Un favor de Biden con los gaseoductos

La Casa Blanca ya había amenazado con volar el Nord Strean2 si Rusia invadía Ucrania

FOTO: WOLFGANG RATTAY REUTERS

La gente del común tiende a no creer lo que no quiere creer, es decir, aquellas cosas que suponen una alteración grave de su imaginario o de su escala de valores. Bajo esta premisa, vamos al lío.

Primero. Washington nunca vio como buenos ojos la creciente dependencia europea del gas ruso. Así, Donald Trump, con su finura habitual, calificó de estupidez que Alemania hubiera financiado el gaseoducto Nord Stream II, señaló que los alemanes acabarían siendo cautivos de Rusia y se quejó de que Estados Unidos tuviera que poner la parte del león en los presupuestos de la OTAN, mientras la Unión Europea financiaba a Moscú con las importaciones de energía. Pero, claro, era Trump, ese loco de atar de nuestra progresía, y el asunto pasó entre chascarrillos de la Prensa alemana y las corteses críticas de Berlín. Luego, llegó Joe Biden, uno de los nuestros, aunque no tanto como Obama, y se descolgó en febrero de 2022 con esta sucinta declaración: «si los tanques rusos invaden Ucrania no habrá más Nord Stream 2». A su lado, pues estaban en una rueda de prensa conjunta, el canciller alemán Olaf Scholz puso cara de sueco y balbuceó algo sobre graduar las sanciones a Rusia. Pues bien, en efecto, ya no hay Nord Stream 2, como había amenazado el presidente de los Estados Unidos, que, por cierto, seguía las recomendaciones unánimes del Congreso y del Senado de su país con respecto a la dependencia europea del Kremlin.

Segundo. Los gaseoductos saboteados discurren por el fondo del mar Báltico, a cuyas costas se asoman nueve países aliados de la OTAN, si contamos a Finlandia y Suecia, siempre con un ojo puesto en los movimientos de los submarinos rusos y atentos al posible paso de buques que pudieran actuar de nodriza de los sumergibles enemigos. Las últimas maniobras navales de la OTAN en la zona, celebradas en junio pasado, tenían, como es lógico, un fuerte contenido antisubmarino, con despliegue a tutiplén de sonoboyas y otros medios de detección.

Tercero. Si hay alguna potencia capaz de operar con precisión a altas profundidades marinas es Estados Unidos. También los rusos, cierto, pero una maniobra tan compleja, como volar simultáneamente dos gaseoductos por varios puntos y, además, hacerlo en aguas hostiles, implica algo más que unos minisubmarinos y mucha suerte.

Cuarto. Dado que la llave del gas la tiene Rusia, es decir, que puede dejar sin combustible a media Europa con solo cerrar las válvulas, como, por cierto, ya hizo en verano, bajo la excusa de unas labores de mantenimiento de la red gasística, haría falta alguna prueba para sostener la acusación de que Vladimir Putin ha decidido dañar, precisamente, la instalación que le permite suministrar gas a Alemania y, al mismo tiempo, fastidiar a Polonia y Ucrania, las bestias negras de Putin, que se quedan sin cobrar los sustanciosos derechos de paso por sus gaseoductos terrestres. Argelia le ha hecho lo mismo a Marruecos, pero sin necesidad de volar nada.

Quinto. Los Estados Unidos son nuestros aliados y quieren lo mejor para nosotros. Así que, seguramente, Joe Biden, ordenando dinamitar los gaseoductos de marras, nos ha hecho un favor ¿Qué no hay pruebas? Las mismas que para acusar al tío Putin.