¿Y si la ley trans fuese peligrosa?
«Para Abigail Shrier la moda trans puede causar más daño del que quiere evitar»
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Hay verdades, o puntos de vista, que incomodan tanto que pocos son capaces de echarles un vistazo por encima ni siquiera por curiosidad. El sistema, la política y los medios se empecinan en dar por buenas ideas que pueden ser perniciosas. He ahí la ley trans. La periodista Abigail Shrier, columnista de «The wall street journal» publica en España «Un daño irreversible, la locura transgénero que seduce a nuestras hijas» (Deusto), un libro que echa por tierra los mantras que lanza Irene Montero desde el ministerio de Igualdad, creyéndose la salvadora de un mundo que apenas conoce, como una iluminada buenista, que es el perfil que más daño puede infligir a una sociedad boquiabierta. Shrier documenta el porqué del incremento de las terapias de cambios de sexo. Piensa que asistimos más bien a otra batalla cultural que se libra en las redes y en ciertos ámbitos educativos de Estados Unidos y que ha saltado a Europa con euforia desatada sin que la mayoría de pregunte a qué se debe. La denuncia es clara. Desde su perspectiva feminista y progresista cree que la ley trans puede causar más sufrimiento del que quiere evitar. Hablamos de chicas adolescentes que se dejan llevar por comunidades de «influencers» y por terapeutas que las empujan a tomar una decisión arriesgada. En ningún momento la periodista niega que exista la disforia de género, pero se pregunta por qué hasta hace bien poco se daba en menos del 0,01 por ciento de la población, y sobre todo en varones. Ni que decir tiene que la investigación ha sido tildada de transfobia y algunas voces han pedido que el libro fuera censurado, lo que nos lleva al problema mayor: la opinión que marca el sistema no puede ser rebatida si no se quiere acabar en la hoguera como los libros de Asterix, solo que en este caso estamos hablando de personas que tal vez en una edad adulta sientan que la ideología imperante las ha hecho desgraciadas. ¿Cuesta tanto escuchar otras voces? ¿En qué momento se perdió el sentido común?