Lo que Sánchez/Wallace diga

A los ciudadanos pronto no les quedará más salida que la insumisión

Julio Valdeón

Asistimos al invierno nuclear de los consensos. Al igual que sucede en tiempos de guerra, no hay colina que no pueda ser tomada ni carretera segura. Cada mañana despertamos bajo la artillería de los perdonavidas. Lo que ayer parecía impensable hoy ni calienta el brasero mediático. El penúltimo atropello tuvo lugar este miércoles, cuando buena parte del arco parlamentario firmó una carta donde pide mordaza, mazo o tijera. En nombre del decoro, el progreso y las buenas costumbres reclaman las acreditaciones de los revoltosos y la cabeza de quienes no pisan levitas. Aspiran a censurar a los periodistas que les toquen los huevos. Llaman careo ideológico a los cuestionarios no dictados a golpe de autotune o jefe de prensa. Si estos pollos hubieran asistido a las discusiones de Obama y los enviados de Fox News, pedirían las sales, y directamente un desfibrilador de haber escuchado las agrestes controversias entre Trump y CNN. Nuestros estalinistas cursis (©Raúl del Pozo) odian la libertad de prensa. Piensan en coloristas unanimidades. Sueñan con consensos nacidos en la plaza de la Revolución, donde la guillotina ejercía de obelisco dentado y los disidentes recibían una pedagógica dosis de acero. Los políticos del Frankenstein actúan igual que las señoritas de las películas de Ford, cuando embarcan en la diligencia al médico borracho y a la rubia maciza, lejos de la ciudad y sus almas puras. Veinticuatro horas más tarde del lío descubrimos que el gobierno planea nuevas etapas de la mesa de diálogo en Cataluña. Recupera un organismo trucho. Uno que opera al margen de la voluntad popular y las instituciones regladas, esas que usan y abusan de parte los días que no deciden ignorarlas. Bajo la cobertura amable de un diálogo unidireccional los emisarios del ejecutivo y del golpismo hablan lejos del foco. A salvo de preguntas calientes. Prefieren ocultarse en el alcantarillado para regar sus negocios. Dejan fuera a la mitad de Cataluña, excluida de cualquier contacto. Como si los constitucionalistas fueran leprosos. O como si los chambelanes y aristócratas del nacionalismo fueran los únicos portavoces autorizados del gentío. Fuera del nacionalismo no caben más que nacionalistas de signo inverso. Sólo los nacionalistas son catalanes químicamente puros y, por tanto, sólo ellos hablarán en nombre de Cataluña. Sucede algo similar con la lengua, al aceptar que una, el catalán, reciba la etiqueta de propia, mientras que otra, mayoritaria en la región, es arrojada a las tinieblas exteriores. Rociada de estigmas. Señalada como impropia. Con semejante munición sobre nuestras atribuladas cholas sorprende poco ya la hipótesis de que aceleramos hacia la arbitrariedad jurídica, inmersos en los primeros y brutales compases de un despotismo en absoluto ilustrado. Algunas de las mejores cabezas del país comentan que a los ciudadanos pronto no les quedará más salida que la insumisión. No en contra sino a favor de unas leyes amenazadas como raros argalis o dulces ajolotes. O como los Freedom Riders de Mississippi, mientras George Sánchez Wallace invoca el poder de la masa enardecida para consolidar el imperio de su sacrosanto cipote. Único faro reconocible en el ocaso del contrato social. Con los esforzados intelectuales orgánicos dale que te pego para justificar y vendernos cada una de sus jugosas marranadas.