Y ellas vivirán felices

El sufrimiento de las afganas se ha transformado en el desolador paradigma de tantas tragedias que conmueven para concluir, después, estrelladas contra las barreras de nuestra impotencia

FOTO: Ebrahim Noroozi AP

Reconozcámoslo. De lo que no se habla, no existe. O termina por no hacerlo. Cuántas causas, por buenas o, incluso, excelentes que fueran, han terminado por diluirse, engullidas por el inexorable paso del tiempo o arrolladas por la aceleración del presente. Cuántos buenos empeños han quedado sepultados por el aluvión de actualidades y urgencias informativas. Cuántos impulsos, bocanadas y corrientes solidarias concluyen su periplo arrumbadas en el rincón del vacío más absoluto, inmersas en una sensación de fracaso, tan parecida al abandono, asimiladas al más oscuro de los olvidos. El riesgo de la desmemoria, del silencio impuesto siempre está ahí. Y bien lo saben, sin ir más lejos, los afganos y las afganas. Se cumple ahora un año desde que los talibanes tomaron (o retomaron) Kabul y precipitaron la salida de las tropas de Estados Unidos del país.

Al impacto de las imágenes que ponían fin a la posibilidad de llevar la democracia a un Afganistán demasiado azotado por las crisis a lo largo de su historia, de aquellas escenas en las que miles de personas colapsaban el aeropuerto en desesperados intentos de escapar del régimen que se les avecinaba, las más de las veces infructuosas, se sumaba la sensación colectiva de fracaso con la certeza del infierno que se cernía sobre una población tantas veces oprimida, en especial las mujeres. Un horizonte de terror que se iba dibujando con la seguridad de que se impondría ya sin la mínima vigilancia de las fuerzas internacionales. Una tragedia a cámara lenta que, con certeza, llegaría y que se diluiría no solo por el paso del tiempo sino por la manifiesta ausencia de observadores.

A lo largo de estos doce meses la información ha ido llegando con cuentagotas de la mano de periodistas que se han arriesgado a través de medios tradicionales o de sus propias cuentas en redes sociales. Hemos logrado saber, eso sí, que los talibanes han impuesto, de nuevo, el uso del burka, arrancando a las mujeres otro derecho de una lista en la que ya faltan la educación, la opción de viajar solas o la posibilidad de escuchar música. El sufrimiento de las afganas se ha transformado en el desolador paradigma de tantas tragedias que conmueven para concluir, después, estrelladas contra las barreras de nuestra impotencia. La crudeza de los límites que termina encajando en los versos de Hierro, «después de tanto todo para nada». Y el periodismo recurre a aniversarios, a fechas señaladas, como inútil recordatorio frente al eco de aquellas palabras que pronunciaron los talibanes y que suenan ahora como una macabra maldición: «Las mujeres vivirán felices». Sin testigos que lo vean, les faltó decir.