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Un pulso comercial sin beneficiario

Tiempo de lectura 4 min.

16 de agosto de 2018. 00:57h

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16/8/2018

Los mercados internacionales padecieron ayer de nuevo el severo contagio de la crisis turca y su pulso comercial con Estados Unidos, por lo demás uno de sus principales aliados en la OTAN. La Bolsa española sufrió especialmente hasta retroceder al mínimo anual lastrado por la desconfianza de los inversores en la inestabilidad financiera y la notable exposición de alguno de nuestros valores principales en el país presidido por Erdogan. El seísmo económico otomano, con su lira al borde del precipicio y en respiración asistida por las autoridades, tiene múltiples variables que señalan especialmente a un crecimiento artificioso del país cimentado en un extraordinario endeudamiento. Números rojos agravados por el final de las singularidades y los espejismos crediticios y la estampida de capitales presos del pánico colateral al colapso monetario del régimen islamista y autoritario que ha intentado legitimarse entre la población con dinero fácil. El pulso arancelario con Estados Unidos sirvió como acelerante de ese caos simbolizado en el desplome de la moneda. El pasado viernes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció tributos más altos para las importaciones de aluminio y acero de Turquía, en lo que Ankara consideró como una agresión deliberada a su economía. En reciprocidad, Erdogan duplicó ayer sus tasas sobre algunas importaciones estadounidenses como vehículos, alcohol y tabaco. La espiral de ataque y contraataque tendrá el alcance que los respectivos gobiernos quieran mientras estén dispuestos a asumir los costes de la contienda. El episodio turco es uno más de la deriva alarmante en la que está inmerso el comercio mundial desde que Trump llegara a la Casa Blanca y abriera un frente de conflicto permanente contra las potencias económicas del mundo supuestamente para corregir un desequilibrio y un agravio financieros altamente gravosos para su país. Hasta la fecha, las tensiones alimentadas por Estados Unidos con China y la Unión Europea, entre otros, con la imposición de gravámenes sobre las importaciones, han promovido una espiral perversa cuyos efectos se sentirán más tarde o más temprano en la actividad mundial. Atravesamos un tiempo de turbulencias edulcoradas hasta la fecha como en un espejismo por una dinámica económica alcista que debe tener fecha de caducidad. El final de la barra libre de dinero barato, la paulatina retirada de los estímulos con que los países alentaron la recuperación y la salida de la crisis dibuja en el horizonte trazos de desaceleración que la macroeconomía ya recoge en sus estadísticas. La escaramuza turca nos debe aleccionar de nuevo sobre los peligros de un espacio comercial tumultuoso en el que la tensión sustituya a la cooperación y los manotazos impetuosos desde los despachos políticos se merienden los rendimientos y la prosperidad al calor de un discurso populista y cortoplacista en el que Trump, pero no sólo él, parece sentirse hoy cómodo. Reivindicar en pleno siglo XXI el proteccionismo como un instrumento de progreso y bienestar en las democracias liberales y representativas es un disparate. En realidad, la experiencia acumulada, lo empíricamente demostrado, es que levantar fronteras y poner freno a la libertad sólo conduce a un carrusel de empobrecimiento. Pan para hoy y hambre para mañana. Que los gobiernos persigan mejorar las condiciones, posibilidades y opciones de sus empresas y conciudadanos, de configurar un escenario proclive en sus transacciones con el resto de las naciones, es legítimo, pero hacerlo a expensas de dinamitar los equilibrios y las certidumbres, los diques que garantizan un comercio justo y próspero, no es tolerable. Ser el tuerto en un mundo de ciegos es un fracaso. Se mire como se mire.

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