ETA

Pongamos que Popper

«La intolerancia con el intolerante debería revestirse de potente resistencia civil»

Pongamos que Karl Popper no era austríaco. Pongamos que tampoco vivió en la Europa de 1945. Y pongamos que, reconvertido en español del siglo XXI, decidió mirar a su alrededor el pasado fin de semana, quizá hacia el País Vasco, quizá hacia Madrid. Es probable, entonces, que el filósofo de la paradoja de la tolerancia descubriera la vigencia aún hoy, más de medio siglo después, de los postulados que fijó en la vorágine del sinsentido y las grandes guerras: si queremos una sociedad tolerante, habrá que ser intolerante con la intolerancia, propugnaba. Y sus palabras resonaron en el sábado de ignominia y convulsión callejera. La manifestación a favor de Parot en Mondragón y la de un grupúsculo nazi y homófobo en Chueca se cruzaron en una especie de «scalextric» imaginario, desafiante y mezquino, y relanzaron el eterno choque entre las libertades (de expresión, reunión, manifestación) y la defensa de los valores que sostienen al Estado de derecho. Acostumbrados al recurso compulsivo a los tribunales y al derecho penal, la intolerancia a los intolerantes no puede (solo) reducirse a prohibiciones judiciales (que se darán o no), sino que debe expandirse hasta interpelar a toda la sociedad para revestirse de potente resistencia civil. Como la que se articuló y actuó de muro para modificar la cita abertzale que terminó transmutada en alegato contra las penas de cárcel a los presos etarras. Una victoria, limitada y discreta, pero cierta y tangible. La fuerza de los ciudadanos enfrentada a la cotidiana e incomprensible normalización de los «ongi etorri» en el País Vasco, esas reliquias despiadadas y feroces, festejos macabros imposibles de encajar en la Europa contemporánea. Pura exaltación de la violencia. La «revictimización» que generan, y que denuncia Maite Pagazaurtundúa, debería impulsar la más firme y tajante intransigencia. Una intolerancia al intolerante en la que no caben concesiones a los ecos de miedos pasados, pero en la que sí cabe, puede caber, el perdón como opción personal que retrata «Maixabel», la película de Icíar Bollaín estrenada en el Festival de San Sebastián, a pocos kilómetros del indecente homenaje. Paradojas que construyen la vida. Paradojas que evocan a Popper.