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Los héroes

Tiempo de lectura 4 min.

21 de agosto de 2017. 22:30h

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Julio Valdeón 21/8/2017

Cuando murió Mohamed Ali bien que celebramos su audacia, la bravura del tigre negro que bailaba como una mariposa y picaba como una avispa. Lo arriesgó todo, y lo primero el cinturón de los pesos pesados, por defender a sus compatriotas más castigados. Ali fue el anti O.J. Simpson, que vivió en la perpetua negación del agujero racial en el país de Lincoln y MLK para despertar, años más tarde, con el dinosaurio de la raza adosado al cuero. Pues bien, estamos en 2017 y un atleta, Colin Kaepernick, gran estrella de los San Francisco 49ers, se encuentra sin equipo como represalia por haber osado arrodillarse durante la pasada liga mientras sonaba el himno nacional. Lo hizo, acompañado por varios compañeros, para subrayar su dolor por las reiteradas muestras de violencia y discriminación que ensucian la reputación de los cuerpos policiales en EE UU, e incluso, a menudo, del propio sistema jurídico. A Colin, con su peinado afro y sus gestas sobre el tapete verde, lo han castigado por ensuciar mediante reclamaciones políticas y algarabías sociales un territorio tan alérgico a la política, y por lo tanto a la realidad, como el fútbol americano. No sucede lo mismo en otros deportes, y en especial, tal y como recordaba Ken Belson en el «New York Times», en la NBA, cuyas estrellas acostumbran a opinar de lo divino y lo humano. Pero el fútbol americano viaja por otros cauces. Quiere a sus héroes mudos. O en el mejor de los casos tan balbuceantes y patéticos como el más reluciente de los astros del balompié. Estamos tan acostumbrados a unos figurones del deporte anestesiados, a unos ídolos de la música tricotados por un departamento de publicidad, a unos actores semianalfabetos, que la mera posibilidad de encontrar a un Kaepernick provoca escalofríos en una audiencia que sólo busca la palmadita cómplice y nunca la posibilidad de que alguien sacuda nuestras intuiciones, centrifugue nuestro pensamiento y coloque bajo la lluvia nuestros muy aquilatados prejuicios. Menos mal que, en un acto digno de Kurosawa y sus samuráis, más de cincuenta agentes de la policía de Nueva York se manifestaron anteayer para solidarizarse con el bueno del jugador. Entre ellos estaba Frank Serpico, al que acusaron de traidor en su día por motivos que no necesitan explicarse. Aparte, lo hicieron por nosotros Sidney Lumet y Al Pacino en una película admirable (si no la recuerdan corran a verla online; cuando no la encuentren maldigan la era del streaming y su oferta menguante). Los policías de Nueva York, con más razón que quienes reparten indultos y abominan de herejes mientras sorben un zumo frente al sofá, pueden hablar y hasta despotricar de las contradicciones y dolores de un trabajo en la línea de fuego. Discutir determinadas prácticas y reclamar la erradicación de ciertos patrones de conducta no implica renegar del trabajo de unos profesionales generalmente admirables. Gente valiente, sí, que coloca su vida en la ruleta sin creerse inmune a la ley, sus engorrosos trámites y sus aburridos límites. O fulanos como Kaepernick, que prefería mirarse al espejo antes que firmar otro contrato millonario. Con un par. Como Ali.

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