Galicia

Viaje a ninguna parte

La Razón
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Escribía Ortega, aficionado a los retruécanos, que lo que nos pasa a los españoles es que no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa. Pedro Sánchez si sabe lo que le pasa que es que nunca va a presidir el Gobierno de España y de ahí sus incomprensibles y retorcidos viajes a ninguna parte salvo a unas terceras elecciones que sellarán su destino como incordio de la política socialista. Las elecciones territoriales en Galicia y País Vasco, cuyos resultados se habrán conocido anoche, sólo han supuesto una prórroga para este especialista en ganar tiempo y hacérselo perder a los demás. Lo más que habrá podido rascar es una asistencia a la gobernación del PNV. Mejor cuando Patxi López pudo ser lehendakari con el apoyo del PP, al que nunca se lo agradecieron. Pero eso no da para una investidura ni tocándole la flauta a la corrompida y reinventada derechona independentista y demás partidarios de la república catalana «para ayer». Además suma la confusión de su partido a la de Podemos, que demuestra que todo izquierdista es divisible al menos por dos, y cada trotskista por más de tres. Podemos ha ido a repensarse a la Complutense, Universidad o huevo de la serpiente de la que nunca debió salir, en un enfrentamiento virtual entre Iglesias y Errejón. Y cuidado con este cordero que es más correoso que don Pablo, un artista de la falsificación política y un disfrazado táctico de la moderación. El que está en funciones como secretario general de lo suyo es el caudillo socialista, a la espera de un congreso que le normalice, y es capaz en su rebotica de puentear a su Comité Federal con una consulta a la militancia, maniobra a la que es propenso, esa democracia directa sobre 150.000 militantes que suplirán a más de cinco millones de votos. Es como si los militantes republicanos y demócratas decidieran el duelo Clinton-Trump. Tiene toda la razón Núñez Feijóo suponiendo que Sánchez en la oposición de un Gobierno minoritario sería el hombre más poderoso de España, pero el personaje hace suyo el lema borgiano de «aut Caesar aut nihil», o la Moncloa o nada, sabiendo que tras esta tormenta se le abre el amable horizonte de la vida privada. Valle Inclán entraba en las tertulias vociferando: «Señores, no sé de qué hablan pero me opongo». Pudiera ser el pedestre entendimiento de Sánchez sobre democracia y socialismo.