Veintiséis dólares

Y Manuel vivió, porque el padre Ignacio Doñoro apostó por su pequeña existencia

Cristina L. Schlichting

Es lo que cuesta un niño en El Salvador, veintiséis dólares, al menos lo que le costó al cura Ignacio María Doñoro de los Ríos. El sacerdote Doñoro es vasco, de Bilbao. Nació en 1965, así que creció en los sangrientos ochenta y quizá por eso –también por ello– se hizo cura y militar. Le tocó la comandancia vasca y asistió a los deudos, comprobando que se sentían culpables por el asesinato del marido o el padre. Vio a sus amigos evitando los funerales para que nadie los señalase. Celebró misas realizadas casi de noche, para sacar después los cuerpos sigilosamente hacia el cementerio. Los guardias civiles del cuartel de Inchaurrondo se echaban al monte a recoger cuanto pudiesen del cuerpo de un compañero, desperdigado por las bombas. Con todo aquello componían un cadáver a duras penas, para que la viuda tuviese algo que llorar. Extenuado como todos, a Doñoro lo mandaron sus superiores a Bosnia y Kosovo para que se recuperase (se ve que en el ejército sobran ideas). En Istok aprendió a no encender un cigarrillo por la noche, de modo que los francotiradores no le volasen la cabeza. O a pedir un entierro digno cuando descubría un brazo sobresaliendo de la tierra.

Fue en El Salvador, trabajando en una misión internacional, cuando se enteró de que unos padres acababan de vender a su hijo pequeño, paralítico de medio cuerpo. Las niñas mayores pasaban hambre, así que el uno por las otras. Los traficantes son crueles y no perdonan un pacto quebrantado, de modo que el cura se disfrazó de mafioso. Se presentó en la choza y preguntó el precio de la operación. «Veinticinco dólares», le dijo el padre. Había barajado cantidades superiores. Hizo una pausa, esperó a que el cabeza de familia sopesase los riesgos, y explicó que él se llevaba al niño por un dólar más. No sabe muy bien por qué aceptaron. Tal vez porque un dólar es mucho en mitad de la miseria. Y Manuel vivió, porque el padre Ignacio Doñoro apostó por su pequeña existencia. En la clínica a la que lo llevó lo curaron fácilmente, lo suyo era una enfermedad corriente en la zona. Así nació el primer Hogar Nazaret. Desde entonces hay varios por el mundo. El mismo cura vive en uno, en la selva amazónica de Perú, donde los niños indígenas son abandonados cuando nacen de relaciones ilícitas. Hace años que el sacerdote recibió la llamada. «Padre, soy yo, Manuel, estoy bien. Me he casado». Ya tenía treinta años.

En esta Navidad, es posible ayudar a Ignacio María Doñoro de los Ríos en hogarnazaret.com o IBAN ES32 2100 5450 6102 0009 4211