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Restablecida la Ley en Cataluña, el Rey apela a la concordia

Tiempo de lectura 4 min.

25 de diciembre de 2017. 22:31h

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25/12/2017

Su Majestad trasladó al Salón de Audiencias del Palacio de la Zarzuela el escenario de su tradicional alocución navideña. No es la primera vez que el Rey se dirige a los españoles desde un lugar diferente a su habitual despacho de trabajo. Ya en la Nochebuena de 2015, cuando la Nación atravesaba una de las crisis políticas más notables de su historia reciente, con un Parlamento fragmentado que, a la postre, daría lugar a una legislatura fallida y a la convocatoria de nuevas elecciones, Don Felipe VI sorprendió a todos al escoger el imponente Salón del Trono del Palacio Real de Madrid para dirigirse a los españoles. Ante la incertidumbre que se avizoraba en el horizonte político más inmediato, el centenario Salón del Trono traía al imaginario ciudadano la grandeza de una Nación multisecular, forjada en la unidad y el esfuerzo colectivo y que había sido capaz de superar las más graves dificultades. En esta Navidad, el Rey nos abrió el Salón de Audiencias, el lugar donde la Monarquía Constitucional se encuentra a lo largo del año con representaciones de todos los sectores sociales, empresariales y culturales que demandan la atención de la Jefatura del Estado y, también, el lugar donde Su Majestad mantiene el encuentro previo a las consultas con todas las fuerzas parlamentarias para la designación del candidato a la investidura de la presidencia del Gobierno. En definitiva, un lugar que representa a la perfección a la Monarquía de todos.

Este año se había despertado un evidente interés entre los ciudadanos por escuchar las palabras del Rey tras las cercanas elecciones autonómicas en Cataluña que si bien representan el restablecimiento de la legalidad y la normalidad democrática en el Principado, dejan abiertas muchas y preocupantes incógnitas sobre el futuro más inmediato. Más aún, cuando el discurso de Su Majestad del pasado 2 de octubre, en plena acción golpista del Gobierno de la Generalitat que presidía Carles Puigdemont, representó el punto de inflexión de la crisis separatista y restauró los ánimos y la confianza en la democracia española de una sociedad atónita ante lo que estaba viviendo. Y, a nuestro juicio, no defraudó el Rey al interés despertado. Porque el discurso de Su Majestad que, por supuesto, no eludió la cuestión de Cataluña, tuvo la virtud esencial de anteponer la realidad española frente a la caricatura minuciosamente dibujada por los impulsores del proceso separatista catalán, basado en el menosprecio de nuestro Estado de Derecho y en la negación de los atributos que encarna una de las naciones más libres de las que integran el concierto internacional. Así, Don Felipe reivindicó a la España democrática, moderna, ejemplo de respeto a los derechos humanos y a la que cabe incluir entre las más equitativas a la hora de distribuir la riqueza nacional. «Una España abierta y solidaria –en palabras del propio Monarca–, no encerrada en sí misma; una España que reconoce y respeta nuestras diferencias, nuestra pluralidad y nuestra diversidad, con un espíritu integrador; una España, en definitiva, inspirada en una irrenunciable voluntad de concordia». Esa misma pluralidad es la que, como recalcó ayer el Rey en un mensaje inequívoco a los nacionalistas catalanes, deben respetar quienes gobiernen Cataluña a partir de ahora. Si el orden constitucional se ha impuesto en esa comunidad, falta el cambio que devuelva a la sociedad catalana a la convivencia, la serenidad y el respeto mutuo. Y este camino no podrá llevarse a cabo, señaló Don Felipe, si quienes integran el nuevo Parlament no actúan pensando en el bien común y en los intereses generales de todos los catalanes. Y para ello es imprescindible el acatamiento de los principios y valores de nuestro Estado de Derecho, porque cuando estos principios básicos se quiebran, la convivencia se deteriora, primero, y luego se hace completamente inviable.

Pero no solamente la crisis separatista catalana estuvo presente en las preocupaciones del jefe del Estado, que son las mismas que las de sus conciudadanos: la mejora de la calidad del empleo, la responsabilidad de afrontar las actuales desigualdades sociales que, pese a los avances de nuestra economía, ha dejado la secuela de la crisis financiera internacional; el terrorismo de origen yihadista, la batalla contra la corrupción, la defensa del Medio Ambiente ante el cambio climático, nuestra contribución a una Europa que se halla en una auténtica encrucijada, y la lucha contra la violencia de género completaron el discurso real, cercano y directo como siempre.

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