Madrid

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Espío Madrid con la ventanilla bajada, en cinemascope, recién regada, bajo un sol de septiembre y con el tráfico al ralentí.

Madrid, 2 de septiembre. Salgo para encontrarle colegio al mayor, que anda como Mowgli por casa. Aunque a los niños no hay que domesticarlos, conviene encauzar los instintos. Acumular enseñanzas. Compaginar el magisterio de las emociones con la adquisición de conocimientos librescos, no vaya a ser que los pobres, aturdidos de mimos, confundan el mundo, que no es bueno ni bello, ni mucho menos sagrado, con una ludoteca. Los funcionarios de la calle Bailén, desbordados, me atienden con gentileza. Voy y vengo por la Ronda de Toledo. Antes, a la altura de Atocha, el taxista me ha explicado todas las variantes de la liga de fútbol. Los porqués del frustrado fichaje de Mbappé. Los contratiempos de Florentino Pérez y cómo los niños, libres de costra nacionalista, hacen mejores elecciones: un par de días antes uno de diez años, que viajaba con su padre, le explicó que ya no es del Barcelona, sino del Paris Saint-Germain. Por la abrumadora evidencia de que en el primero restan momios y en el segundo jugará el mejor futbolista que jamás vimos.

Al regresar del Servicio de Apoyo a la Escolarización otro taxista enciende la radio. Un ministro sostiene que los jueces no pueden elegir a los jueces. Para mí que confunde las recomendaciones de la Comisión Europea con los aforismos que le escriben sus machacas mientras él desayuna un sándwich mixto. De todos los países de la Europa democrática, sólo España y, oh, Polonia, designan a los jueces que controlan a los jueces con el dedazo del Parlamento. Una garantía de intromisiones, corruptelas y nepotismo que nuestros políticos sólo anhelan cambiar cuando juegan a que gobiernan desde la oposición. Hace bien Pablo Casado en exigir la dimisión de Félix Bolaños, que derrapa al razonar que las propuestas del Greco no caben en una democracia homologada. Al ministro de Presidencia cabe sugerirle un toque de prudencia. Las exhibiciones dialécticas en defensa del jefe Sánchez, que como todo príncipe tiene apetito de escualo y memoria de anchoa, abonarán los ayes del mañana, no bien el César decrete la inevitable obsolescencia del último de sus peones, intercambiables en cuanto agotan su capacidad de resistencia al ridículo.

Como la política es imprescindible, pero hay vida más allá de su albero, me abstraigo de la radio y la tertulia. Espío Madrid con la ventanilla bajada, en cinemascope, recién regada, bajo un sol de septiembre y con el tráfico al ralentí. La ciudad del chotis y el vermú, el poblachón manchego y rudo al que acudían los aspirantes a buscón y carterista, el Madrid que había mitificado en mi adolescencia de lecturas de Cela y Aldecoa, Ferlosio y Gómez de la Serna, es hoy una gloriosa síntesis de ágora global, hotel de toreros, mercado de valores, tasca resplandeciente y juegos infantiles en el Retiro. Sobrevivió a sí misma. A sus gobernantes. A los bombardeos y al cerco. A la plaga terrorista, al butroneo nacionalista, al Covid. Al bajar del taxi cierro los ojos. Una señora tacha de hijo de puta a un político. Suena una ambulancia. Tintinean los vasos de una terraza. He vuelto.