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Una mala estrategia

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Tiempo de lectura 4 min.

14 de septiembre de 2018. 23:19h

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Tomás Gómez 14/9/2018

Cuando el Sr. Sánchez presentó la moción de censura muchas cabezas en el PSOE pensaron que lo que debía hacer era convocar elecciones para legitimar con las urnas el gobierno y, al tiempo, despegarse de los independentistas que le prestaron sus votos. Lo primero que hizo el nuevo presidente fue nombrar su gobierno. La opinión pública, cansada de los últimos meses del Sr. Rajoy y de la inmovilidad del gobierno del Partido Popular, valoró positivamente a los miembros de su gabinete y eso dio un respiro al PSOE, que en las últimas elecciones había tocado suelo histórico.

Esta mejora en la opinión ciudadana podía haber sido el combustible con el que el Partido Socialista lograse una victoria electoral, sin embargo, el Sr. Sánchez decidió usar ese impulso para mantenerse en la presidencia. El saldo de ganancia electoral no está claro en este momento. En tan solo 100 días se han acumulado las crisis, dos ministros han dimitido y las controversias se han resuelto en la mayor parte de los casos con rectificaciones. Si la dimisión de la ministra de Sanidad se hubiese producido cuando estalló la noticia, el mayor perdedor no hubiese sido el Partido Socialista, sino el Sr. Casado.

El líder popular ha ganado tiempo ligando las responsabilidades sobre su Máster a la decisión de la justicia. Pero una dimisión temprana de la Sra. Montón habría aumentado la presión sobre él por comparación y la confrontación se hubiese librado en torno a la figura del Sr. Casado, impasible ante los mismos hechos que hicieron dimitir a una presidenta autonómica y a una ministra. Sin embargo, la Sra. Montón pensó que podría salvarse y aguantó hasta que el asunto terminó con su dimisión motivada por el plagio y no por las irregularidades de un Máster que, por otra parte, eran similares a las que afectan al líder de la oposición.

Por si fuera poco, su renuncia se produjo minutos después de que el presidente del Gobierno y el secretario de Organización del Partido Socialista la respaldasen en sede parlamentaria. Lo peor para el gobierno es que hubo más efectos colaterales, de esta manera, la credibilidad del ejecutivo puede volver a verse mermada porque la presión se ha situado en torno a la figura del Sr. Sánchez y su tesis doctoral. En la sociedad española actual este tipo de sospechas hacen más daño a la imagen de las personas públicas que otras cuestiones que pueden tener mayor trasfondo, por tanto, es muy difícil salir ileso de una situación como la que tiene el Sr. Sánchez.

Pero, incluso saliendo airoso del envite que le hizo el Sr. Rivera y al que se han sumado los medios de comunicación, cuestión nada clara, parece difícil de mantener la normalidad en la gestión gubernamental, algo que era previsible hace tres meses cuando la solución era más sencilla. En efecto, en junio una convocatoria de elecciones hubiese dejado al PSOE en una situación privilegiada frente a todos los demás, pero si el gobierno decide convocar elecciones ahora el relato que quedará en la opinión pública es que se ha visto obligado por las irregularidades en los curriculum de los miembros del gabinete.

Además, las elecciones andaluzas serán con toda probabilidad a finales de noviembre y si el Sr. Sánchez intenta subirse al caballo del poderío del PSOE andaluz perjudicará los intereses socialistas en el sur. En cambio, si decide no convocar de momento, no se puede predecir cuánto puede aguantar dada la situación que se ha creado ni cuál puede ser la imagen del gobierno dentro de otros 100 días. Una mala estrategia termina por pasar factura siempre.

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