La revolución

Cuando los guerrilleros echaron a Somoza cambiaron a un caudillo hijo de puta por una pandilla de iluminados de la que salió Ortega que ahora gobierna a lo Ceaucescu

FOTO: Jorge Torres EFE

Todas las revoluciones se revolucionan de tal manera que terminan en el punto de partida: perpetuar lo que querían abolir. El poder es un nido en el que se suceden unas alimañas a otras previa degustación de su carne. Daniel Ortega en Nicaragua no es más que uno de esos pájaros que descabalgó una dictadura para montarse en otra, duro con las espuelas, un lenguaje cabrón, de rodeo sin darle más vueltas. En la época dorada de los llamados cantautores miles de lo que hoy serían perroflautas, pero que sin embargo llegaron a dirigir empresas, babeaban con las canciones que gritaban por la salvación de las almas de algunos países que no han encontrado a día de hoy más futuro que la nostalgia. Nicaragua era uno de ellos. Silvio Rodríguez, buen músico, lleva el pecado original de envolver en almíbar la voz del mal. Suya es una de las canciones que alabaron el asalto sandinista: «Canción urgente para Nicaragua» que al fin se hermanaba con Cuba en el destino cruel de la opresión. Todo lo que anhelaban para América Latina se ha vuelto realidad. Un comunismo tardío que no es más que el reflejo de lo anacrónico de un continente que podría ser cabeza de león y se quedó en cola de ratón. Medio siglo lo separa de la modernidad si es que ya podemos fiarnos de esa palabra. Cuando los guerrilleros echaron a Somoza cambiaron a un caudillo hijo de puta por una pandilla de iluminados de la que salió Ortega que ahora gobierna a lo Ceaucescu y que en algún momento acabara como el sátrapa rumano.

Tal vez no fuera tan mala idea que Reagan, contraviniendo todas las reglas, quisiera parar el golpe. Al cabo, qué le espera ahora a los nicaragüenses, quién les cantará puño en alto y suavecito, que es la manera para que los buenos sentimientos calen en lo que llaman opinión pública. En la revolución francesa rodaron las cabezas de la realeza para poner de moda otros peinados. Siempre lo mismo. La estética de los nuevos se impone a la decencia. Es lo que pasa con otras algaradas: buenismo a cambio de miseria.