: no se ha producido un colapso de esos que ocurren en cuestión de horas; lo que ha habido es un proceso continuo de avance de los talibán, que quienes han estado en Afganistán conocen muy bien. También culmina otro proceso: la crisis del concepto mismo de democracia. Como subrayaba ayer el editorial de LA RAZÓN, el principal argumento de Biden para justificar su decisión ha sido el de la falta de voluntad de los afganos, y en particular de su gobierno, para luchar contra el ejército islamista (llamarlo «grupo terrorista» es desconocer su naturaleza). Lo peor llegó cuando declaró que los norteamericanos no invadieron a Afganistán para promover, aunque fuera algo, un mínimo de democracia y de respeto a los derechos humanos, sino para defenderse del peligro terrorista.

Basta recordar los más de 250.000 afganos muertos para comprender que hubo gente que creyó que las intenciones de Estados Unidos iban algo más allá de la pura y simple defensa de los intereses norteamericanos. Si no se trataba de construir una democracia liberal, por lo menos se trataba de facilitar algún tipo de régimen que no dejara toda la vida del país, y a todos sus habitantes, en manos de un emirato como el del ISIS en Irak y en Siria. En otros tiempos, es probable que Estados Unidos no hubiera tenido demasiadas contemplaciones y en Afganistán habría impuesto una dictadura. Ahora ya no puede hacer eso. Por fortuna, se dirá, y con razón. La paradoja consiste en que es el propio imperativo democrático el que no se puede invocar ya para justificar la intervención. De hecho, el imperativo democrático sirve para impedirla.

El bloqueo no revela sólo una cuestión de pura política internacional. Lo que revela, sobre todo, es el problema que los occidentales tienen con la democracia liberal y –tal vez, sobre todo– con los derechos humanos. Al tiempo que se reivindican más que nunca, hasta el punto de haberse convertido en el eje mismo de la vida política de nuestros países, se ha llegado a considerar que esos derechos no son exportables. Es decir, que han dejado de ser humanos –propiamente dichos– y que sólo se aplican en determinadas condiciones políticas: las nuestras, las de las «naciones civilizadas». Se asume por tanto con plena naturalidad aquel muy antiguo principio político conservador según el cual los derechos humanos son una pura abstracción, inaplicable como tal. Habrá derechos de los europeos, de los norteamericanos, en general de lo que llamamos Occidente (es decir, las democracias liberales), y luego el resto. Los afganos entran en esta categoría y habrá que recomendarles la lectura de algunos grandes autores contrarrevolucionarios, por ejemplo, Burke o De Maistre, para que lleven con resignación y filosofía lo que les espera a partir de ahora. En política, el cinismo no va nunca solo. Siempre hay una ideología detrás. (Para quien quiera recordar cómo algunas democracias europeas se derrumbaron ante los nazis, resulta recomendable ver una película paródica titulada «Los chinos en París».)