Los espías y el más viejo de todos nuestros problemas

Casteleiro, además de recuperar la imagen dañada estos días del CNI, está obligada –aunque nunca sepamos los detalles– a averiguar qué ha ocurrido con «Pegasus»

FOTO: Eduardo Parra Europa Press

John Le Carré (1931-2020), que en realidad se llamaba David John Moore Cornwell, ya lo explicó en 1974 en su novela «El topo»: «Es el más viejo de todos nuestros problemas, ¿quién puede espiar a los espías?». Esperanza Casteleiro, la sustituta de la destituida Paz Esteban al frente del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) tiene un trabajo urgente, además de calmar los ánimos de su personal, que despidieron a su predecesora con un largo aplauso. Castelerio ya conoce «La casa» que es como denominan los propios agentes al CNI. Fue persona de confianza de Alberto Sáez Cortés, el director que José Bono logró poner al frente del espionaje español, en contra de la opinión expresa del rey Juan Carlos, como detalla Fernando Rueda en su libro «Al servicio de su Majestad», presentado en público por el propio ex ministro de Defensa, que no desmintió ni mucho menos al autor. La nueva jefa del CNI no era la más popular en su momento en «La casa», pero los espías se adaptan con facilidad a las situaciones cambiantes y tendrá menos dificultades de las que auguran los profetas de lo catastrófico y los que desearían que fracasara.

Casteleiro, además de recuperar la imagen dañada estos días del CNI, está obligada –aunque nunca sepamos los detalles– a averiguar qué ha ocurrido con «Pegasus», el programa que espió a Sánchez y a Robles, y cómo trascendieron las escuchas a los indepes catalanes. Ahí entra el papel que ha jugado el Citizen Lab, que destapó el asunto y que se define como «un laboratorio interdisciplinar especializado en tratar de resolver problemas en el área de intersección entre tecnología, derechos humanos y seguridad global». Carsten Moser, vicepresidente de la Fundación Euroamérica, observador agudo de la realidad y europeísta entusiasta, ha apuntado con sagacidad en Mundiario que hay incógnitas sobre el funcionamiento de Citizen Lab que, por cierto forma parte del Instituto Munk en la Universidad de Toronto, fundado y dirigido por Ronald Deibert, un antiguo miembro del Servicio de Inteligencia Canandiense. Moser no duda de esa Universidad, pero pregunta por qué Citizen Lab, que durante años ha estado del lado de los indepes, no se integra, por ejemplo, para ser más creíble bajo el paraguas de la ONU. También queda en el aire la mezcla de intereses públicos y privados en sus investigaciones y más asuntos. En definitiva, ¿quién controla al controlador? Esperanza Candeleiro, aunque no lo sepamos, no puede mirar hacia otro lado, sino que debe abordar «el más viejo de todos nuestros problemas», como diría Le Carré.