España

Mucho Isabel II pero de Gibraltar ni hablamos

Una nación que no se respeta ni se hace respetar, que siente vergüenza de sí misma, tiene las horas contadas

Los 12 días de luto por esa gran Reina que ha sido Isabel II han servido para certificar que España está rendida a la monarquía... británica. Ni siquiera en los años de esa Segunda Restauración borbónica que fue la Transición observé semejante afección a una institución que, aunque resulte intelectualmente antediluviana, es lo mejor que nos puede pasar si la colamos por el tamiz del pragmatismo. Por algo las democracias más avanzadas son regímenes similares al británico o el español. Los monárquicos parecían estos días salidos de debajo de las piedras, demostrando lo aldeanos que podemos llegar a ser cuando nos deslumbramos por lo de fuera mientras despreciamos lo que hay intramuros. Si Felipe VI contara con semejante nivel de afección, tendrían trabajo hasta los tataranietos de los tataranietos de Leonor. Cosa bien distinta es la sana envidia que nos ha provocado la lección de marketing, respeto a sus tradiciones e instituciones y orgullo patrio que han protagonizado los británicos, performance que ya nos gustaría a nosotros para los días de fiesta. El catafalco se nos hizo familiar y las infantiloides rabietas de Carlos III nos entretenían desayuno, comida y cena. Y durante casi dos semanas que se dice pronto: cualquiera diría que estábamos ante una serie televisiva de ésas, mismamente The Crown, que nos enganchan cual implacable droga. Más allá de estas consideraciones, he echado de menos algún gesto de protesta de Zarzuela y Moncloa por ese robo tricentenario que constituye Gibraltar. Cuando lo planteé esta semana en El Programa de Ana Rosa, varios contertulios me miraron como si fuera un marciano. Lo cual demuestra que la nación de El Cid, Colón, Hernán Cortés, Pizarro o la Guerra de la Independencia es ahora un nido de cobardes. Sostenían los adversarios dialécticos que mi planteamiento es extemporáneo. Todo lo contrario: pocas veces fue tan oportuno. Y que nadie se engañe: Gibraltar no caerá «como fruta madura», como sostenía Franco. Olvidaban que ellos mismos, bastante más veteranos que yo, aplaudieron a rabiar la decisión de la Casa del Rey de rechazar la invitación de Isabel II a la boda de Carlos y Diana en 1981. Don Juan Carlos y Doña Sofía dijeron «no» al conocer que emprenderían el viaje de bodas en Gibraltar embarcándose en el megayate real Britannia. Debió de ser uno de los últimos gestos de dignidad de una nación que, salvo ese aznarismo en el que regresamos coyunturalmente a la primera división mundial, no es ni una mala sombra del imperio en el que no se ponía el sol. Yo me pregunto por qué desde tiempos de la UCD lo de Gibraltar pasa por ser un anatema ausente del guión oficial. Sólo ese gran canciller que fue Margallo se atrevió a poner de nuevo este anacronismo territorial en la lista de prioridades en materia exterior. Hay mil motivos para resucitarlo pero sólo uno de ellos bastaría: es la última colonia existente en Europa. Las 18 restantes en el planeta son islitas de nada retenidas por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, bien por razones fiscales, son zonas offshore, bien por motivos militares –caso de Diego García o Guam–. La otra es ese Sáhara que entre el dictador y Juan Carlos I abandonaron a su suerte. Pero ninguna atesora la importancia geoestratégica de un Peñón que secularmente fue español: con los visigodos, con los musulmanes, después con la Corona de Castilla, más tarde con los austrias y finalmente con el primer borbón, el caricaturesco Felipe V, que consintió el Tratado de Utrecht. Una nación que no se respeta ni se hace respetar, que siente vergüenza de sí misma, tiene las horas contadas.